La llegada de Juan Fernando Cifuentes a la presidencia de Rin 78, significó una etapa de mayor beneficio para el grupo, pues con él se logró que pasara de sus modestas ediciones (100 ejemplares) a tirajes mayores. Su cargo coincidió con el de director de la Tipografía Nacional, por lo que las ediciones fueron coeditadas con esa dependencia, salvo casos como el de la novela “La llama del retorno” de Carlos René García Escobar y de “Después del tango vienen los moros” de Luis Alfredo Arango, de las cuales me encargué de su edición. Las portadas de los libros, fueron realizadas, a petición de Cifuentes, por Marco Augusto Quiroa. Se hicieron a todo color.
Posteriormente se eligió a la poeta Carmen Matute como presidenta. Con su esposo fueron extraordinarios anfitriones. Ambos formaron una pareja preciosa. Les caracterizaba su amabilidad. Fue fácil hacer amistad con ellos. Lamentablemente Carmen enviudó pronto, pero la relación con ella continúa. Ejerció el cargo con el mismo entusiasmo, y la calidad que le dio Cifuentes, hasta que el grupo desapareció. En su lugar fundamos con varios de los miembros de Rin 78 la editorial Palo de Hormigo, como Sociedad de Responsabilidad Limitada, y yo inicié, en 1984, la Editorial Nueva Narrativa. Ambas editoriales han realizado publicaciones hasta nuestros días.
Rin 78 jugó un papel importante cuando casi no existían editoriales. Los libros de escritores guatemaltecos, antes del grupo, generalmente aparecían como ediciones de autor. Su objetivo inicial fue la de publicar autores jóvenes pero la dinámica llevó a editar libros de escritores ya mayores en edad, e incluso con libros publicados, porque la necesidad de dar a conocer sus obras se impuso, a pesar de los momentos en los que vivíamos, época del conflicto armado. Incluso publicamos un trifoliar con el nombre de Orotava, de dos o tres números, cuyo diseño hizo Mario Álvarez, para ese entonces novio de Ana María Ricica. Fui su editor. Para Mario Monteforte Toledo fuimos héroes. Una expresión que dijo a su retorno de su exilio cuando conoció de nuestro trabajo.
Fue por Rin 78 que fundamos el Premio Guatemalteco de Novela. Este surgió cuando invitamos a Jesús Chico, propietario de las librerías Artemis-Edinter, para una reunión en la casa de Juan Fernando Cifuentes. Se llevó a cabo al anochecer de un día que no recuerdo, a inicios de mil novecientos ochenta y tres. -Esa vivienda fue una de las sedes informales del grupo, las otras fueron las de las parejas de Luz Méndez de la Vega – Mario Alberto Carrera, y la de Carmen Matute y su esposo Carlos Foncea-.
Le solicitamos en esa ocasión que fuera editor de algunas de las obras que le propondríamos. Nos respondió que sí, pero que siempre y cuando fueran novelas. Caímos en la cuenta de que en esos momentos no teníamos que ofrecerle, por lo que propuse la creación de un premio de novela. La idea fue aceptada y comenzamos a planificar como lo haríamos.
Por aquella época Méndez Vides trabajaba en la Tabacalera Nacional. Él me sugirió que buscáramos a Luis Batres, gerente en ese momento de dicha empresa, porque esta tenía interés en apoyar proyectos culturales. Para ese entonces Hugo Cerezo Dardón y Francisco Albizurez Palma habían redactado, en la sede de la OEA en Guatemala, un proyecto de bases. Ya habíamos conformado una especie de Comité pre-organizador, en el que estaba Siang Aguado de Seidner, presidenta de la Alianza Francesa, Delia Quiñonez, por el departamento de Letras de la Dirección de las Artes, Alfredo Pradanos y Jesús Chico por la librería Artemis, y por Rin 78 Juan Fernando Cifuentes, Max Araujo y Tasso Hadjidoduo. Este último nos indicó que era amigo de Eugenio Brunni, a quien incorporamos a ese grupo. Era amigo de Luis Batres. Por medio de Brunni se concertó la cita con el personero de la Tabacalera.
En la primera reunión de trabajo, a la que asistimos los antes mencionados, decidimos crear una entidad cuyo nombre fue Fundación Guatemalteca para las Letras, -que nunca surgió a la vida Jurídica, aunque si redacté como notario la escritura de constitución-, que se encargó de la convocatoria y organización del Premio Guatemalteco de Novela, cuyos premios en efectivo estuvieron a cargo de la tabacalera. A partir de esa decisión periódicamente nos reuníamos en las oficinas de Batres.
Durante varios años se convocó al Premio Guatemalteco de Novela, cuyas premiaciones se realizaron en diversos escenarios, entre estos los de la Alianza Francesa y el Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica. En todas las ediciones se entregó un primer premio, un segundo y un tercero.
