Paredes que callan: la urgencia de narrar el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala

Cuando el espacio público prescinde de su narrativa histórica, la ciudad corre el riesgo de convertirse en una escenografía, la cual en el caso del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala puede hasta llegar a presentar carencia en un hilo conductor, con abruptas interrupciones que arrebatan la memoria y con el crecimiento de la gentrificación.

Mauricio José Chaulón Vélez

septiembre 27, 2026 - Actualizado septiembre 26, 2026

En un recorrido por el llamado Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala es común observar muchas fachadas vacías y las miradas superficiales de transeúntes y pasajeros que se mueven en sus calles, avenidas, parques, plazas y múltiples espacios. Esto resulta paradójico porque se trata de un lugar que a su vez se compone de muchísimos lugares que de una u otra manera se encuentran entretejidos histórica, social y culturalmente, por lo que siempre ofrece algo para recordar, analizar, aprender y sorprenderse.

Sin embargo, el movimiento líquido (parafraseando a Zygmunt Bauman) del sistema actual hace que todo esto pase desapercibido y ni siquiera exista una dedicación institucional permanente por significar los espacios. La historia queda diluida en el ir y venir de un Centro Histórico con una débil planificación como tal, que sobrevive desde él mismo en sus dinámicas complicadas que lo ensucian, lo maltratan, lo ignoran y explotan, escondiéndose y hasta perdiéndose tanto de lo que es y puede decir.  

El caminante que recorre hoy la Sexta Avenida o las inmediaciones de la Plaza de la Constitución en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala se encuentra con un paisaje de contrastes. Por un lado, la ebullición del comercio, el tráfico vehicular cada vez más denso y la arquitectura neoclásica y modernista que sobreviven al paso del tiempo. Por otro, una profunda amnesia urbana. Los inmuebles históricos, las plazas y los rincones emblemáticos se han transformado, en el mejor de los casos, en fondos fotográficos para el consumo efímero o, en el peor, en estructuras mudas que ocultan las tensiones, resistencias y transformaciones que configuraron la nación.

Cuando el espacio público prescinde de su narrativa histórica, la ciudad corre el riesgo de convertirse en una escenografía, la cual en el caso del Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala puede hasta llegar a presentar carencia en un hilo conductor, con abruptas interrupciones que arrebatan la memoria y con el crecimiento de la gentrificación. Nos acostumbramos a consumir la estética del pasado sin comprender las dinámicas sociales, políticas y culturales que le dieron origen, ignorando tanto que sucedió, transformándose, incluso, en un no lugar, siguiendo la tesis de Marc Augé.

Una bizarra combinación entre leyes y otros tipos de poder, propia de regímenes y estructuras socioeconómicas como el carácter oligarca semi feudal y de capitalismo periférico de Guatemala, han hecho que un espacio como el Centro Histórico de la capital se subordine a los intereses del capital económico y simbólico, sin que -paradoja del nombre- se construya tan siquiera un posible capital histórico público que podría favorecer de otras maneras a los mismos capitales privados sin perjudicar lo más valioso en este caso, es decir el bien común y el significado de lo que es el lugar.  

A veces, el Centro Histórico es representado como postal, con el objetivo de ser consumido, quedando el patrimonio a expensas del mercadeo, el cual también puede ser político. Pero de la ciudad se sabe poco. Quien la transita puede que no sepa nada del valor que tiene en la historia; mucho menos le interesa a quien sólo se aprovecha del espacio, apropiándoselo en una cadena de redes de poder que van desde lo pequeño hasta lo más grande. Por ejemplo, hay quienes se han apoderado de las calles para cobrar parqueos de automotores, sin que nadie pueda reclamar que se trata de un espacio público en el que todos tenemos derecho y sin que actúen las autoridades, creándose estructuras clientelares muy convenientes.

En otros casos, se modifican, se dejan en el abandono y hasta se derriban inmuebles, sin que se protejan la memoria y la historia, alterándose o destruyéndose para siempre. Aunado a esto, las políticas de turismo urbano en nuestra región han apostado por la banalización del patrimonio. Esto ha sido demostrado por una gran cantidad de investigaciones académicas, llegando todas a la conclusión de que la ciudad deja de ser vivida por sus habitantes y por quien la visita, llegando a desconocerse o a conocerse de forma equivocada, para darle pie al consumo que se acelera cada vez más por la gentrificación.

Lo peor de todo es cuando no hay interés más allá de la mercantilización económica o política, quedando muchos espacios abandonados a su suerte, con la historia debilitada y sin recursos, como el agua. Bajo el enfoque mercantilista, el patrimonio se promociona, pero nada más. Se proyecta para ser vendido, ya sea como exotismo o para privatizarlo: la «fachada bonita» sustituye a la memoria viva, y el visitante —tanto el nacional como el extranjero— es tratado como un mero consumidor de atracciones y gastronomía local, que muchas veces está desconectada de la cultura viva y responde a cánones que están determinados por las relaciones hegemónicas actuales. 

Desde la historia crítica, este enfoque es problemático. El turismo superfluo que se promueve para consumir determinados espacios del Centro Histórico, le despoja de su complejidad cultural en la fuerza de la historia que le contiene. Ni siquiera nos explica por qué una calle lleva determinado nombre, qué conflictos sociales ocurrieron en una plaza o qué voces fueron silenciadas en la edificación de un monumento público, mucho menos nos refiere a las condiciones de clase que definieron a los actores y sujetos anónimos que levantaron la ciudad en sus inicios.

