La puerta que me abrió la posibilidad de escribir en periódicos de Guatemala: La página literaria de “El Imparcial”

La página literaria de “El Imparcial” fue uno de los medios de comunicación social escritos que permitieron que autores primerizos presentaran su producción literaria.

Max Araujo

septiembre 28, 2025 - Actualizado septiembre 27, 2025

El muñequito de El Imparcial, al igual que el diario que representó, marcó época en el periodismo guatemalteco.

Desde finales de los años setenta del siglo pasado he escrito en distintos medios de comunicación social de Guatemala sobre literatura y temas de cultura en general: El Imparcial, La Hora, La Razón, El Gráfico, Diario de Centroamérica, y en alguna ocasión en Siglo 21 y Prensa Libre. Lo he hecho también para revistas.

Inicié esa trayectoria en el diario “El Imparcial”. En este texto contaré de cómo fue que tuve esa oportunidad. Dicho periódico, que funcionó de 1922 a 1985, fue uno de los diarios escritos más importantes de Guatemala. Cuando lo comencé a leer salía por las tardes. Fue famosa su página literaria, que por años dirigió, hasta su muerte, el poeta y escritor Cesar Brañas. Su casa y su biblioteca, hoy dependencias de la Universidad de San Carlos, son un Centro Cultural de los más importantes de la ciudad de Guatemala. Se encuentra en la zona tres, a una cuadra de la Avenida Elena, en la misma calle a la que da el frente del Palacio Nacional.

Siendo que “El Imparcial” se publicaba en formato grande, entre tipos tabloide y sábana, permitía que la página literaria tuviera bastante contenido. En esa página se publicaron textos de escritores guatemaltecos, algunos residentes en el país y otros en el extranjero, así como de autores de otros países. Me atrevo a decir que la mayoría de los literatos, de parte del siglo veinte, escribieron en dicha página: Asturias, Monteforte Toledo, Flavio Herrera, Rafael Arévalo Martínez, etc. El listado es extenso.

Entre los escritores que trabajaron en dicho diario se encuentran los siguientes: David Vela, quien fue director de este. Se le atribuye la mayoría de las frases que acompañaron al famoso “muñequito”, creado por Alfonso Campins Raymundo. También Francisco Méndez, abuelo del escritor contemporáneo que lleva el mismo nombre—ambos han brillado con luz propia, aunque también lo hizo Leonel Méndez Dávila, hijo del primero–;   Ovidio Rodas Corzo (artista de la plástica y escritor), padre de Ana María Rodas; Joaquín Méndez, papá de la crítica Lucrecia Méndez de Penedo, y don Ángel Ramírez.  A este último lo conocí. Lo traté en algunas ocasiones, así como a David Vela, papá de la balletista y gestora cultural Julia Vela, y del arquitecto Augusto Vela, Exministro de Cultura y Deportes. Don David fue hermano del poeta Arqueles Vela.  Este último desarrolló su obra en México, en donde se le considera un autor de ese país.  Fue miembro del movimiento literario “estridentismo”. Un movimiento  de vanguardia que se  inició en diciembre de 1921 en la Ciudad de México, tras el lanzamiento del manifiesto Actual Nº1 por el poeta veracruzano Manuel Maples Arce. Entre sus miembros más conocidos:  Germán List Arzubide, Germán Cueto, Fermín Revueltas, Ramón Alva de la Canal, Luis Quintanilla del Valle «Kyn Taniya» y Leopoldo Méndez. Este grupo fue importante porque alcanzó reconocimiento mundial, ya que formó parte de los llamados grupos de vanguardia, -de los “ismos”- de las primeras décadas del siglo 20: ultraísmo, surrealismo, modernismo, creacionismo, entre otros. Recomiendo la biografía que sobre David Vela escribió el periodista y escritor Julio Mendizábal.

Mi historia con la página literaria de “El Imparcial” es la siguiente: Contaba mi abuela materna que cuando el abuelo Marcelino, su esposo, viajaba a la ciudad de Guatemala desde la aldea La Ciénaga, del Municipio de San Raymundo, lugar de origen de mis padres y mío, siempre traía consigo el ejemplar del día de “El Imparcial”, que después compartía con un vecino. Los dos disfrutaban de su lectura. En esa época, los treinta y ocho kilómetros que separan nuestra aldea, del punto cero de la ciudad de Guatemala, eran los de un lugar lejano. Ahora ya es parte de los alrededores de esta ciudad. Poco a poco está dejando su ruralidad.

  A fines de los años setenta, siglo pasado, yo era uno de los dos asesores del Bufete Popular de la Universidad Mariano Gálvez; centro de estudios en el que, en 1976, me recibí de abogado y notario. Por solicitud del licenciado y escritor Rafael Zea Ruano, fui nombrado para ese cargo. Él era el director de esa dependencia. Para un joven tímido y temeroso fue una prueba de confianza. Reconozco lo que ese respaldo significó para mi futuro.

Entre los alumnos que me buscaron para que les asesorara el escritor y periodista Ramón Zelada Carrillo, expresidente de la APG y director en esos años de “El Imparcial”. En algún momento, en una de sus visitas a mi modesta oficina profesional que tuve en la sexta avenida de la zona 4, de la ciudad de Guatemala, me invitó para que escribiera en la página literaria de dicho diario. Ya habíamos organizado el Grupo editorial “Rin 78”. En algún momento, después, tuve la osadía de recomendar a algunos integrantes de este grupo para que publicaran en esa página.

