Mundial 2026: ¿Más grande? ¿Mejor?

Hugo Maul R.

julio 13, 2026 - Actualizado julio 12, 2026
Hugo Maul R.

Los economistas suelen estudiar mercados, empresas y gobiernos. Sin embargo, muchas de las herramientas desarrolladas para comprender esas organizaciones también resultan útiles para analizar competiencias deportivas. Después de todo, un Mundial no deja de ser una institución cuyas reglas moldean los incentivos, el comportamiento de los participantes y, finalmente, la calidad del espectáculo. La economía ofrece una perspectiva útil para comprender las dudas y críticas que acompañaron la ampliación del Mundial a 48 selecciones.

Los 12 grupos y los 72 partidos de la primera fase ofrecieron mayor diversidad, nuevas historias y estadios llenos. También produjeron más encuentros desequilibrados, goleadas y partidos de escasa intensidad. Para muchos aficionados, el verdadero Mundial pareció comenzar cuando quedaron únicamente las 16 mejores selecciones y los cruces se volvieron más parejos y decisivos. La participación de países con menor poderío futbolístico amplió la diversidad del torneo y produjo historias memorables. Sin embargo, también redujo la calidad promedio de la competencia. Crecer en tamaño y en ingresos puede provocar que se pierda parte de aquello que hacía excepcional al Mundial.

La economía de las organizaciones ayuda a explicar esta situación. Armen Alchian y Harold Demsetz, dos de los principales exponentes de la tradición de UCLA en economía de los derechos de propiedad, teoría de la empresa y organización industrial, desarrollaron una explicación particularmente útil para entender este fenómeno. Según estos autores, cuando el resultado depende del esfuerzo conjunto y es difícil medir la contribución individual, algunos integrantes pueden reducir su esfuerzo confiando en el trabajo de los demás.

Este argumento puede trasladarse, en parte, al esfuerzo colectivo que realizan los equipos de fútbol durante un torneo. Cuando las diferencias de calidad entre los participantes son muy grandes, aparecen incentivos para no desplegar el máximo rendimiento. Una selección claramente superior puede clasificar aun jugando por debajo de su mejor nivel, mientras que una claramente inferior puede percibir que un esfuerzo adicional difícilmente alterará el resultado. El efecto es una fase de grupos con partidos más desiguales, de menor emoción o resueltos mucho antes del final. No es que los equipos carezcan de incentivos para ganar, sino que el propio diseño de la competencia no siempre los obliga a mostrar su mejor fútbol.

Desde otra vertiente de la teoría de los incentivos, Edward Lazear y Sherwin Rosen mostraron que, cuando resulta difícil medir directamente el esfuerzo, puede estimularse el rendimiento haciendo depender las recompensas de la posición alcanzada frente a los demás. Aunque su análisis se formuló originalmente para individuos, la lógica puede trasladarse a selecciones que compiten por avanzar, evitar la eliminación, llegar a la final o ganar el campeonato. Cuanto mayor sea la diferencia entre avanzar y quedar eliminado, mayor será el incentivo para desplegar el máximo esfuerzo. La amenaza de perder genera intensidad.

Ese mecanismo empezó a manifestarse en las rondas de eliminación directa, sobre todo cuando quedaron únicamente 16 selecciones. Allí, dejar de esforzarse podría significar  salir del torneo; los rivales estaban más próximos en calidad, y la recompensa por avanzar era mucho mayor. En términos de calidad promedio, ahí de verdad empezó la emoción del Mundial. El torneo recuperó entonces tensión táctica, exigencia física y dramatismo.

La expansión adoptada por FIFA plantea, por tanto, un dilema económico clásico: maximizar cantidad o preservar calidad.  Más selecciones significan más partidos, más mercados, más derechos de transmisión, más boletos, mayor presencia global y mayor base política para quienes promovieron la idea. Sin embargo, un aumento de la oferta también puede diluir la calidad promedio. Lo que se gana en volumen puede perderse en intensidad y prestigio. La FIFA parece haber apostado por maximizar el alcance y los ingresos de corto plazo. El torneo se vuelve más accesible y comercialmente más grande, pero también más largo y menos selectivo. La fase inicial corre el riesgo de convertirse en un filtro voluminoso antes de que empiece la verdadera competencia.

Las grandes ligas profesionales estadounidenses suelen actuar con más cautela. La NFL, NBA, MLB y NHL limitan el número de franquicias, cobran elevados derechos de expansión y protegen el valor de los equipos existentes. Entienden que incorporar demasiados participantes puede dispersar el talento, reducir el equilibrio competitivo y perjudicar el producto que ofrecen a televisoras y aficionados. El baloncesto universitario estadounidense demuestra, sin embargo, que un torneo amplio puede conservar su intensidad: sus 68 equipos compiten bajo eliminación directa, de manera que cada partido tiene consecuencias definitivas. El problema no es solamente cuántos participan, sino cuántos encuentros permite el formato sin que exista una amenaza inmediata de eliminación.

La lección es sencilla: en el deporte, más no siempre significa mejor. Parte del valor de un gran campeonato proviene de su dificultad, su selectividad y su carácter excepcional. Al ampliar el Mundial, la FIFA consiguió un espectáculo más grande y, seguramente, mayores ingresos. Queda por ver si, en el proceso, no está convirtiéndolo también en un torneo menos especial. La próxima innovación quizá sea ampliarlo aún más o celebrarlo con mayor frecuencia. Pero cuando lo excepcional se vuelve habitual, también pierde parte de su valor.

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