La cuestión del ser y el tiempo

Camilo García Giraldo

marzo 22, 2026 - Actualizado marzo 21, 2026

Cuando Sócrates, en los diálogos públicos que sostenía con los ciudadanos de Atenas los interpelaba, diciendo, que, para poderlos llevar a cabo correctamente, era necesario iniciarlos formulando bien una pregunta. Y, la pregunta correcta que siempre debían formular para abrir la posibilidad de obtener una respuesta satisfactoria, que ofreciera la posibilidad de un conocimiento verdadero sobre algo en el mundo o la realidad era ¿Qué es ese algo? Pero, esta pregunta al formularse de manera explícita encierra de modo implícito otra pregunta: la de ¿Qué ese eso que ES?; es decir, la pregunta por el ser mismo. Y, como se sabe, fue Parménides, un filósofo anterior a Sócrates, el que no solo se planteó esta pregunta, sino también, la contestó diciendo que el ser posee 4 rasgos o atributos que lo definen como tal: el de ser permanente, incorruptible, inmodificable y perfecto. Esta definición general y abstracta del ser, sin embargo, tiene una dificultad sustancial, la de que no existe o no puede existir ningún ente en la realidad que lo encarne, que tenga estos atributos debido a que todos ellos existen siempre y necesariamente en el espacio y en tiempo. Estos son las condiciones básicas de su existencia. De ahí, que esta respuesta-definición de Parménides es una abstracción del propio pensamiento, que existe al margen de las cosas y entes de la realidad; una definición conceptual, que se abstrae de estas condiciones básicas de existencia de todos los entes del mundo.

Sin embargo, en los tiempos modernos, la teoría de la relatividad formulada por Albert Einstein en 1915, nos ha revelado que esta situación sí es posible, que un ente concreto material, por ejemplo, el cuerpo de ser humano vivo, puede existir por fuera del tiempo. La única condición es que ese ser humano se desplace en el espacio de manera constante e indefinida a la velocidad de la luz. Pero como esta posibilidad es completamente imposible que se cumpla en la realidad, debido a que ningún cuerpo material con determinada masa puede moverse a esa velocidad sin desintegrarse en pura energía, no, es más, que una posibilidad puramente hipotética o imaginaria. 

Pero es, al mismo tiempo, una posibilidad que le da vida de nuevo, que renueva, una de las ilusiones o anhelos más profundos que han tenido los seres humanos a lo largo de la historia, el de vivir libres del poder corrosivo y destructivo del paso del tiempo. Anhelo, que plasmaron en las imágenes de los dioses que han creado desde los orígenes de sus vidas; dioses que conciben o imaginan existiendo más allá de los límites del tiempo. Y, fue sin lugar a dudas, Yahvé, el dios que los antiguos judíos crearon, el que mejor encarnó este anhelo profundo de los seres humanos, debido a que lo concibieron como un ser sobrenatural, identificado con el Verbo o el lenguaje, que está por encima de toda realidad material o natural. Y, por lo tanto, existe por fuera del tiempo que es, como dijimos, una de las condiciones absolutas de existencia de todo los objetos y entes de la naturaleza. Al concebirlo así, se vieron forzados, entonces, a atribuirle los atributos que Parménides estableció para el ser, muchos siglos antes de él. Al hacer esto, los antiguos judíos, forjaron la imagen de un ente concreto que es o se identifica con el Ser mismo. 

