Edmundo Vásquez Paz y su gran cuento «El somormujo somnoliento»

El escritor, de quien se lamenta su deceso, dio en el clavo al seguir el estilo de Tito Monterroso al escribir uno de los mejores cuentos logrados que he leído, «El somormujo somnoliento», con un sorpresivo final.

Fernando González Davison

mayo 4, 2025 - Actualizado mayo 3, 2025

Es lamentable el deceso de Edmundo Vásquez Paz porque tenía tanto por escribir pero nos dejó sus cuentos, algunos de ellos geniales, como el que deseo compartir su lectura y en su memoria. Considero que Vásquez Paz dio en el clavo al seguir el estilo de Tito Monterroso al escribir uno de los mejores cuentos logrados que he leído, «El somormujo somnoliento», con un sorpresivo final, como podrán leer ahora:

“Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. Desde niño, al escuchar este proverbio, G. pensaba que más acertado sería referirse a los somormujos, esas aves palmípedas de cuello negro y abdomen blanco que pueden mantener su cabeza sumergida bajo el agua por mucho tiempo.

Pensaba que, para el caso de dormirse, las consecuencias para un somormujo serían indudablemente más graves que para un camarón. Un camarón, al despertarse, simplemente se encontraría en algún sitio desconocido, lo que le acarrearía, indudablemente, algunos problemas o, más bien, incomodidades, como lo puede ser el sentimiento de desorientación o el temor que le inspirara la soledad. Pero, para un somormujo, en cambio ─así pensaba él─, un descuido de este tipo siempre le sería fatal. No fue sino hasta que se enteró del cuento del somormujo somnoliento que G. se convenció de lo equivocada de su suposición.

El cuento se lo contó Pablo, el conserje del edificio en donde él alquilaba. Y era un cuento muy sencillo: se trataba de un somormujo que, desde su tierna infancia no tenía más afición que la de intentar dormirse siempre que podía. Sin importar hora o lugar en el cual se encontrara, siempre acompañado de su madre y del resto de sus somormujitos hermanos.

Su madre, somormuja experimentada, había detectado desde su nacimiento el pequeño problema que había empollado y se esforzaba en siempre espabilarlo y repetirle hasta el cansancio que “a los camarones que se duermen se los lleva la corriente” y “que pusiera sus barbas en remojo”. El somormujito, como era de esperarse, debido a su corta edad, prestaba poca atención a tanta frecuente y desagradable insistencia. En primer lugar, porque no entendía, ni remotamente, el significado de ninguna de las sentencias (adagios o proverbios) que su madre le mentaba. Y en segundo lugar (y no por ello menos importante), porque la insistencia él la consideraba, simplemente, una necedad materna que, por lo mismo, no ameritaba ninguna consideración. (Salvo la de saber ignorar esa impertinencia sin que se notara y, así, sin ofender a la madre. Se trataba, indudablemente, de un somormujito con alma o espíritu de diplomático).

Cuando el somormujito abandonó la tutela materna y, por lo mismo, era justo empezar a llamarlo somormujo a secas (como correspondía a todos los miembros de su especie ya en edad adulta), él aún conservaba algunos peligrosos resabios de su recién abandonada adolescencia, como aquella convicción de que él era inmortal, que no existía ningún peligro imposible de vencer, y que los que se mueren es porque son tontos o porque son lentos. Cuando el somormujo se lanzó, de manera autónoma e independiente, al desarrollo de las actividades propias de su género, todo lo novedoso que iba encontrando le impedía el tan siquiera sentir la tentación de dormitar durante el día. En esos días, el dormir era una actividad que realizaba –como buen somormujo– estrictamente a las horas destinadas para fines del natural y necesario descanso y, como era costumbre y ritual de su especie, en multitud (esto es: con todos los otros somormujos, somormujas y somormujitos con los cuales compartía las aguas del lago que era su mutuo hogar). No fue sino hasta días después que, somormujeando (esto es: mientras buceaba haciendo uso de su especial capacidad de retener el aire por un prolongado tiempo), se sintió somnoliento y bostezó. Una sola vez.

Su somnolencia era tan grande y su bostezo fue tan profundo que nuestro somormujo se tragó todo el lago en esa sola aspiración. Y el somormujo ni se murió, ni se despertó, ni se inmutó (lo que confirma lo desacertada de la intuición de G.). Solamente se infló –lleno de lago– y flotó a tierras áridas y lejanas para regarlas al despertar… G. pensó entonces, con alegría, que el descuido de esas aves palmípedas somnolientas no implicaba un destino trágico para ellas y que, de no ser por los somormujos somnolientos, no habría nubes, ni verdor, ni prosperidad… También pensó que tal vez sería bueno que hubiera más somormujos somnolientos. Y luego pensó que tal vez no, porque sería dejar sin lagos a otros. Algo así como “desnudar a un santo para vestir a otro” (que también es un adagio)

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