Del corrido al narcocorrido

Con cuerno de chivo y bazuca en la nuca/
volando cabezas a quien se atraviesa/
somos sanguinarios/
locos, bien ondeados/
Nos gusta matar/

*Letra de un narcocorrido de Geovani Carrera, compositor de Culiacán

Jaime Barrios Carrillo

noviembre 2, 2025 - Actualizado noviembre 1, 2025

“Un país como México se entiende mejor por Los Tigres del Norte que por los más sesudos intelectuales o los novelistas de más éxito…».

Los tiempos han cambiado. Ya no existe el México de Antonio Aguilar, Lucha Villa, Jorge Negrete o Cuco Sánchez, por mencionar algunos nombres emblemáticos de quienes cantaron corridos. Ya no se pide permiso antes de empezar a cantar, como en los corridos clásicos: ahora se comienza disparando y se sigue secuestrando, decapitando, descuartizando, torturando y hasta arrancando ojos y tripas. Ya no se habla de caballos retintos, sino de automóviles de lujo, como en el narcocorrido La Cheyenne sin placas de Eli Quintero.

Tampoco, a pesar de nuestras nostalgias, se mantiene el culto quijotesco a la Adelita. Su lugar lo ha ocupado la buchona —novia o amante de narcotraficante— con su cabello negro y brillante, ropa entallada de marca, perfumes carísimos y gustos lujosos.

Juan Charrasqueado, con su alcohólica virilidad y donjuanismo rural, ha muerto para siempre. Su lugar lo han tomado figuras como Ramón Arellano Félix, Arturo Beltrán Leyva, Pablo Escobar, Ignacio “Nacho” Coronel, Ezequiel Cárdenas Guillén, alias “Tony Tormenta”; Leónidas Vargas Vargas, alias El Viejo; y Gonzalo Rodríguez Gacha. Todos murieron en el violento trasiego de las drogas. Igual suerte —o mala suerte— corrieron intérpretes y músicos de narcocorridos como Sergio Vega El Shaka, Sergio Gómez, Valentín Elizalde, Zayda Peña, Diego Rivas, entre otros, reales o ficticios.

Ya no se trata de cantarle a rancheros enamorados y parranderos, sino a criminales poderosamente armados y dispuestos a asesinar a cualquiera. Cambiaron las carabinas treinta-treinta por fusiles de asalto AK-47. Ya no es el legendario general John J. Pershing, en su expedición punitiva al mando de diez mil hombres persiguiendo a Pancho Villa, sino la oscura y misteriosa DEA contra los cárteles.

Los primeros narcocorridos surgieron a principios de los años setenta, en el ámbito de la música norteña —que abarca también el sur de Estados Unidos, especialmente Texas—, y en relación con los embriones del narcotráfico. Aunque hay investigadores, como Juan Carlos Ramírez-Pimienta, que sitúan su origen en el lejano año de 1934, cuando se grabó el tema Por morfina y cocaína de Manuel Cuéllar Valdez. Resulta, sin embargo, meramente anecdótico: el México de 1934 era otro. Los problemas eran distintos y el narcotráfico ocupaba un lugar secundario.

Ya no cabe duda de que el principal problema de seguridad en México y Centroamérica es el narcotráfico. La vida política, además, está infiltrada y controlada por narcotraficantes. Pero si el narco domina la política, también se ha expandido y se refleja en la música popular. México, además, ha ejercido siempre una influencia cultural en todo el continente con sus rancheras y corridos.

«Actualmente, el narcocorrido es la música que mejor nos representa ante el mundo y ha desplazado incluso a los mariachis», dijo en una entrevista el novelista Élmer Mendoza. Las razones dadas por Mendoza son la creciente popularidad del narcocorrido y el hecho de que refleja una especie de conciencia social. En otras palabras: el narcocorrido es un reflejo del México actual.