Al ocultar la memoria histórica de los sitios de interés, se neutraliza el potencial transformador de la memoria colectiva, favoreciendo procesos de gentrificación que desplazan a quienes son los comunitarios de la ciudad y que la hacen posible en el tiempo presente.

La información histórica debe verse y valorarse como un acto de pedagogía urbana y democratización, al mismo tiempo que de salvaguarda de la memoria y de la historia. Frente al modelo de consumo, surge la necesidad de un turismo histórico y de conciencia, fundamentado en la divulgación pedagógica, interdisciplinaria y transdisciplinar de la historia en las calles.

Dotar al Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala de una red rigurosa de información —placas conmemorativas, códigos interactivos, mapas temáticos e itinerarios de interpretación y comprensión histórica— no es un simple adorno turístico: es un acto de democratización del conocimiento. Saber qué ocurrió en una esquina determinada durante la época colonial, comprender la configuración liberal del espacio público a fines del siglo XIX o reconocer los lugares de movilización social y memoria crítica del siglo XX no es un privilegio de archivo o de aula universitaria: debe ser un derecho ciudadano.

La seña pedagógica urbana convierte a la calle en un aula abierta donde el peatón deja de ser un espectador pasivo y se transforma en un sujeto consciente de su entorno territorial. Todo esto se integra en el derecho a la ciudad que planteó Henri Lefebvre, en el análisis que realizó sobre los derechos a los espacios para que sean públicos y dignos, tanto para su disfrute como para el desarrollo de cualquier actividad, y para ello debe dársele un valor de uso en el conocimiento histórico también. Eso sí, no desde lo que les interese a los grupos de poder, sino en el ejercicio de la democratización y de una historia científica, precisa, social y, por ende, con participación popular. Si no es así, narrar el Centro Histórico no servirá nada más que para acrecentar los capitales de los grupos hegemónicos.  

Al mismo tiempo que esto nutre el bien común, se promueve un turismo histórico interno y externo: se reconecta a la ciudadanía con su patrimonio y quien la visita con la historia que tiene tanto que decir. Se trata de colocar cédulas históricas en calles, avenidas, plazas, parques, atrios, iglesias, inmuebles.

Esto involucraría un trabajo inter y transdisciplinar de entidades estatales como los motores del proyecto: Municipalidad de Guatemala; Ministerio de Cultura y Deportes, con el Instituto de Antropología e Historia y el Museo Nacional de Historia; Instituto Guatemalteco de Turismo; Universidad de San Carlos, con la Escuela de Historia, la Facultad de Arquitectura, la Escuela de Diseño Gráfico, la Facultad de Humanidades, la Facultad de Ciencias Económicas, la Escuela Superior de Arte, el Centro de Estudios de las Culturas en Guatemala, el Centro de Estudios Urbanos y Regionales, la Dirección General de Extensión Universitaria y el Instituto Universitario de la Mujer; Ministerio de Educación, Ministerio de Gobernación y las entidades de comunicación estatales. También deberán involucrarse comités de vecinos, comerciantes, universidades privadas, instituciones culturales diversas, organizaciones no gubernamentales, grupos empresariales, medios de comunicación y cooperación internacional. Todo en una perspectiva democrática.      

Si bien la información histórica en las calles atrae a un turismo extranjero interesado en la cultura profunda del país, su impacto más decisivo recae en el turismo histórico interno, pero, sobre todo, en dignificar históricamente un espacio significativo de la ciudad como lo es el Centro Histórico. De esa manera, toda persona ciudadana obtendrá mejores herramientas para apropiarse críticamente de su historia compartida.

Un país que no comprende los procesos que moldearon su espacio urbano difícilmente puede generar empatía socioespacial o asumir una postura crítica ante las desigualdades. El turismo histórico interno y una ciudadanía que comprende mejor el espacio en el que habita y en el que se mueve, concebidos ambos desde la memoria y la divulgación histórica crítica, genera relaciones que fortalecen la identidad colectiva. Al mismo tiempo, el espacio público se convierte en un museo abierto.

Este proyecto se dirige como principal objetivo hacia un Centro Histórico que hable, lo cual permitiría que se conozca desde él mismo. El Centro Histórico de Guatemala no necesita más publicidad vacía ni estrategias que reduzcan la memoria a un souvenir. Requiere, con urgencia, una política pública integral de interpretación del patrimonio que otorgue voz a las paredes, a las plazas y a los edificios, pero, sobre todo, a la cultura viva, a los sujetos.

Democratizar la información histórica en el espacio urbano es un paso fundamental para transitar de la ciudad-mercancía a la ciudad-memoria, siendo este último concepto una categoría expuesta por Pablo Sztulwark, y de otras maneras, por ejemplo la ciudad como memoria colectiva, con Aldo Rossi y Christine Boyer. Esto permitiría un espacio donde caminar no sea solo un acto de tránsito o consumo, sino una experiencia de aprendizaje, crítica y ciudadanía consciente. El Centro Histórico y espacios aledaños podrían ser la primera fase del proyecto para realizarlo en toda la Ciudad de Guatemala y en todas las ciudades del país.

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