El eco del desarraigo: la cicatriz invisible

Flor de María Gálvez

junio 9, 2025 - Actualizado junio 9, 2025
Flor de María Gálvez

El aire de donde vivo se siente como un abrazo, pero también es un recordatorio constante de lo que ya no está. Aquí estoy, escribiendo estas palabras, con la esperanza de que encuentren eco en algún lugar, en alguien que entienda lo incesante del exilio. Han pasado 3 años desde que la tierra que me vio nacer se convirtió en un recuerdo lejano, y, aun así, cada amanecer trae consigo la estela de un duelo que se niega a marcharse.

«Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto cambiaron todas las preguntas«. Las palabras de Mario Benedetti suenan en mí con una claridad. Tenía mis sueños y certezas, con un camino trazado y un futuro que parecía mío. De pronto, todo cambió y mi vida se desgarró. La exclusión, esa palabra fría y abstracta para quienes no la han vivido, es una realidad para mí. No fue solo la partida de un país, sino la amputación de una vida, de una identidad forjada en un paisaje particular, con sonidos y olores que hoy solo habitan en mis recuerdos.

El exilio es un trauma que se incrusta en lo más profundo del ser. Es la fractura de lazos familiares, la distancia con amistadas, con hermanos y hermanas, el adiós a las calles que conocían mis pasos, a los sabores que me definían. Aquí, en esta nueva tierra que generosamente me ha acogido, hay días en los que logro sentirme plena. Mi trabajo me llena, las risas de mis nuevos colegas me agradan, y al caminar por estas avenidas vibrantes, me siento contenta. Me permito creer, por instantes fugaces, que he logrado coser las heridas, que la vida ha encontrado un nuevo cauce.

Pero entonces, puede ser un aroma, una melodía de una canción, o simplemente la quietud de la noche que amplifica mis pensamientos. En esos momentos, el deseo de regresar se vuelve una punzada aguda. Y es entonces cuando escribo. Escribo para no olvidar, para no permitir que el tiempo desdibuje la verdad de lo vivido. Publico mis sentimientos, mis miedos, mis añoranzas, quizás con la esperanza de que alguien más, en algún rincón, sienta la misma pena.

Algunos, con la mejor de las intenciones, me dirán que debo estar agradecida por esta nueva oportunidad, que la vida sigue, que mire hacia adelante. Y lo intento, créanme que lo intento. Pero hay algo en mí que se resiste a soltar el proyecto de vida que alguna vez tuve. Aquel que se interrumpió, o más bien, que se rompió. Era un mapa detallado de un futuro que hoy solo existe en la memoria, un camino que no pude terminar de andar. Y esa interrupción, esa ruptura, es una herida abierta de lo que pudo ser y no fue.

Aun cuando hoy me dedico a algo que me dignifica, que me edifica y me llena de propósito, hay momentos en los que esa exclusión, esa sensación de no pertenencia, se cuela entre los pliegues de mi existencia. Es algo inefable, un vacío que ninguna nueva experiencia puede llenar por completo. El exilio, más allá de su definición política, es un estado del alma. Es la semántica de la pérdida, la ausencia que se ramifica en cada aspecto de mi ser. Se le puede nombrar de tantas maneras: desarraigo, nostalgia, melancolía, pérdida.

Y por eso escribo. Escribo para que no se olvide. Para que la historia de tantos como yo no se diluya. Escribo para recordar, para recordarme a mí misma lo sucedido, para honrar la memoria de la vida que dejé atrás y para dar voz a ese grito silencioso que solo el exiliado comprende. No es aferrarse al pasado por capricho, sino por necesidad, por la necesidad de tejer la memoria para que el presente no se sienta como una ilusión.

Escribir se ha convertido en un puente que me conecta con mi país, con la vida que se rompió, y en cada palabra, siento que, de alguna manera, sigo viviendo y exponiendo lo que es vivir en el exilio e intentar reconstruirse.

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