La secuencia de procesos tan acelerados que le dan forma a nuestro mundo genera la sensación de que hemos perdido la capacidad de decidir nuestro futuro colectivo. Esta es una sensación global que adquiere diversos matices de urgencia alrededor del mundo, aunque se siente más fuerte en países como Guatemala.
La travesía de la vida se ha trocado en una correntada de acontecimientos cuyas consecuencias son imprevisibles. Estamos instalados —o así nos lo quieren hacer creer— en la época de la aceleración, un tiempo en el que nada es estable, en el que la reflexión se torna impracticable. Se anticipa el abismo y, sin embargo, la sensación de desconexión impide identificar las salidas. La capacidad de dictarnos un futuro parece haberse evaporado creando la impresión de la falta de alternativas.
¿Pero estamos condenados a vivir una situación tan caótica como indescifrable? Un fatalismo manufacturado empieza a perfilarse cuando se nota, en medio de la inestabilidad, la reproducción de los intereses de la ideología de la tecno-oligarquía mundial. Este dominio proyecta la progresiva obsolescencia de lo humano: la tecnología se opone a la vida. Una serie de “pensadores” desarrolla ideas de ciencia ficción que, disfrazadas de aspiraciones políticas, influyen de manera irracional en la realidad compartida. Se quiere trascender los límites de la corporalidad, hacer habitable a Marte, descargar la conciencia en futuras innovaciones tecnológicas.
Dichos escenarios de futuro son difíciles de digerir para aquellos que tienen un sentido sólido de lo que está pasando en el mundo y se preocupan por procesos como el de la crisis ambiental o la misma distopía digital. El peligro radica, sin embargo, en la forma en que la sociedad va perdiendo sus capacidades políticas; ese dominio se constituye a partir de la implementación no democrática de la tecnología.
Autores como Byun-Chul Han ya han subrayado las insidiosas maneras en que la dominación y opresión se internalizan a partir de la ideología y práctica de las nuevas tecnologías. La opresión se instala en el núcleo de psiques torturadas por un sistema que exige el éxito autoflagelante a toda costa. La depresión y el desánimo que crea el sistema ya no puede ser medicalizado. La jaula de acero ha dado lugar a la jaula de cristal: nos tornamos en perfiles de datos que pueden ser manipulados. La sociedad parece incapaz de percibir la forma en que su libertad se va restringiendo.
En este escenario uno nunca deja de extrañarse de la permanente tensión entre los desafíos que plantea la realidad contemporánea y la relativa indolencia que ha penetrado a las sociedades contemporáneas. Existe, para dar un ejemplo evidente, una incompatibilidad entre la creciente conciencia de los efectos del cambio climático y la carencia de acciones sociales y políticas generalizadas que se dediquen a tratar un problema que incrementa sus efectos en la vida de nuestras colectividades. El conocimiento parece haberse desvinculado de la acción de manera tal que nos convertimos en paralizados espectadores de nuestros propios desastres.
Esta situación, de nuevo, adquiere ribetes especialmente preocupantes en un país como Guatemala. No contamos con las herramientas para cambiar la situación planetaria. Adicionalmente, el país no atina a identificar senderos que la saquen de su disfuncionalidad radical. Es más, no logramos escapar de una sensación generalizada de indolencia.
Pero no todo está perdido. Para superar la desesperanza es necesario que comprendamos que no somos la única sociedad que se encuentra en esta situación de impotencia. La humanidad puede escapar de la crisis ecológica y la distopía tecnológica si aprovecha los senderos abiertos por la globalización de la política. Y aquí viene un objetivo válido para toda sociedad: luchar por crear un mundo en que quepamos todos.
Pero situarnos en esta senda, exige actuar al nivel local. Y entonces se ve que uno de los problemas urgentes a los que debe hacer frente la ciudadanía es la falta de proyectos políticos que realmente transformen las condiciones desastrosas del país sin olvidar que vivimos en un orden internacional en crisis. Esta insuficiencia se refleja en la escasez de liderazgos, de opciones creíbles, capaces de despertar un sentido de direccionalidad en la ciudadanía guatemalteca.
Se deben articular proyectos que realicen las soluciones profundas que demanda la crónica situación de Guatemala. Solo desde proyectos realmente transformadores se puede acometer la tarea de ayudar a recuperar el mundo para la humanidad. Hay que hacer un uso decidido de los recursos que se nos abren como países pequeños. Solo así podremos incidir en el desmantelamiento de esa crisis generalizada que nos ahoga.
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