Ovidio, en su libro Metamorfosis, nos narra la historia de Dafna, una ninfa que vivía sin tener contacto sexual con nadie, y, en medio de los bosques y las plantas, integrada a la naturaleza vegetal, para obtener los atributos de quietud, serenidad y no agresividad, que la caracterizan. Sin embargo, un día, el dios Apolo la vio, y, se le despertó el deseo de poseerla sexualmente, y, comenzó a perseguirla, para lograr satisfacerlo. Nos dice Ovidio: “El joven dios no puede soportar por más tiempo dirigirle en vano palabras acariciantes, y, obedeciendo a los consejos de su mismo amor, sigue sus huellas en carrera desenfrenada. Cuando un perro de las Galias ha visto a una liebre en campo abierto, mientras él busca el botín con la ligereza de sus patas, la liebre busca la vida; el uno parece que va a hacer presa, espera conseguirlo de un momento a otro y con el hocico tendido va rozando las huellas; la otra está en la incertidumbre sobre si estará ya apresada, se arranca de las fauces mismas de su perseguidor y deja atrás el hocico que ya la tocaba; así corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza, ella por el temor».

Sin embargo, el perseguidor, ayudado por las alas del amor, es más rápido, se niega el descanso, acosa la espalda de la fugitiva y echa su aliento sobre los cabellos de ella que le ondean sobre el cuello. Agotadas sus fuerzas, palideció; vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira a las aguas del Peneo y dice: «Socórreme, padre; si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura por la que he gustado en demasía». Apenas acabó su plegaria cuando un pesado entorpecimiento se apodera de sus miembros; sus suaves formas van siendo envueltas por una delgada corteza, sus cabellos crecen transformándose en hojas, en ramas sus brazos; sus pies, un momento antes, tan veloces, quedan inmovilizados en raíces fijas; una arbórea copa posee el lugar de su cabeza; su esplendente belleza es lo único que de ella queda. Aun así, sigue Febo amándola, y apoyando su mano en el tronco percibe cómo tiembla aún su pecho por debajo de la corteza reciente; y estrechando en sus brazos las ramas, como si aún fueran miembros, besa la madera; pero la madera huye de sus besos. Y el dios le habla así: «Está bien, puesto que ya no puedes ser mi esposa, al menos serás mi árbol; siempre te tendrán mi cabellera, mi cítara, mi aljaba; tú acompañarás a los caudillos alegres cuando alegre voz entone el Triunfo y visiten el Capitolio los largos desfiles. También tú te erguirás ante la puerta de la mansión de Augusto, como guardián fidelísimo, protegiendo la corona de encina situada entre ambos quicios; y del mismo modo que mi cabeza permanece siempre juvenil con su cabellera intacta, lleva tú también perpetuamente el ornamento de las hojas.» Terminó de hablar Peán; el laurel asintió con sus ramas recién hechas, y parecía que, como cabeza, agitaba su copa”.

Este relato mítico de Ovidio, nos revela, que una mujer, que no lo desea, nunca puede ser verdaderamente poseída, por un hombre. Por más, que un hombre, valiéndose de la superioridad de sus fuerzas físico-corporales, la obligue a mantener una relación sexual, nunca obtendrá lo que más busca y desea: el placer, que le puede proporcionar el cuerpo vivo lleno de deseo de una mujer, porque, esta tiene un recurso poderoso y efectivo: el de despojarse en ese momento de su cuerpo de mujer, para convertirse en el cuerpo de un árbol o vegetal incapaz de sentir deseo y pasión sexual. La mujer violada, al negarle a su violador el placer que busca, demuestra, entonces, este secreto poder que tiene, y, que, la mirada superficial, distorsionada y trastornada de su violador, no es capaz de ver.
Toda violación sexual que un hombre realiza contra una mujer, no solo es un acto moralmente censurable, sino también, un delito en la inmensa mayoría de los países del mundo en la actualidad, porque, es un acto agresivo y violento que atenta contra su integridad física y personal. Y, además, un acto que le ocasiona a la mujer que lo sufre, un profundo daño físico y psicológico que deja huellas, muchas veces, imborrables.
Sin embargo, a pesar de este grave daño que sufren las mujeres violadas, han contado siempre con este casi invisible y pequeño, pero, significativo recurso de negar a los hombres que las violan, el placer que buscan. Por eso, el hombre que cree, que, después, de haber violado a una mujer, ha obtenido un gran placer, se equivoca de cabo a rabo, porque, el verdadero placer proviene, del placer que sienta la mujer con la que realiza el acto sexual. Y, como esta no lo siente, logra que su violador tampoco lo sienta. Pues, ninguna mujer, y, general, ningún ser humano, que es obligado a la fuerza, a tener trato sexual, siente placer. Al contrario, siente un profundo dolor físico y psicológico. Esta es una especie de verdad absoluta de la sexualidad humana.
Por esa razón, la mujer violada, a pesar de ser doblegada y sometida por su agresor, a pesar, de ser derrotada en la lucha física que le presenta, para evitar la violación, obtiene una pequeña victoria, la de no proporcionarle ese placer que desea y busca. Esta es una pequeña, y, casi imperceptible victoria, que no compensa de ninguna manera el daño sufrido, pero, que, le permite comprender, que el agresor sexual no salió totalmente impune de eso lucha física que desplegó para violarla. Pues, no pudo ponerse en su cabeza el laurel de la victoria, porque se quedó sin obtener lo que buscaba obtener al final de esa lucha que ganó, el verdadero placer sexual. Es decir, no pudo arrebatarle a su víctima la rama de laurel de la victoria del árbol en que había convertido su cuerpo. Cuerpo arbóreo, que, no sintió ningún deseo y placer sexual. Y, que, al no sentirlo, privó a su agresor de sentirlo y vivirlo.
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