Urbanismo, reformas borbónicas y fuerza de trabajo indígena en la construcción de la Nueva Guatemala

La traza de la Nueva Guatemala fue un proceso complejo que debía responder a los cánones de las Reformas Borbónicas. El diseño urbano mantuvo muchas de las características que tenía la antigua Ciudad de Santiago de Guatemala, siendo el más representativo el trazo de un cuadrado como tablero de ajedrez, partiendo de un centro en el que se debían construir la Plaza Mayor, el Palacio Real y la Catedral como lugares principales.

Mauricio José Chaulón Vélez

julio 5, 2026 - Actualizado julio 4, 2026

La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, que era la sede eclesiástica del pueblo de la Ermita en el valle de la Virgen, asumió la administración de dicha entidad territorial desde 1723. A su alrededor se construyeron las principales edificaciones para el gobierno colonial, razón por la que en esa área se llevó a cabo el primer cabildo de la llamada Nueva Guatemala el 2 de enero de 1776, al ser trasladada la capital de Reino de Guatemala debido a la tragedia de los terremotos de Santa Marta de julio de 1773. El 23 de mayo de 1776, por orden real dictada en Aranjuez y oficializada el 22 de octubre del mismo año, la capital dejó de ser Ciudad de Santiago de Guatemala, para pasar a llamarse Nueva Guatemala de la Asunción.

La traza de la Nueva Guatemala fue un proceso complejo que debía responder a los cánones de las Reformas Borbónicas. El diseño urbano mantuvo muchas de las características que tenía la antigua Ciudad de Santiago de Guatemala, siendo el más representativo el trazo de un cuadrado como tablero de ajedrez, partiendo de un centro en el que se debían construir la Plaza Mayor, el Palacio Real y la Catedral como lugares principales. Sin embargo, también ya se tenían en consideración varios cambios que se estaban dando a nivel estético, por lo que si bien no se puede hablar de un quiebre absoluto con los estilos anteriores, la prevalencia del barroco fue mucho menor y se hizo necesaria la adopción de nuevas propuestas artístico-estéticas y de organización de los espacios urbanos. Así mismo, el dinero no era suficiente debido a los gastos que representaba un traslado de tal magnitud, al mismo tiempo que la situación de los terremotos dejó en problemas económicos al gobierno, a la Iglesia, a las cofradías, a los pueblos de indígenas tributarios y a muchas familias.

Los principios y lineamientos fundamentales de la organización estructural y arquitectónica de la traza de la nueva ciudad corresponden en primer lugar a una planificación centralizada en la toma de decisiones, siendo el gobierno colonial quien asumió la administración del magno proyecto. La cuadrícula regular de calles, que en lenguaje urbanístico se define como de geometría regular, se mantuvo, lo que permitió que la orientación de las calles en relación con los puntos cardinales continuase como en la antigua Ciudad de Santiago y de acuerdo con la perspectiva española de la época.

El ingeniero, militar y maestro Luis Diez de Navarro presentó un primer diseño, aunque fue Marcos Ibáñez García quien le dio la forma a la Nueva Guatemala. Ibáñez llegó al Reino de Guatemala en 1777, nombrado directamente por el rey Carlos III para trabajar en la traza de la ciudad, tomando en cuenta sus grandes capacidades como arquitecto y urbanista. Uno de los maestros de Marcos Ibáñez había sido el arquitecto de origen italiano Francesco Sabatini, quien era célebre por el diseño de la Puerta de Alcalá en Madrid. Marcos Ibáñez trajo con él a un buen dibujante como su asistente, el también italiano Antonio Bernasconi, por lo que el gobierno colonial se aseguraba con ello un trazado consistente y acorde a las ideas reformistas que pertenecían a una modernidad más avanzada. Ibáñez se atrevió a realizar cambios innovadores, como pensar en callejones, otorgándole a las calles principales en el área de la Plaza Mayor una mayor anchura. Puede considerarse que, si bien Marcos Ibáñez mantuvo los parámetros del plano ajedrezado, tuvo mayor flexibilidad, lo que hizo a la larga que la ciudad tuviese otros aditamentos y pudiese recibir los pueblos de indígenas tributarios. El diseño de la ciudad se planteó para acondicionarse a las características geográficas del valle de la Virgen, estableciéndose las conexiones necesarias con el original pueblo de la Ermita, tomando en cuenta que la salida hacia el Golfo Dulce, hoy el lago de Izabal y la ruta al mar Caribe, era económica y socialmente estratégica para el Reino. 

Fue así como la ciudad pensada por Ibáñez no fue solamente la traza rígida de la ingeniería militar de Luis Diez de Navarro, quien como ingeniero castrense no privilegió mayores elementos arquitectónicos más allá de lo necesario. Marcos Ibáñez proyectó la nueva ciudad también desde la arquitectura y su asistente Bernasconi fue un importante hacedor de los detalles artísticos que definieron la estética urbana en el nuevo asentamiento.  Ibáñez, Bernasconi y las autoridades del gobierno colonial español tenían clara la visión de construir la nueva capital del Reino desde los objetivos de las Reformas Borbónicas que a su vez correspondían a las ideas ilustradas, por lo que se trataba de una perspectiva de gran envergadura contextual.  Su visión iba más allá de la simple reconstrucción de la ciudad destruida: buscaban crear una nueva capital que reflejara los ideales de la Ilustración y que fuera un modelo de ciudad moderna en América.