En la primera ocasión, 1983, de la que yo aparecí en primera portada de Prensa Libre leyendo, en la sede de la Alianza Francesa, la convocatoria respectiva, la novela ganadora fue “Ardillas enjauladas” de Roberto Quezada. Un guatemalteco que tenía años de residir en Estados Unidos -Desde 1952- y fue traductor en cortes judiciales de ese país. El segundo lugar fue para la dramaturga María del Carmen Escobar con la obra “49 centavos de felicidad”, que yo publiqué en primera versión con mi editorial Nueva Narrativa. En esta obra, al estilo de su obra de teatro “Gente del Palomar”, nos describe la supuesta vida cotidiana -penas, alegrías, problemas, tragedias de las personas que vivían o que tenían negocios en el Pasaje Rubio, en donde se encuentra el famoso bar “El Portal” conocido como “El portalito”, de grata recordación para escritores e intelectuales de Guatemala, en el que ocasionalmente nos reunimos con amigos, entre ellos el músico Joaquín Orellana. En este bar- restaurante el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya sitúa al personaje principal, como uno de sus asiduos visitantes, en la novela “Insensatez”; la que escribió a partir de que él fue uno de los correctores de estilo del informe “Guatemala. Nunca más”, que teniendo como base los archivos de los testimonios de afectados por el conflicto armado-, presentó la Iglesia Católica de Guatemala.
El tercer lugar de la primera edición, aunque no estoy seguro, fue la novela “3 Caban” de otro guatemalteco residente en Estados Unidos, de nombre Mauricio del Pinal, hermano de Alfonso del Pinal. Este último periodista y gestor cultural, productor del programa “Ritmos de Juventud” de canal 7, uno de cuyos conductores fue Guillermo Poggio, compañero de estudios en la Universidad Mariano Gálvez. Ese programa fue de mis preferidos en mi adolescencia.
3 Caban es una novela de amor que se sitúa en la ciudad de Tikal, cuando estaba en su apogeo. Es pseudohistórica, pero muy interesante, porque nos presenta una historia de amor con personajes, en una ciudad viva. Años después Carlos Rene García Escobar publicó la novela “El Valle de la Culebra”, en donde sus personajes viven en donde hoy está asentada la ciudad de Guatemala. Estos datos podrían interesar a los antropólogos y arqueólogos, porque siempre hablamos de las ciudades mayas como ciudades muertas. Lo expreso desde mi ignorancia.
Lamentablemente, para la última premiación, cuyo ganador del primer lugar fue Manuel Corleto, -uno de los dramaturgos más importantes de Guatemala, y cuya novela “Bajo la Fuente” fue el primer libro publicado por Editorial Cultura– y del segundo premio Víctor Muñoz, sucedió un hecho lamentable.
En esa ocasión yo presidía el acto de premiación en la sala principal del Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica, situado en esos años en uno de los edificios de Galería España, en la zona 9 de la ciudad de Guatemala. Me acompañaban en la mesa otros personeros de la fundación. Al momento en el que se le entregó a Corleto el cheque del premio, -veinte mil quetzales-, este, vestido con un traje de Karate, -artes marciales del que era instructor-, al dársele la palabra comenzó a criticar la cantidad del premio-, y al final, frente a todos hizo pedazos el cheque. Algunos de los presentes chiflaban, otros gritaban y aplaudían frenéticamente. Mis compañeros de mesa ya habían abandonado el recinto. Solo yo estaba al frente, hasta que finalmente di por terminado el evento. Ya no hubo recepción.
Con Mario Monteforte, quien era uno de los invitados al acto, -quien no salía de su indignación-, fuimos, para calmarnos, a tomar un par de tragos al restaurante Los Cebollines, ubicado muy cerca, en los alrededores de la Plazuela España, hoy Plaza España.
El caso es que, al día siguiente, almorzando y compartiendo, con el grupo de las reuniones de “El Establo”, comedor situado en el Edificio El Patio, zona 4, donde tuve mi oficina profesional de1985 a 2015, del que hablaré en otro de mis textos, al comentar el incidente, Jorge Godínez, escritor y músico, nos indicó que el cheque no había sido destruido por Corleto. Como buen teatrista, lo que hizo fue convertir en retazos un cheque de utilería, y que este día, a primera hora, se presentó a una sucursal bancaria a cobrarlo. Nos indicó que una amiga de él, abogada que trabajaba en la tabacalera, se lo había narrado. En lo personal no lo creía, hasta que efectivamente se nos informó a los organizadores del concurso que cuando la empresa le comunicó al banco que no se pagara el mencionado cheque, la respuesta fue que ya había sido cobrado por la persona cuyo nombre contenía el mismo.
Días después se nos informó que la Tabacalera Nacional ya no continuaría patrocinando el evento. Así terminó el Premio Guatemalteco de Novela.
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Max Araujo. Escritor, gestor cultural, editor, abogado y notario, con una larga trayectoria en el mundo de la cultura.
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