¿Cómo explicar un disparate…?
Eso es más difícil que explicar una gran idea, una gran doctrina o un gran hallazgo; vamos a ver si somo capaces.
Cuando ella fue la vicepresidenta (perdón, ha sido un lapsus), corrijo, cuando ella fue la primera dama de los tiempos de solidaridad, todo pudo parecer un juego, tal vez no tan inocente, pero al fin un juego: una mera representación de un cierto coqueteo con el poder; sin embargo, a estas alturas, de ese bonito verbo que es coquetear se ha pasado, por decirlo de alguna forma, al sexo duro practicado en un burdel en el que se hace de todo y, por sobre todas las cosas, se paga por todo.
Hay casas de tolerancia, por tratar de decirlo con algún decoro, que han quedado en la memoria colectiva y, por qué no, hasta en los anales de la historia; alguna novela famosa y premiada, incluso, llegó a llamarse “La casa verde” ¿quién lo diría…? Mirá vos, justo aquí en el país de la eterna primavera (que, por lo demás, también el verde).
Hay varias casas, con un buen prestigio ganado a pulso, pintadas de verde (como digo una cosa digo la otra, ahora me refiero a partidos políticos como a burdeles); algo ha de tener el verde para teñir, impúdicamente, tantas casas de dudosa reputación.
Aunque, bien entendidas las cosas, decir burdel y sexo duro no es lo mismo que nombrar algún partido político y prácticas sado-masoquistas, pero casi: un lugar en donde todo está en venta, eso sí, hay que llegarle al precio, así como alcanzar el clímax o fingirlo mediante el uso de sogas a la altura del cuello, argollas de acero en las coyunturas o látigos azotados sobre la espalda, son cosas que presuntamente sí que pueden decirse de algunos partidos políticos locales, como de los gustos y preferencias de aquel emperador de la vieja Roma, de nombre Calígula.
Pero, hay que ver lo fácil que es irse por las ramas, para centrarse es preciso volver al principio, a la exprimera dama del país: una mujer, cuya relación con la política es comparable a aquellos matrimonios decididos en un arrebato de amor, como si todo se hubiese decidido en un rato de locura y, claro está, que todo esto ha tenido poco o nada que ver con quien fuera su esposo, el presidente de los tiempos de solidaridad.
Aquello de “hasta que la muerte nos separe” ella se lo prometió a la política y no al expresidente; aquello de “en las buenas y en las malas” también se lo prometió a la política y no al expresidente; aquello de “tus bienes y mis bienes, ahora son los nuestros” también se lo prometió a la política y no al cándido expresidente; así las cosas, la relación con la política, cuando de ella se trata, es un cuento de pasión.
Como todo lo que sucede tiene consecuencias, este ímpetu vehemente de furor amoroso no es la excepción, por eso mismo, para ella la política no es una cuestión de planificación, ni de estrategia ni de programa político, sino de necedad, de porfía, de fantasía, de imaginación y, en el mejor de los casos, de seducción; pero lo cierto es que cuando hay tanta pasión, lo que se entiende es poco o nada: a mayor pasión menos entendimiento, esa es una ley en toda regla.
Bajo esas premisas, lo propio de la señora fogosa y apasionada es la demolición, ese es su modus operandi, cuyo orden es, en primer lugar, cuestionar las reglas, luego incumplirlas, señalar a líderes y a operadores, bloquearlos hasta declararlos como inútiles o sustituirlos por capos, es decir, una demolición de la que lo más seguro (y esto es lo más grave) ni ella misma es consciente, sino, cómo nos explicamos que el lema de su última gesta electoral haya sido: “La ignorancia es la riqueza de la cultura de nuestro pueblo”…
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