Los primeros trabajos que publiqué fueron sobre temas jurídicos, pero en poco tiempo continué con una serie de tres “minicuentos” para cada ocasión, los que posteriormente incluí en mi primer libro (1980) de narraciones, que tiene el título de “Cuentos, fábulas y antifábulas”. Al terminar esa serie inicié la columna “El ojo de Max Araujo”. Cuando se cerró El Imparcial la continué en “La Hora” hasta los años noventa.  En esa época este diario se publicaba también en el tamaño de “El Imparcial”; un formato usado por grandes diarios del mundo.

Cuando inicié mi etapa de colaborador en “El Imparcial”, tuve como compañeros de página a escritores reconocidos, pero también a algunos jóvenes autores, todos veinteañeros, entre estos Víctor Muñoz y a los integrantes del grupo “Cuerpos sin Lugar”, residentes en La Antigua Guatemala, formado por Adolfo Méndez Vides, Santiago Méndez Vides (hoy sacerdote católico), Luis Aceituno (recientemente fallecido), Gustavo Rosales, Silvia Arévalo y Rodolfo Arévalo (nieto de Rafael Arévalo Martínez).  De entre sus contribuciones destaco, en este texto, la que se publicó el jueves 29 de enero de 1981, como homenaje a John Lennon, que encabezaron de la siguiente forma:” YEA YEA YEA. Cuerpos sin lugar no solo es una agrupación literaria. Bajo dicho nombre se aglutina la poesía, el teatro, la música, la plástica de una gloriosa época. Hay veces en que los integrantes guardamos silencio, porque no hay nada que decir con el impase de las cambiantes estaciones. Renovados, un hecho trágico ha vuelto a unirnos, la melancolía por otros tiempos, la desventaja de un grupo que no rompió sus cintas de amarres: The Beatles.  Hemos regresado para decir que te amamos John Lennon. Yea Yea Yea “.

Los trabajos publicados fueron: “Adiós John Lennon “de Santiago Méndez Vides, en el que da una explicación de quien fue ese músico y la importancia de los Beatles en el mundo de la música; “Un pájaro desertó en la madrugada “, de Luis Aceituno” y “Con amor. Beatles” de Méndez Vides (Adolfo), dos narraciones en forma de cuento, y los poemas: “Mirada borracha de Mundo», de Silvia Arévalo; “Yo soy”, de Gustavo Rosales, y “Jazz Rojizzo”, de Rodolfo Arévalo. En esa ocasión se incluyó a Marielena Schelesinger como parte del grupo, con el poema “Un bullicio sofocante”. En ese momento ya era novia de Adolfo. Meses antes los presenté en una reunión del grupo editorial Rin 78. 

Escogí esta página porque posteriormente, como coordinador y primer editor del grupo editorial indicado, me encargué de la publicación del primer libro de Luis Aceituno y del de Méndez Vides, titulados respectivamente “Los años sucios” y “Escritores famosos y otros desgraciados”. Los trabajos publicados en el “El Imparcial”, antes mencionados, se incluyeron en dichos libros. Recuerdo que Dante Liano relacionó a Méndez Vides con el grupo, y por este llegó Luis Aceituno. No pertenecieron al mismo, pero se publicaron sus obras, como se hizo con otros escritores. Existía una demanda para publicaciones en esos años. Rin 78 fue una solución por la forma como lo hicimos.

En el caso de Víctor Muñoz dejé recados con conocidos mutuos, en los que les mencioné que me interesaba hablar con él para hacerle una propuesta sobre lo que escribía. Fue así como un día se apareció por mi oficina profesional. El resultado es que él ingresó al grupo, y se convirtió en el tesorero. Muy capaz para ese cargo. Como editor de Rin 78 le publiqué su primer libro, “Atelor, su mamá, y sus desgracias personales”. La mayoría de las narraciones ya habían sido incluidas en “El Imparcial”. A este valioso autor, Premio Nacional de Literatura, le edité posteriormente, en 1984, con la editorial Nueva Narrativa, el libro “Instructivo Breve para matar al perro”. Sin querer queriendo, de manera autodidacta me convertí en editor, otro de mis siete oficios para mis catorce necesidades. Revisando documentos personales me encontré que también fui Notario en algunos asuntos legales de los miembros de Rin 78, de otros escritores y de algunos miembros de sus familias. La vida te lleva por rumbos que no sospechas.

La página literaria de “El Imparcial” fue uno de los medios de comunicación social escritos que permitieron que autores primerizos presentaran su producción literaria. Fue de alguna manera un suplemento cultural; no como los que existieron en “La Razón”, con el nombre de “La Razón Literaria”, el “Suplemento Cultural” del Diario La Hora, “Tzolkin” del Diario de Centroamérica, o “El Acordeón” de El Periódico, entre otros, que tenían más páginas, y que fueron una especie de separatas de esos medios de comunicación. Supongo que en la valiosa investigación que la doctora Catalina Barrios y Barrios hizo en la Hemeroteca Nacional sobre la historia del periodismo en Guatemala, que publicó en varios tomos, hay datos precisos sobre los suplementos culturales de los diarios escritos en nuestro país y del periodismo cultural en general. No he leído esa valiosa obra.

En lo personal fue un privilegio para mí escribir para la página literaria de “El Imparcial”. Sería para mí un honor encontrarme que en el archivo que se denominó “La Morgue”, que de manera ingeniosa creó y desarrolló don Rufino Guerra Cortave, otro trabajador de ese Periódico, adquirido por CIRMA, ubicado en La Antigua Guatemala, se encuentren clasificados los textos, en forma de recortes, que hizo él para cada autor, que publiqué en el recordado diario.

Nunca se imaginó mi abuelo materno, que años después de su muerte, uno de sus nietos escribiría en dicho diario. Para él fue una puerta para su imaginación, cuando por vivir en una aldea se tenía poco contacto con el mundo exterior. Para mí una puerta que se me abrió para el mundo de la cultura.

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