Nada se pierde, todo se transforma*

Marcos Melchor Palencia

febrero 7, 2026 - Actualizado febrero 6, 2026
Marcos Melchor Palencia

Soy reacio a los cambios. Sí, lo sé. Tengo rutinas; demasiadas, quizá. He intentado cambiar de tipo de café; lo hice. De pan preferido; también. Pero siempre termino regresando a lo mismo. Con el café, al menos, logré una pequeña traición a mí mismo: pasé de un americano grande —no sé cuántas onzas tenga un «grande»— a un capuchino descremado, también grande, por supuesto. Llevo medio año pidiendo exactamente lo mismo, y me lo sirve siempre Marleni, a quien siempre saludo y pregunto qué tal está. Lo que me niego rotundamente a repetir —a la semana, por supuesto— son los pares de calcetines. Creo —y me sorprendo al admitirlo, porque no soy supersticioso ni creo en todas esas pendejadas— que hacerlo podría traerme mala suerte.

Creo tener una especie de ropa insignia: camisa blanca —las compro Paul Smith y en días soleados las encuentro en ventas de segunda mano—, suéter azul —no siempre el mismo— y pantalones beige, kaki o marrón. Es mi uniforme civil, mi manera discreta de decir «aquí sigo siendo yo» aunque el mundo y Ralph Lauren cambie de temporada cada tres meses. El reloj que llevo puesto mientras escribo esto lo tengo desde hace cinco años; me acompaña con una lealtad que ya quisieran algunas personas. Hace unos meses compré uno suizo, pero ahora mismo está en la relojería, en mantenimiento —ni yo me trato tan bien—. Gracias a Dios, o a quien sea que administre estas cosas, lo cubre la garantía. Yo, desde luego, no lo habría pagado.

Quiero creer —en mi gran ignorancia— que es resistencia. Resistencia nata. A veces me digo que es fidelidad. Fi-de-li-dad. Me gusta cómo se articula esa palabra. Fidelidad a los lugares, a los sabores, a los callejones que conozco de memoria. Siempre pido la misma mesa en los restaurantes, aunque esté ocupada. Siempre camino por el mismo camino; a veces cambio solo para no encontrarme con nadie y evitar el saludo torpe. Siempre saludo igual, aunque en el fondo no me entusiasme hacerlo. Cambiar, sospecho seriamente, implica una negociación incómoda con uno mismo. Y yo, siendo muy honesto, no tengo demasiadas ganas de sentarme a negociar.

Y me pasa lo mismo con libros, canciones, bares, películas. A Millás no lo suelto, tengo un libro de él frente a mí, el único físico que he conseguido. A Drexler o Lana del Rey tampoco. Un recóndito lugar olvidado cerca de Próceres sigue siendo mi safe space y cada vez que veo Mujeres al borde de un ataque de nervios, me divierto como si fuera la primera vez. Carmen Maura sigue siendo mi ídolo —he consultado con Fundéu y confirma que «ídola» no existe; así que no es que deteste el lenguaje inclusivo, es que me incomodan, profundamente, las aberraciones lingüísticas—. De vez en cuando acepto una sugerencia. La acepto, sí. No necesariamente la sigo. Entre esos dos verbos —aceptar y seguir— hay un abismo respetable, casi geológico.

—Te podría gustar. —Lo dudo. —Tendríamos más temas para platicar. —Lo dudo aún más.

Tampoco cambio de teléfono con entusiasmo. Podría seguir usando el mismo de hace 8 años. Ignoro que versión o modelo tengo, fui a la tienda me gusto y punto. Sigo sin saber cuál es. Tampoco cambio de tono de llamada. Suena el mismo. O mejor dicho, no suena. No soy fanático de atender llamadas. Todo se puede resolver con un mensaje simple, llano, sin ataduras emocionales. El tono suena el mismo desde hace años; es una contraseña emocional. Cuando lo escucho, muy rara vez por lo antes dicho, sé que soy yo el que está siendo convocado, no otra persona.

Me han dicho que exagero. Y mucho. Que cambiar no es traicionarse. Nunca he sido infiel, pero me siento cuando lo hago. Me engaño a mí mismo. Eso es desastroso. Es mi one-time-affair que tanto promociona Hollywood. Cambiar implica admitir que lo anterior ya no sirve, y yo me encariño incluso con lo inútil. Con las costumbres que ya no funcionan. Con las manías obsoletas. Con los rituales que solo tienen sentido para mí. Abandonarlos a su suerte sería como despedir a empleados antiguos, sé que debería hacerlo, pero no me atrevo. ¿Entendió esa referencia a Tonto, muerto, bastardo e invisible de Juanjo Millás? Ese libro es lo mejor. Él es lo mejor. Y si dejo de leerlo, siento —sin exagerar— que cometo una pequeña infidelidad.

En el fondo, sospecho que no le tengo miedo al cambio, sino a lo que revela. Cambiar es aceptar que uno no es definitivo. ¡No lo soy! Eso es lo que más me molesta, quizás. Que esta versión mía —la del capuchino descremado, los pantalones beige, el reloj roto— es provisional. Que mañana podría ser otra. Y eso, francamente, me parece una carga administrativa innecesaria. Bastante trabajo cuesta sostener esta identidad como para andar renovándola cada temporada. Le recuerdo leer Conocidos desconocidos, texto en el cual revelo a mis dobles e identidades compartidas. Es buenísimo.

Así que, quién sabe, quizá la próxima semana haga el intento de cambiar. Llevaré el lunes los calcetines que pensaba usar el miércoles. Sacaré a pasear a Picasso el lunes. Sí, eso haré. Un gesto mínimo, casi heroico.

Hoy no voy a terminar el texto con una pregunta. Hagamos un cambio. Pregúnteme usted algo, lo que sea. Cambiemos los roles. Cambiemos, aunque sea por un momento, las actitudes.

*Texto originalmente publicado en A ratos la vida, newsletter del autor, el 6 de febrero del presente año.

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