Arturo Pérez-Reverte, al presentar su novela La reina del sur en la Feria del Libro de Guadalajara, fue más tajante:

“Un país como México se entiende mejor por Los Tigres del Norte que por los más sesudos intelectuales o los novelistas de más éxito. Este país tiene una realidad tierna y violenta, dura y familiar, trágica y feliz, y el corrido y el narcocorrido norteño son los que mejor la han definido. Élmer Mendoza y yo somos pinches escritores que necesitamos 500 páginas para contar lo que Los Tigres del Norte cuentan en tres minutos y medio.”

Antes que Pérez-Reverte, se publicaron obras de la literatura latinoamericana como Secuestro de García Márquez, La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo y Los jinetes de la cocaína de Fabio Castillo. También pueden mencionarse escritores como Rogelio Guedea, Yuri Herrera, Enrique Serna, Laura Restrepo, Jorge Franco Ramos, Paulo Lins, Homero Aridji y Edmundo Paz Soldán, quienes han abordado el tema en sus novelas.

Un lugar especial merece el escritor estadounidense Don Winslow (Nueva York, 1953) y su novela El poder del perro, una crónica de las relaciones del narcotráfico entre Estados Unidos y América Latina. Este libro es como descender a los círculos infernales del narcotráfico: círculos concéntricos pero interrelacionados, donde las dudosas maniobras de la misma DEA y las fuerzas de seguridad no escapan a la pluma intensa del novelista.

Edmundo Pérez ha publicado Que me entierren con narcocorridos, donde hace un inventario de los grupos y cantantes del género. La violencia del narcotráfico no ha hecho excepción con los músicos: medio centenar han sido asesinados, según Pérez; algunos acribillados brutalmente, otros secuestrados y ejecutados con el fatídico tiro de gracia.

Los corridos nacidos en la Revolución provenían de las formas de los romances españoles de los siglos XVII y XVIII. Jugaban un papel informativo y a la vez narraban hazañas, contaban historias de revolucionarios caídos como Benjamín Argumedo o Valentín Mancera, “que era un hombre valiente”.

Ahora, los narcocorridos no cuentan historias de héroes, sino que rinden homenaje a los traficantes de drogas. Se sabe que un compositor puede ganar entre 5,000 y 15,000 dólares por un tema, aunque los más reputados reciben sumas mucho mayores. Los grupos y cantantes comenzaron amenizando las fiestas de los capos y terminaron cantándoles a ellos mismos, en corridos laudatorios o panegíricos entonados en los entierros de los narcos caídos, con acordeón, guitarras y trompetas. Tifani Roberts nos da un ejemplo significativo:

“Alfredo Ríos, mejor conocido como El Komander, también es considerado el jefe del corrido alterado. Llena conciertos en el norte de México y se ha convertido en uno de los mayores exponentes del movimiento, con gran impacto en México y Estados Unidos, especialmente en Los Ángeles, donde las radios no tienen las prohibiciones que existen en México y con frecuencia emiten corridos. El Komander, con sus narcocorridos de mafiosos y sicarios, ha logrado fotografiar la realidad de la delincuencia que se vive en México, y eso parece ser parte de la clave de su éxito.”

El Komander

“¿Hay en los narcocorridos apología del delito y la delincuencia?”, se preguntaba Carlos Monsiváis en un artículo. Monsiváis señalaba que los narcocorridos son musicalmente inferiores a los corridos tradicionales, pues sus compositores no suelen disponer de los mínimos requerimientos técnicos. Pero lo que más llama la atención —y resulta más polémico— es su conclusión, de una intensidad crítica que desmantela a los invisibles dueños del país mexicano:

“Los narcocorridos difunden la ilusión de sociedades donde los pobres tienen derecho a las oportunidades delincuenciales de los de arriba. Ni en el delito dejan de existir las clases sociales. La impunidad es el manto de los que, al frente de sus atropellos y designios delincuenciales, todavía exigen prestigio y honores.”

El narcocorrido tiene que ver con una sociedad en crisis dentro de un esquema global. No solo México, sino que los verdaderos “Tigres del Norte” son los norteamericanos, con su consumo y trasiego de drogas. “La banda del carro rojo” venía del sur, pero iba rumbo a Chicago.

Tags:

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?