El Mayflower y la tradición migrante en los Estados Unidos

Sylvia Castellanos-Flynn

abril 11, 2025 - Actualizado abril 10, 2025
Sylvia Castellanos-Flynn

La experiencia del Mayflower se ha convertido en un hito fundamental de la historia norteamericana. La llegada de los puritanos, muchos de ellos campesinos y pobres, que huían de la persecución religiosa en Inglaterra, alimenta la narrativa histórica en la cual surgen los valores e ideales en términos de los cuales los Estados Unidos se ubica en el decurso político del mundo moderno.

Las peripecias de este viaje llevaron a la redacción del Pacto del Mayflower. Este documento se constituye en uno de los textos fundacionales de la organización política de dicho país. En este escrito, los colonos acuerdan la creación de un “cuerpo político civil” que debe regirse por valores como la tolerancia, libertad, igualdad, justicia e igualdad de oportunidades. Constituye, por lo tanto, un antecedente histórico de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

La experiencia del Mayflower muestra la importancia primordial de la migración en la historia norteamericana. En esta línea, el migrante escapa de la falta de libertad en el viejo continente. En este marco, se irá estableciendo la idea de los Estados Unidos como una tierra de oportunidades y como un destino para aquellos que necesitan escapar de una tierra que no les ofrece las perspectivas de una vida mejor. Esta visión se refleja en el poema El gran Coloso, escrito por la poeta neoyorkina Emma Lazarus y que se encuentra grabado en la base de la Estatua de la Libertad. En este poema, se registra un gesto de bienvenida a las “masas hacinadas anhelando respirar en libertad”.

Con todo, no se puede ignorar que la historia real de los Estados Unidos desdice de dicha narrativa expuesta arriba. La libertad e igualdad no han sido garantizadas de manera efectiva a lo largo de la historia. El orgullo por la Declaración de Independencia ha sido oscurecido por la esclavitud, la desposesión de las tierras indígenas y la exclusión de la mujer. En ese escenario histórico, se genera la falta de reconocimiento que ha afectado a las sucesivas olas de inmigrantes que han llegado a los Estados Unidos. No se puede olvidar que los esclavos constituyen, en realidad, “migrantes forzados” que fueron obligados a dejar su tierra para sostener el crecimiento de los Estados Unidos.

Aquí hay una realidad clara: los habitantes de los Estados Unidos, si no son descendientes de los pueblos originarios, son descendientes de migrantes (forzados o no). Se sabe que la migración es una realidad incontrovertible de la historia. De hecho, la migración fue reconocida como un derecho en los mismos orígenes del mundo moderno. El catedrático de la Universidad de Salamanca Francisco de Victoria (1483-1546), considerado uno de los padres del derecho internacional, llegó a explicar al emperador Carlos V que el único derecho que justificaba la presencia de sus súbditos en tierras americanas era el derecho a migrar, el ius migrandi. No es sorpresivo, por lo tanto, que el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) estipule que todo ser humanos “tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado” y “tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.”

Ahora bien, examinar el pasado suele llevar a plantearse preguntas que desestabilizan aquellas perspectivas que se resisten a reconocer la injusticia que articula la situación de las comunidades vulnerables. Un país no puede realizarse si traiciona los ideales que supuestamente le dan forma a su historia. Por esta razón las actuales políticas antinmigrantes que se multiplican en los Estados Unidos mancillan el ideario político de dicha nación.

Si la sociedad norteamericana quiere asumir su historia de manera auténtica, debe reconocer que su fortaleza, en gran parte, reside en la migración. Es un hecho comprobable que la mayoría de los norteamericanos no apoyan una política cruel en contra de los migrantes. Este fenómeno plantea la posibilidad de futuro más justo. Se puede decir, con un razonable grado de certeza, que los actuales migrantes representan al espíritu que dio su origen a la nación norteamericana.

La lucha por los derechos del migrante se posiciona entonces como un capítulo más en la historia de la justicia en los Estados Unidos. Esta tarea debe asumirse por los movimientos sociales que buscan eliminar la tendencia a usar al migrante como chivo expiatorio. Si la sociedad norteamericana toma conciencia de su crisis actual se verá obligada a reinventarse como una auténtica democracia. Este objetivo requeriría reconceptualizar el papel de la migración en la dinámica social y política de los Estados Unidos.

*Internacionalista de San Francisco State University

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