Se cumplen 90 años del inicio de la Guerra Civil Española. Aquel 18 de julio de 1936, el alzamiento militar contra la Segunda República inició una contienda que desgarró España y se convirtió en el preámbulo de la Segunda Guerra Mundial. Hitler y Mussolini apoyaron al general Franco, mientras los sectores democráticos y la inmensa mayoría de los intelectuales del mundo se pusieron del lado de la República.
El tiempo no ha cerrado las heridas. Y la pregunta persiste: ¿es posible el perdón cuando el olvido parece la opción más cómoda?
Latinoamérica: trinchera de la cultura
La Guerra Civil española no fue solo un conflicto peninsular. Fue también un campo de batalla ideológico en el que América Latina jugó un papel decisivo. El II Congreso Internacional de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia en julio de 1937, reunió a más de 150 artistas y escritores de todo el mundo. Entre ellos, una nutrida delegación latinoamericana: los chilenos Pablo Neruda y Vicente Huidobro, el peruano César Vallejo, los mexicanos Octavio Paz, Carlos Pellicer y José Mancisidor, los cubanos Alejo Carpentier, Nicolás Guillén y Juan Marinello.
Miguel Ángel Asturias y la República
Miguel Ángel Asturias había asistido a la proclamación de la II República española en 1931, rodeado de jóvenes artistas e intelectuales españoles. Un año antes Asturias había visitado Madrid y escrito una crónica de la ebullición política de la juventud española reunida en los cafés madrileños. La construcción de la República era la meta de todos los grupos y tendencias.
En 1936 el sueño republicano se hacía trizas en un conflicto terrible, del que llegaban a Guatemala noticias escuetas. Asturias se había retornado a Guatemala en 1933 y fundó el primer radio periódico del continente, el emblemático «Diario del aire». El dictador Ubico lo mandó a llamar para amedrentarlo acusándolo de servir la causa comunista, o sea la República, como el tirano le dijo a Asturias.
Asturias apoyó siempre a la República, incluso cuando la censura en Guatemala impedía un debate abierto sobre la guerra. Para Asturias, la causa española era inseparable de la lucha por la justicia social que también libraba en su país. Asturias expresó su solidaridad con la causa republicana en varios poemas como el titulado «S.O.S.»
Muchos años después en una entrevista previa al recibimiento del Premio Nobel en 1967, afirmó Asturias lo siguiente contestando a una pregunta sobre la literatura española:
Aparte de mi fervor por los clásicos, así como por los que fueron mis contemporáneos, me intereso mucho por los jóvenes, por los actuales. Hay grandes valores, lo mismo en poesía que en teatro y novela: Alfonso Sastre, Lauro Olmo, Gabriel Celaya, Carmen Conde, Ana María Matute, Miguel Delibes, Buero Vallejo.
Es decir, autores republicanos o antifranquistas, algunos censurados por la dictadura, como el poeta Celaya, los dramaturgos Olmo, Buero Vallejo y Sastre y los narradores Delibes y Matute.
El Winnipeg: el poema más bello de Neruda
La solidaridad no fue solo retórica. En 1939, cuando más de 500 mil republicanos españoles huían hacia Francia y eran recluidos en campos de concentración, el poeta Pablo Neruda, siendo cónsul de Chile en París, emprendió la que llamó «la más noble misión que he ejercido en mi vida»: la odisea del Winnipeg. Con el apoyo del presidente chileno Pedro Aguirre Cerda, Neruda organizó el fletamento de un carguero francés que llevó a más de 2 mil refugiados a Chile. El viaje duró un mes, y el 3 de septiembre de 1939, el Winnipeg atracó en Valparaíso, donde los esperaba una multitud.
Neruda describió esta hazaña con orgullo: «Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie». Entre los pasajeros ilustres se encontraban el historiador Leopoldo Castedo, el tipógrafo Mauricio Amster y el ingeniero Víctor Pey, quienes contribuyeron decisivamente al desarrollo de Chile.
México: el gran refugio
México, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, fue el país más solidario con la República. Desde el inicio de la contienda, Cárdenas envió a partir del 10 de agosto de 1936 veinte mil fusiles y veinte millones de cartuchos al gobierno republicano. También prestó apoyo logístico para la compra de armas europeas, convirtiéndose junto con la Unión Soviética en uno de los dos proveedores más fiables del ejército republicano.
Tras la caída de la República, México acogió entre 20 mil y 30 mil exiliados en los llamados «Barcos de la libertad». El primero de ellos, el Sinaia, llegó a Veracruz el 13 de junio de 1939; le siguieron el Ipanema, el Mexique y el Nyasa. México fue el único país que, en 1939, se negó a reconocer el gobierno de Franco y mantuvo su representación diplomática en el exilio republicano. El cónsul mexicano en Francia, Gilberto Bosques, realizó una labor extraordinaria protegiendo a republicanos en campos de concentración y facilitando su salida hacia México.
Un aviador guatemalteco en el frente
La participación latinoamericana en la guerra no se limitó a las palabras. También hubo hombres que empuñaron las armas por la República. Uno de ellos fue el guatemalteco Miguel García Granados Solís, un pionero de la aviación centroamericana. Nieto del presidente liberal Miguel García Granados, había volado en Guatemala desde la década de 1920 y fue jefe del Cuerpo de Aviación Militar en 1930.
Durante la Guerra Civil Española, el coronel García Granados se alistó en las fuerzas aéreas republicanas bajo el alias de «Manuel Gómez». Participó en combates como jefe de patrulla de «Chatos» en la escuadrilla de Lacalle, y fue derribado en la batalla de Guadalajara en marzo de 1937. Sobrevivió, pero fue hecho prisionero. Fue intercambiado por aviadores alemanes o italianos. Aunque sufrió graves quemaduras que afectaron su mano izquierda, su espíritu nunca se rindió. Al finalizar la contienda, marchó a México y no regresó a Guatemala hasta 1944, cuando participó activamente en la Revolución que derrocó a Jorge Ubico.
García Granados es, sin duda, la figura más significativa de los guatemaltecos que combatieron en España. Su historia es un recordatorio de que la Guerra Civil no fue solo un conflicto español, sino una causa que movilizó a hombres y mujeres de todo el mundo.
La memoria sigue abierta
La Guerra Civil sigue presente en el debate político español. La Ley de Memoria Histórica, aprobada en 2007, fue un paso tímido, pero no logró desbloquear las fosas comunes. En 2019 se exhumó a Franco del Valle de los Caídos, un gesto simbólico de reparación. El intento del juez Baltasar Garzón de investigar los crímenes del franquismo en 2008 se saldó con su procesamiento.
El olvido no es reconciliación, es amnesia. Y la amnesia, como la impunidad, es el caldo de cultivo de la repetición. La lección de la historia, como la del Winnipeg y la del coronel García Granados, nos recuerda que la solidaridad es posible incluso en los tiempos más oscuros. Y que la memoria, como los poetas, nunca debe callar.
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