Un aspecto literario central, aunque subyacente en esta novela de Eduardo Halfon, “Un hijo cualquiera”, es el enorme volumen de lectura del autor. Borges predicaba que antes de escritor él era y sería lector. Lo repitió Tito Monterroso a su manera. Halfon sin predicar lo muestra fehacientemente en sus líneas., llenas de citas literarias y científicas. Erudición empero presentada con modestia y gran sutileza que no interrumpen la coherencia y economía del texto, más bien ayuda a la compresión de este o lo que el autor se propone comunicarnos.
Halfon se va consolidando como un maestro latinoamericano de esta dimensión de la narrativa que el crítico francés Serge Doubrovsky bautizó como auto ficción. Es decir, la libertad de la conciencia profunda para expresar y explorar sentimientos y vivencias que desde lo subjetivo implican al mundo objetivo. La realidad se modifica sin cambiarla, mostrándola desde otro ángulo o ángulos. Abre una dimensión que resulta comprobadora e indudable. Una manera de representar el mundo que deja al lector conmovido y convencido. Se viene discutiendo la relación entre realidad y narrativa o conexión entre verdad y ficción. La regla de oro ha sido el principio de verosimilitud. La novela y el cuento a pesar de ser ficción, es decir invención de un escritor, deben ser creíbles. Es el lector el que acepta o rechaza un texto.
Se trata de historias de un personaje llamado Eduardo Halfon escrita por un autor homónimo. También memorias de infancia, alergias prematuras, primeros besos, novias, viajes y como leit motiv: la paternidad. Asimismo, una dosis de bildungsroman, o narrativa del aprendizaje juvenil, enjundiosamente trazada. Y el camino del embrión de escritor al narrador consumado. La vocación literaria imponiéndose al ingeniero industrial graduado en Estados Unidos.

En pocas palabras, el personaje Eduardo Halfon no es el mismo autor llamado Eduardo Halfon, sin embargo, resultan dos caras de la misma moneda. Es el caso de Javier Cercas en su emblemática novela “Soldados de Salamina”. El yo protagonista, el narrador en primera persona, toma “prestado” el nombre del autor para contar su historia y las otras historias que presenta. Al fin y al cabo, la realidad resulta inevitable.
Esta obra continúa la línea ya marcada en sus cuentos, compilados en bajo el título de “Clases de chapín” (2017) y en la novela anterior “Canción” (2021). Se trata de una nación sufrida, que es el marco de su infancia. “Guatemala es un país que me duele”, aseguraba Halfon en una entrevista con EFE. Y parece confirmar el destino de desarraigo de Halfon, de su familia judía, del mundo en extravíos de la identidad y búsqueda de esta. La vieja representación del “judío errante” no contemplaba al ser cosmopolita que es una especie de migrante en el tiempo y el espacio, ahora en una época donde las fronteras no son más que marcas arbitrarias y por lo tanto una forma de ficción institucionalizada.
Afirmaba Halfon en esta entrevista algo contundente sobre Guatemala: “difícil para vivir y aún más para volver”. De nuevo el exilio, en este caso auto exilio impuesto, como una salida de emergencia. Una gran parte de la literatura guatemalteca, acaso la mejor parte, se ha escrito y publicado fuera de Guatemala. De Landívar a Monterroso, pasando por Cardoza y Asturias sin olvidar el auto exilio de Enrique Gómez Carrillo.
Subrayemos que la obra de Eduardo Halfon no solamente recrea la historia inmediata sino es una incursión en la sique y retratos de la condición humana. En esta novela Halfon desarrolla aspectos poéticos de gran eficacia. Frases que surgen a veces como un rayo lírico que hilan la historia o las historias que se cuentan con gran vigor narrativo. Frases que son versos, como pequeñas islas poéticas en el mar de la novela: “La aldea, que se llamaba Dos Erres, ya no era más que monte y serpientes.” Halfon concluye así la referencia a la masacre de campesinos indígenas cometida por el ejército guatemalteco en esa aldea mortal.
“Un hijo cualquiera” es la historia de una genealogía, del nomadismo contemporáneo, asimismo de un país y su historia marcada por el conflicto armado interno, lleno de crímenes de lesa humanidad y hasta genocidio. No podía faltar una referencia capitular al bisabuelo de su hijo, el pediatra y antropólogo Juan José Hurtado Vega. Hurtado Vega estuvo a punto de morir en manos del ejército en 1982. Surge en el texto como un personaje referencial con su perfil humanista opuesto a la dictadura militar y al oprobio. Coincidentemente se ha publicado también un libro sobre la vida del doctor Hurtado Vega: “Sobreviviente”, escrito por las hijas de éste, Leonor y Laura, donde se cuenta la desaparición y tortura que sufrió el doctor Hurtado Vega durante la dictadura del general Ríos Montt y su letal ministro de gobernación el coronel Ricardo Méndez Ruiz.
El capítulo sobre “El Lago” no puede ser otro que el de Amatitlán. La referencia a la época de oro cuando era una superficie de agua azulada y transparente y pura hasta llegar a convertirse en un vertedero de restos industriales y aguas negras. Un lago que se muere a causa de la acción humana donde negativamente influyen políticos e irresponsables industrias. Baste entonces recordar un hecho concordante con la historia reciente de Guatemala: la corrupción descarada del caso llamado “Agua Mágica” bajo la guía judicial de la ex Cicig y que terminó con la condena de la ex presidenta de la República Roxana Baldetti a quince años de prisión.
Por otro lado, la Guatemala profunda esta retratada con precisión y brevedad, un mundo impregnado por raíces precolombinas se manifiesta en personajes que pueden ser campesinos cakchiqueles, un pescador, algún soldado, un curandero, etcétera.
En su nueva novela de Eduardo Halfon continua con la crónica familiar sucinta y ramificada, en este caso el aspecto de la generación humana, es decir la paternidad y por tanto la perspectiva del hijo. La imitación es parte esencial del aprendizaje, del hijo con el padre, con el abuelo, con los otros seres humanos. Una repetición que va creando patrones de conducta y actitudes. Una sucesión en el tiempo. Generación y herencia, nacimiento y muerte. Abuelos, padres, hijos. Escribe Halfon: “Quería preguntarle a mi padre quién sería yo sin mi padre”.
Es un libro breve, una novela corta pero un texto que dice mucho, calidad literaria inversamente proporcional al número de páginas. En este sentido una ejecución magistral de economía literaria, cero barroquismos, nada de adornos innecesarios o giros alambicados. Un narrador que domina a la perfección el alcance de sus palabras que enganchan al lector para llevarlo a territorios tan reales como asombrosos. Lenguaje a presión, concentrado, pero sin carencia de un oportuno lirismo. El resultado es deslumbrante y como afirma el reseñista español Bruno Padilla del Valle: “conjunción de la memoria personal con la histórica.”
Me convence plenamente, me agradó muchísimo, el capítulo final. Por su sentido metafórico. Por la presentación conclusiva que explica incluso el título de la novela. Podría ser, como lo son los otros capítulos, un texto independiente, un extraordinario relato o cuento. Pero el capítulo es parte de un todo muy aceitado, una maquinaria narrativa que funciona a la perfección. La paternidad es el pretexto para adentrarnos en el desarrollo de la conciencia, la época global y la historia reciente de Guatemala. “Un hijo cualquiera” no es una novela cualquiera sino el libro inevitable para un lector acucioso y positivamente voraz.
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