Mientras los sectores progresistas y de izquierda se entretenían en vagas discusiones, los dueños del sistema y sus administradores entendieron que la rabia, el miedo y la indignación son emociones que movilizan más rápido que un argumento razonado. Con mensajes más simples y más confrontativos, se percataron que vídeos de treinta segundos son más afectivos que un análisis exhaustivo sobre derechos sociales, vivienda o redistribución de la riqueza.
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