Ahora bien, en el siglo pasado Heidegger, dio un giro sustancial a la comprensión tradicional del Ser, que la filosofía había tenido desde que Parménides ofreció los rasgos que definen. Para él, el Ser, no subsiste por fuera del tiempo sino, al contrario, en su interior mismo. El ser más auténtico y verdadero es temporal. Pues, la verdadera esencia del Ser es el tiempo. La respuesta a la pregunta por el Ser, son, en efecto, esos rasgos o atributos que señaló Parménides. Pero esos atributos no indican que tenga que subsistir más allá o por fuera del tiempo, porque el verdadero ser del Ser es el tiempo, ese es su atributo supremo y más importante. Y esto es así, por dos razones: la primera, porque el ser no existe al margen del sentido, debido a los hombres al nombrar con el lenguaje todos los entes del mundo, de la naturaleza y la sociedad, le abren o dan un sentido a esos entes; sentido que se convierte en el ser real de los mismos. De modo que se abre así una diferencia entre el ser y el ente o los entes –la diferencia ontológica-  en la medida, que el sentido del ser nunca está plena o completamente presente en el ente. Hay siempre algo de él que se muestra ausente, que se oculta o se escapa al ente. Y, esta ausencia del sentido del ser en el ente, sin embargo, anuncia su presencia en algún determinado momento del tiempo. 

Y segundo, porque todos los entes del mundo, y, en especial los hombres, forman su ser propio en el curso del tiempo. Cada ser humano forjar su ser realizando los proyectos esenciales que se da libremente en el tiempo de su existencia; o mejor, constituye su ser haciendo lo que se propone libremente hacer. Cada hombre es lo que hace a diario y regularmente con su vida en lapso de tiempo que dura.

 Heidegger, encontró, además, la “prueba” de esta concepción general del Ser en la imagen del dios griego Dionisos, dios del vino, de la fiesta y de la intensidad de la vida. Hijo de Zeus y de Semele, una mujer mortal, fue expulsado por Hera la esposa de Zeus, de Grecia y obligado a peregrinar acompañado por una cohorte de sátiros y bacantes por África y Asia menor. De ahí, que se convirtiera, para los griegos en un “dios extranjero”, tal como lo dijo, el gran poeta Hölderlin, en cuya obra se basa Heidegger, para elaborar su concepción del Ser. Pero la ausencia de este dios del mundo socio-cultural de la vida de los griegos, y, en general, de los europeos que formaron su espíritu, les ha hecho surgir el deseo y la añoranza de su regreso, para que vuelva a estar presente en sus vidas, dándoles sentido y llenándolas de plenitud.

Este dios simboliza, entonces, para Heidegger, el sentido general del Ser, porque su ausencia del mundo cultural de la vida de los hombres occidentales que añoran su presencia de nuevo, en un futuro cercano, revela precisamente la falta o ausencia del sentido del Ser en sus propias existencias. Ausencia de sentido que desean suprimir formando su propio ser que les proporcione ese sentido que les falta. El deseo de encontrar o darle sentido a la existencia forjando su propio el sentido de su ser, es el que se muestra en esta añoranza por el regreso de Dionisos, que les despierta su ausencia.

Sin embargo, esta concepción del ser de Heidegger, no descarta o excluye la de Parménides, como se pudiera pensar, a primera vista, debido a que el Ser que forma cada ser humano en el curso temporal de su existencia, posee los atributos que éste le dio para definirlo. Es un Ser, que a pesar de brotar o estar inscrito en el tiempo, tiene estos rasgos distintivos, porque el ser de sentido que cada hombre forja en el tiempo de su vida no solo permanece inmodificable, igual a sí mismo, a lo largo de esa vida, sino, además, la trasciende después de su muerte natural. Es un ser que siempre es mientras los demás, lo recuerden, mientras subsista y viva en el espíritu de otros, es decir, mientras otros seres humanos lo nombren con las palabras del lenguaje, reviviendo así su existencia.

Por eso, estas dos concepciones del Ser se complementan mutuamente, se enriquecen entre sí, para darnos la imagen de un Ser que no es simple y unívoco, como muchas veces se ha pensado en la tradición filosófica, sino, al contrario, complejo y multifacético, como es todo lo que los hombres “tocan” con las palabras de su lenguaje. Pues, el lenguaje tiene el poder excepcional de hacer “eternos” los seres y cosas que nombra, así, hayan desaparecido devoradas por el paso del tiempo.

Tags:
0 Comentarios

Comentarios de la comunidad

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?