Provocatio/ Recuperar los imaginarios sociales

Mientras los sectores progresistas y de izquierda se entretenían en vagas discusiones, los dueños del sistema y sus administradores entendieron que la rabia, el miedo y la indignación son emociones que movilizan más rápido que un argumento razonado. Con mensajes más simples y más confrontativos, se percataron que vídeos de treinta segundos son más afectivos que un análisis exhaustivo sobre derechos sociales, vivienda o redistribución de la riqueza.

José Alfredo Calderón E.

febrero 13, 2026 - Actualizado febrero 11, 2026
José Alfredo Calderón E.

Las redes sociales eran, hace diez o quince años, espacios de libertad y naturalmente progresistas; con alguno excesos pero que no eran tendencia. La dinámica se concentraba en cosas banales o, cuando menos, no propiamente políticas en el estricto sentido.

Como bien advierte Anna López Ortega, politóloga y autora de La extrema derecha en Europa: «Las redes se han convertido en el principal espacio para construir opinión política, sobre todo entre las nuevas generaciones. No son solo un canal de comunicación: son el propio ecosistema en el que se definen marcos narrativos, se imponen temas y se movilizan emociones».

La aspiración ultraconservadora (muy avanzada) es generar un pensamiento permanente, uniforme y homogenizado, cuyo objetivo estratégico es crear generaciones completas que votarán con marcos ideológicos muy polarizados, construidos desde la desinformación y la extrema simplificación.

Mientras los sectores progresistas y de izquierda se entretenían en vagas discusiones, los dueños del sistema y sus administradores entendieron que la rabia, el miedo y la indignación son emociones que movilizan más rápido que un argumento razonado. Con mensajes más simples y más confrontativos, se percataron que vídeos de treinta segundos son más afectivos que un análisis exhaustivo sobre derechos sociales, vivienda o redistribución de la riqueza.

No se trata solo de crear mecanismos atractivos a gusto de los jóvenes, sino que otros, no tan jóvenes, también pudieran seguirlos. A lo radical y extremista, se le despojó de un leitmotiv ideológico, sabiendo que generan dopamina, que luego premia el algoritmo.

Un discurso sensacionalista, amarillista y de odio, se vendió como “cool” y hasta “revolucionario”.  Las derechas se apropiaron del espacio, no solo mediático (que ya lo tenían) sino de las redes que, ahora, no son solo sociales sino esencialmente políticas, aunque las disfracen. La moda se basa en un discurso más sensacionalista y poco racional. Las derechas se mueven en este escenario mucho mejor que las izquierdas, habiéndonos arrebatado la primacía del mensaje que construye imaginarios masivos. Incluso, las derechas no extremas cayeron en el juego maniqueo de optar por apoyar proyectos y movimientos neofascistas, pues la otra alternativa era caer en las garras del “comunismo”, ahora disfrazado en la agenda woke, según sus atribuladas y poco cultivadas mentes. 

En el proceso de arrebatar la narrativa a los sectores democráticos, incluyendo liberales, socialcristianos, socialdemócratas y una amplia izquierda, los ultraconservadores no tuvieron ningún recato en reclutar a intelectuales y técnicos de ese amplio espectro, para crear todo un sistema perverso basado en la repetición abrumadora de mentiras y el miedo como mecanismo de cooptación. Tuvieron la habilidad de enrolar a cuadros y seguidores cuyo rumbo natural hubiese sido la justicia, la democracia y los derechos humanos.

Una vez hecho esto, enfatizaron en el enganche emocional, los mensajes masivos y la homogenización del discurso. Mientras tanto –debe    reconocerse– las izquierdas y otros sectores aliados, nos quedamos en la fragmentación, en debates internos que, en lugar de luz, arrojaron una división que ahora se advierte muy profunda. Lo que anteriormente facilitó la unidad, la consciencia de enfocar la lucha en el enemigo externo, fue hábil y perversamente explotada por las derechas que, como sabemos, tienen todo el dinero y la sartén por el mango de un sistema que hacen suyo, pues ellos lo diseñaron e implementaron.

No basta con desmentir los bulos y fake news, hace falta disputar el relato y ocupar ese espacio con narrativas potentes y comprensibles, y que se hagan normales y naturalmente asequibles y deseables a las grandes mayorías.

Las derechas ya no tienen intelectuales orgánicos y saben que las luces están en la acera de enfrente. Con la ayuda de cuadros comprados en la cantera de las fuerzas progresistas, los conservadores (sobre todo los ultras) se dieron cuenta que no basta la fuerza, sin hegemonía y consenso. La batalla ya no dependía del campo económico, ni siquiera del político, sino que el reto ahora se concentra en lo cultural, en lo ideológico, en el manejo efectivo de la narrativa que construye imaginarios sociales a favor de sus causas.

Los medios tradicionales (legacy media) ya no son referente para nadie, mucho menos para los jóvenes, enganchados en redes como X, Facebook e Instagram, así como medios audiovisuales como el TikTok. Este último, permite hasta 10 minutos de transmisión, con lo cual, los mensajes simples y cortos se combinan con narrativas menos breves.  

No todo está perdido, si antes fuimos capaces de manejar y dominar el imaginario social a favor de causas en pro de un mundo mejor y más humano, la demanda hoy, es recuperar el terreno, sin abandonar, claro, la tan necesaria reconstrucción del tejido social y la formación política de masas.

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