La académica sueca Victoria Thörnryd, en su tesis doctoral sobre Monterroso, La revisión de la cultura Occidental en la fábula de Augusto Monterroso, sostiene que en varias fábulas de La oveja negra puede verse una revisión de la conquista de América. El impacto que la empresa de Colón tuvo sobre la identidad del sujeto colonizado se muestra, por ejemplo, en «La mosca que soñaba que era un águila», donde la búsqueda de una identidad propia se ve afectada por la ideología etnocéntrica del colonizador, que impone un nuevo paradigma cultural y fractura la unidad estructural originaria.
Monterroso usa la fábula para ironizar, por ejemplo, la dictadura eterna en «El dinosaurio», la imagen del mártir político en «La oveja negra» o la inversión epistemológica en «El eclipse». En este último relato, el autor invierte la figura del conquistador superior científicamente y el nativo ignorante.
La parodia de las crónicas de la conquista
Las crónicas de la conquista de América aparecen como referencia intertextual en varios textos de Monterroso. La codicia de poder y oro es retratada a través de la parodia. En su novela Lo demás es silencio ironiza hasta el sarcasmo la búsqueda insaciable del oro y el poder en la fundación de las primeras ciudades coloniales.
Las parodias de Monterroso sobre las crónicas de la conquista resultan no solo ingeniosas sino críticamente efectivas para arrojar luz sobre los hechos reales utilizando hechos ficticios. La narrativa construye conciencia e historia por medio de sus propios medios: la ficción con ironía, parodias y humor.
El crítico uruguayo Jorge Ruffinelli considera que puede haber en esto una alusión al afán actual de mirar hacia el Norte en busca de soluciones monetarias y riqueza. La académica belga Ann van Hecke afirma que las crónicas del siglo XVI dan prueba de esta fiebre de oro que arrastró a miles de aventureros. Algunos tuvieron suerte, pero muchos murieron desilusionados por no hallarlo y hubo muchos asesinatos en las rivalidades que la codicia producía: Almagro contra Pizarro, Francisco de las Casas contra Cristóbal de Olid, Pedrarias Dávila, contra Vasco Núñez de Balboa.
La parodia como herramienta crítica
Ann van Hecke resalta el uso consciente y efectivo de la parodia por Monterroso para desmitificar y desmontar la narrativa hegemónica y el discurso occidental de dominación. Parte de la definición de parodia como herramienta que falsifica lo original presentando una supuesta copia que no tiene otro sentido que descalificar o evidenciar lo afirmado en el texto original. Se recurre a la definición de la norteamericana Linda Hutcheon: «La parodia es repetición con distancia crítica, que marca más la diferencia que la semejanza».
Francisca Noguerol Jiménez, de la Universidad de Salamanca, ha profundizado en el manejo de la ironía en Monterroso para descalificar la solemnidad y los autoritarismos. Monterroso construye su propia narrativa de la historia y levanta un discurso antihegemónico.
«El eclipse»: la ironía epistemológica
Augusto Monterroso, con su relato «El eclipse», nos muestra con el uso de la ironía y la sátira el choque de culturas y los prejuicios. El misionero Bartolomé Arrazola, atrapado por una tribu de indígenas, pretende salvar el pellejo asustando a sus captores con la amenaza de apagar el mundo con un eclipse. Pero los mayas conocían más de astronomía que los españoles, y la noticia les pareció una broma del fraile, quien resulta sacrificado. Monterroso presenta de manera paródica y alegórica la actitud etnocéntrica de los misioneros, que encierra un suprematismo a pesar de sus labores humanistas.
Usa el nombre Bartolomé como un significante paródico, si se piensa en Bartolomé de Las Casas. Logra así levantar el hecho de que la presencia de los misioneros, independientemente de su labor humanista, era parte del proceso mayor de la invasión española. Encontramos, asimismo, una relación directa con un personaje histórico, el misionero fray Domingo de Vico, creador de una Theologia indorum como base doctrinaria para la evangelización. Vico, al igual que muchos otros misioneros de su tiempo, jugó un papel relevante en la historia de la colonización, y su muerte a manos de los lacandones subraya la resistencia indígena frente a la dominación y el cambio impuesto.
«La Sirena inconforme»: el mito fundacional de Occidente, desmontado
Hay un texto breve, como todo lo suyo, con el cual Monterroso desmonta la larga narrativa hegemónica de Occidente: «La Sirena inconforme». Pertenece también a La oveja negra y demás fábulas y en este relato Monterroso deshace uno de los episodios fundacionales de la cultura occidental: el encuentro de Ulises con las sirenas en La Odisea.
En el relato homérico, las sirenas son un peligro: su canto hechizo a los marineros y los arrastra a la muerte. Ulises, el héroe astuto, se hace atar al mástil para escucharlas sin sucumbir. Es el triunfo de la razón sobre el deseo, del ingenio sobre la naturaleza, del héroe sobre el monstruo. Todo un paradigma de la civilización occidental.
Monterroso invierte la historia por completo. Una de las sirenas, la inconforme, se enamora de Ulises. Mientras sus compañeras se resignan al fracaso, ella sigue cantando, incluso después de que el héroe desaparece. Y cuando Ulises regresa, ya no es el mismo: «más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto», esta vez desembarca, estrecha la mano de la sirena, escucha su canto y, «cuando lo consideró oportuno, la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó».
El canto de la sirena ya no mata. Y el héroe ya no huye del canto, sino se escapa después del encuentro. Ulises, el astuto, el sufrido, el que soportó diez años de guerra y otros tantos de naufragios, aparece aquí como un seductor que usa a la sirena y la abandona. «De esta unión nació el fabuloso Hygrós», escribe Monterroso, «o sea el Húmedo en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas».
En apenas una página y media, Monterroso ha hecho trizas el mito. Ulises ya no es el héroe civilizador: es un turista sexual. Las sirenas ya no son monstruos: son víctimas. El hijo de ambos, Hygrós, no es un semidiós: es el patrón de las prostitutas que atienden a los pasajeros de los cruceros modernos. La Odisea, texto fundacional de la identidad occidental, queda reducido a una historia de seducción, abandono y amor no correspondido. La sirena no es monstruo marino sino una figura romántica. El relato cambia la escena clásica: Ulises es un picaflor, un predador sexual y la sirena es su víctima. Se trata de la inversión paródica en estado puro: el héroe se convierte en villano, el monstruo en amante, el mito en fábula, la épica en ironía. Y ahí está un gesto central de la literatura de Monterroso: escribe un relato breve donde hay una relectura de las bases fundacionales de Occidente.
Conclusión: la fábula como conciencia histórica
Monterroso no escribe tratados de historia ni panfletos anticoloniales. Escribe fábulas, relatos breves, parodias. Pero en esa brevedad y en esa aparente ligereza está su fuerza. Al invertir la figura del conquistador y del conquistado, al mostrar la codicia y la rivalidad de los españoles, al revelar que los mayas sabían más de astronomía que los frailes que venían a salvarlos, al desmontar el mito de Ulises y las sirenas, Monterroso construye una narrativa que desmonta el discurso hegemónico de Occidente. No lo hace con grandilocuencia, sino con ironía. No lo hace con denuncia, sino con humor. Y ese es, quizá, su mayor logro: hacernos reír mientras nos obliga a mirar de frente la historia de la llamada Conquista, sus mitos y sus consecuencias. La fábula, en sus manos, se convierte en conciencia histórica. Y la risa, en instrumento de equidad moral.
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