Aunque las Reformas Borbónicas pretendían disminuir el poder de la Iglesia católica, no buscaban suprimirla, sino subordinarla al rey. Esto se vio reflejado con la concesión de vastos terrenos y solares para los templos y los conventos, considerándose plazas para los complejos religiosos, aparte de las que tenían función civil. Sin embargo, muchas de las construcciones fueron de menor envergadura, porque la experiencia de los terremotos en la antigua Ciudad de Santiago, tanto los de 1717 como los de 1773, demostraron que los contrafuertes resultaron insuficientes, por lo que se decidió que un tamaño menor podría ser una solución efectiva.

Con el diseño original de Diez de Navarro, la Plaza Mayor se pensó en donde actualmente existe el Parque Colón, en el cuadrado de las actuales 11 y 12 avenidas, y 8ª. y 9ª. calles de la zona 1; pero cuando Ibáñez se hizo cargo del proyecto, estableció que la Plaza Mayor fuese reubicada debido a situaciones detectadas con el terreno que podían causar algún inconveniente en la construcción de la Catedral, por lo que se redefinió varios metros hacia el poniente. Esa es una de las razones por las cuales algunas órdenes y congregaciones religiosas como los dominicos, los mercedarios, las monjas franciscanas capuchinas, las beatas indias de Nuestra Señora del Rosario y las beatas de Santa Rosa de Lima obtuvieron sus espacios cercanos a lo que era la Plaza Mayor en la traza original.   

La prioridad en la construcción fueron los inmuebles para el gobierno, las iglesias y los conventos, las casas de los principales pobladores españoles y criollos, y el pueblo de indígenas tributarios de Jocotenango, que era uno de los más importantes en la antigua Ciudad de Santiago de Guatemala debido a la producción agrícola y el comercio, pero también porque muchos de sus pobladores hombres eran albañiles. Debido a que el moderno proyecto de Marcos Ibáñez necesitaba de manera urgente mano de obra, el gobierno colonial le dio preponderancia a los indígenas jocotecos en su traslado a la Nueva Guatemala, designándoles una considerable cantidad de terrenos para sus viviendas, plaza, iglesia, cabildo, cementerio y labores.

El pueblo de Jocotenango fue uno de los primeros trasladados a la Ciudad de la Nueva Guatemala de la Asunción. El año lo podemos registrar en 1777, cuando aparecen las primeras fuentes que evidencian el hecho. El diseño de su plaza, cabildo y parroquia estuvo a cargo de Bernardo Ramírez, quien era maestro mayor de la Ciudad de Guatemala, con amplios conocimientos establecidos en el espíritu de lo que se concebía como la edificación urbanística de la Nueva Guatemala. Ramírez era uno de los grandes expertos en el diseño arquitectónico, pero principalmente en el de ingeniería y en particular con lo relativo a la distribución de agua. Muchos pobladores de Jocotenango de la derruida ciudad aceptaron rápidamente trasladarse también no solo por las órdenes del Capitán General, sino porque se negoció con ellos de que sirvieran en la edificación del nuevo asentamiento, lo cual les representaría ventajas en reducción de pagos de tributos y ejidos.

Fue así como muchas de las primeras construcciones de la capital en su nuevo sitio, fueron levantadas por medio del trabajo de los habitantes de Jocotenango, ya como pueblo asentado en la Nueva Guatemala. De ahí que el restablecimiento de aquel pueblo fuese de los más rápidos. El pago de los trabajadores se estableció en un real por día para todas las labores respectivas del pueblo, pero también en las de la ciudad nueva. Fue así como se autorizó por parte del real gobierno que los habitantes del pueblo de Jocotenango obtuviesen rápidamente sus tierras para vivienda, labranza y pastoreo, lo que determinó que se construyesen ranchos entre 6 y 7 varas, con caña y paja, ya que la mano de obra se necesitaba en toda la capital del Reino y era imperativo que los trabajadores tuviesen en donde vivir.

El gobierno de la Capitanía General aceptó financiar los ranchos de vivienda para los habitantes de Jocotenango, con el objetivo de que esa mano de obra estuviese con todo lo necesario de inmediato y así poder participar en los trabajos de edificación de la Nueva Guatemala. Cada rancho para las familias del pueblo de Jocotenango se registró en 37 pesos, siendo contratado para tal efecto al maestro Lorenzo Solares, quien llevó los constructores que eran originarios del pueblo de la Ermita, levantando ranchos para las viviendas. Aunque el traslado de los indígenas jocotecos era prioritario para el gobierno colonial, no estuvo exento de tensiones. Los sacerdotes que se negaban al traslado, como el cura párroco del pueblo original de Jocotenango, argumentaban que era necesario contar con la mano de obra de los pobladores para las labores de reconstrucción en Panchoy, y en el caso del pueblo jocoteco el argumento era que no habían sufrido daños mayores ni la iglesia ni la plaza. Pero los intereses del gobierno de la Capitanía General eran muy fuertes y no estaban dispuestos a ceder.

Fue así como en noviembre de 1777 se nombró arzobispo al Dr. Cayetano Francos y Monroy para sustituir a Pedro Cortés y Larraz, quien desde su silla arzobispal seguía resistiéndose al traslado y apoyando a párrocos como el del pueblo original de Jocotenango. Para 1778, la decisión del capitán general Martín de Mayorga se centró en obligar a que imágenes religiosas importantes como la de Jesús de la Merced, por ejemplo, se trasladasen, ejerciendo con esto una fuerte presión para que los influyentes vecinos del convento mercedario lo hicieran, no quedándoles otra salida que aceptar los consensos a través de la misma coerción. El 7 de octubre de 1779, Francos y Monroy tomó posesión como IV arzobispo de Guatemala, distinguiéndose como uno de los principales gestores de la Nueva Guatemala en su primer desarrollo.

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