Con la llegada de Donald Trump al poder por segunda vez, el mundo económico parece un tablero de ajedrez revuelto. La globalización extendida, con cadenas globales de valor que fragmentaban su producción a lo largo y ancho del planeta, se rompe cada día más por el avance de políticas proteccionistas, rivalidades tecnológicas, nacionalismos, guerras y una creciente desconfianza entre países. Este fue el tema central del Foro Nuevo Orden en la Economía Mundial: Oportunidades y Desafíos, realizado durante el Congreso de Comercio 2025 de la Cámara de Comercio de Guatemala, en el que un grupo de expertos —incluido quien escribe— reflexionamos sobre el futuro del país dentro de este contexto.
Con su mantra America First, Trump ha impuesto aranceles recíprocos, no recíprocos y medidas punitivas a la mayoría de países del mundo, incluso a aquellos, como Guatemala, cuyo comercio internacional deja un saldo claramente favorable a Estados Unidos. Sus acciones no son solo retórica: son desglobalización en acción. Se sustituye un orden global que aspiraba a regirse por reglas claras y predecibles, por uno donde impera la discrecionalidad. Un sistema que premiaba la eficiencia cede paso a otro que premia lo que sea: del “just in time” al “just in case”. “Estos cambios no se quedan en las grandes potencias; sus ondas de choque alcanzan también a economías pequeñas y abiertas como Guatemala, reconfigurando las oportunidades y vulnerabilidades del país. Este naciente nuevo orden mundial se caracteriza por cuatro grandes fuerzas. Primero, regionalización antes que globalización: las empresas acortan distancias, apostando por el nearshoring en mercados vecinos para reducir riesgos y costos de transporte. Segundo, la competencia tecnológica entre las grandes potencias trastoca el funcionamiento de importantes cadenas globales de valor. Tercero, la seguridad nacional desplaza a la búsqueda de eficiencia económica como objetivo central de la política económica. Cuarto, un intervencionismo estatal más activo reemplaza el compromiso con la libertad de comercio y la negociación de acuerdos que limiten la discrecionalidad de los gobiernos.
Las diferencias con el viejo consenso son claras: queda en segundo plano la optimización de cadenas productivas frente a la seguridad nacional y la resiliencia; se pasa de una unipolaridad estadounidense a un mundo en el que países como China e India compiten de forma abierta con Washington; y el compromiso con la desregulación y la apertura de mercados se diluye ante un proteccionismo volátil y politizado. Para Guatemala, este cambio es un arma de doble filo. Existen oportunidades derivadas de nuestra proximidad geográfica y de las distorsiones que provocan los aranceles diferenciados aplicados a competidores directos. Pero también surgen desafíos monumentales: la falta de uniformidad en el trato a sectores que compiten en los mismos mercados distorsiona la competencia y resta competitividad. El arancel del 10% impuesto por Estados Unidos encarece exportaciones clave; las restricciones migratorias y los impuestos a las remesas golpean la viabilidad de un modelo económico que descansa en la migración y el envío de dinero al país; y propuestas como la de obligar a que los call centers que atienden al mercado estadounidense operen dentro de ese territorio amenazan sectores dinámicos que generan empleo masivo en Guatemala.
En este reacomodo global, hasta hoy sin mayor coordinación internacional, existe el riesgo de entrar en una espiral de proteccionismo destructivo. Para no quedar al margen, Guatemala debe fortalecer sus cadenas productivas locales, diversificar socios más allá de Estados Unidos, mejorar el clima de inversión y continuar defendiendo el libre comercio. El libre comercio siempre será mejor opción para economías pequeñas y abiertas como la nuestra, pero requiere ir acompañado de políticas que fomenten la inversión, la productividad, el avance tecnológico, la diversificación productiva y la innovación. El reto es lograr un equilibrio entre resiliencia y eficiencia. Crecer en promedio al 3.5% anual, a pesar de las turbulencias económicas que han golpeado al país en lo que va de este siglo, es prueba de resiliencia. Pero esto no basta para ser eficientes ni competitivos internacionalmente. Persisten obstáculos estructurales para atraer inversión productiva, impulsar la innovación, elevar la productividad y desarrollar el talento humano. Hemos visto pasar innumerables oportunidades sin ser capaces de capturarlas.
En un entorno internacional volátil, la velocidad de adaptación marcará la diferencia entre ser socio estratégico o proveedor irrelevante para Estados Unidos o cualquier otro mercado. Guatemala tiene el potencial de ser un socio confiable y competitivo, pero necesita la determinación para aprovecharlo. En este nuevo orden multipolar, la línea entre ser protagonista o quedarse en el polvo es muy fina. Quien se adapta sobrevive; quien se queda quieto, desaparece. El reloj corre, y en esta partida no hay prórrogas.
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