Un excurso sobre “la banalidad del mal” de Hanna Arendt

A los cincuenta años de su muerte.

Camilo García Giraldo

diciembre 7, 2025 - Actualizado diciembre 6, 2025

Adolf Eichmann durante el juicio que lo condujo a la muerte.

El mal no es propiamente una sustancia existente por sí misma en la realidad, o, en el mundo, sino, el resultado de las acciones concretas malas, que realizan los seres humanos, de acciones que unos hombres realizan contra otros, para hacerles daño, es decir, para despojarlos de algo que les es propio o les pertenece como sus vidas, su integridad física o psicológica, su libertad natural o sus bienes. Cada acción mala que alguien realiza, engendra, o, contribuye fortalecer y ampliar, la presencia del mal en el mundo.

La conciencia moral de un ser humano se forja, entonces, cuando aprende y sabe, que puede ser agente o autor de malas acciones, que amplíen la existencia del mal en el mundo en el que vive. Y, además, cuando, al aprender el significado dañino y destructivo de las malas acciones, se da el deber o imperativo, de no realizarlas, para no contribuir a fortalecer la existencia del mal. La conciencia moral de cada ser humano se convierte, por eso, en el fundamento o el origen de los mandatos que se da para evitar realizar actos malos o dañinos. 

Sin embargo, en algunas ocasiones, los hombres no quieren cumplir o respetar estos mandatos morales-normativos, no quieren obrar bien. Existe un factor fundamental que les hace surgir este querer: el sentir o considerar a otro u otros como enemigos. Siempre, que alguien considera a otro, como su enemigo, le brota el querer o el deseo de hacerle daño, de realizar alguna acción que lo despoje de su vida o de algo esencial de ella. Pues, el enemigo de alguien, es alguien que le ha hecho algún daño grave, o, que se propone hacérselo, es alguien, que ha obrado mal contra él, o, que quiere, o, desea hacerlo. De ahí, que le nazca el deseo poderoso de ocasionarle el mismo daño, de vengarse, o, de hacerlo desaparecer del horizonte de su existencia.  

Cuando este deseo, entonces, le surge a alguien, desaparecen, o, se debilitan en su conciencia los mandatos morales que la forman, y que, alguna vez aprendió y aceptó como válidos. Y, en su lugar, aparece en su interior con mucho vigor un nuevo “deber”, el de, precisamente, obrar para ocasionarle algún daño a su enemigo. “Deber”, que brota de ese deseo, y, que, se confunde con él, de tal modo que se sostienen y reproducen mutuamente: deseo de hacer daño o de matar a su enemigo, y “deber” de cumplir y satisfacer este deseo perentorio.  

Ahora bien, cuando el enemigo de alguien, es también el enemigo común de varios, o, de un grupo, este deseo-deber de cada uno, de hacerle daño o destruirlo, se incrementa y fortalece; es un deseo-deber de cada uno, que se afianza y renueva con el mismo deseo-deber que tienen los demás. Cada vez que una persona se une e integra con otros en un grupo u organización que tienen el mismo enemigo, este deseo-deber común se constituye en el principio o fundamento de su existencia.

Esto fue precisamente lo que ocurrió con el jerarca nazi, y miembro de la organización de las SS Adolf Eichmann, que dirigió, durante cuatro años, la organización del transporte de cientos de miles judíos a los campos de concentración, en donde fueron después exterminados en cámaras de gas.  Eichmann, logró huir a la Argentina, después de terminada la guerra, como muchos otros criminales nazis, y, permanecer allí oculto con una nueva identidad, durante más de 15 años. Pero, fue finalmente identificado y capturado por los servicios de inteligencia judíos, y, llevado a Israel, para ser juzgado por los graves y múltiples crímenes que cometió. Juicio, que se realizó en Jerusalén en 1961, y, cuyo tribunal, lo condenó a la pena de muerte, después de hallarlo culpable de crímenes, no solo contra los judíos, sino también, contra la humanidad.

Hanna Arendt, quien asistió al juicio, escribió después un libro sobre él, Eichmann en Jerusalén, en el que, no solo relata y transcribe con detalle el contenido de todas las sesiones del juicio, sino también, describe y analiza la personalidad de Eichmann. Personalidad, que era la encarnación de lo que denominó “la banalidad del mal”, es decir, una persona, que no tenía mayores sentimientos de odio hacia los judíos, y, que, no era especialmente, cruel o sádica, sino un funcionario de alto nivel que solo cumplía al pie de la letra, con eficiencia, las órdenes que recibía de sus superiores de la organización a la que pertenecía. Dice Arendt: “Fue como si en aquellos últimos minutos Eichmann resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”.

Sin embargo, estos rasgos normales de la personalidad de Eichmann, que menciona Arendt, no fueron exclusivos de él; seguramente los compartió con algunos otros miembros de las SS y de los aparatos de poder nazi. Pues, son, en general personas normales, las que no solo sienten el deseo-deber de hacer daño o hacer desaparecer de la realidad a los que son o consideran sus enemigos, sino también, tratan de cumplirlo, cuando ingresan a un grupo u organización que tiene el poder, las condiciones y los medios de cumplirlo. Y, como a los judíos, a pesar de estar desarmados, los consideraron como los grandes enemigos de la nación alemana, debido a que era un pueblo “inferior” que con su presencia histórica en la vida socio-económica y cultural habían socavado, y puesto en peligro su integridad racial superior, y la de sus tradiciones y valores culturales. Fue, un deseo imperativo de todos los miembros de estas organizaciones, tanto normales como anormales -personas crueles, sádicas o sicópatas-, de aniquilar o borrar su existencia de la realidad de la nación, que ellos representaban, como no judíos y “arios puros”.

De tal manera, que una persona “normal” como Eichmann, al participar y colaborar con estos crímenes, sintió, como lo siente cualquier otra persona “normal” que haga parte de la misma organización o de una organización semejante, que cometerlos no eran actos malos, incorrectos o injustos. Al contrario, sintió que, eran correctos y necesarios, para hacer desaparecer del horizonte de su existencia este dañino enemigo, que estaba amenazando la integridad de la vida natural, social y cultural de su pueblo. Pues, para él, como en general, para cualquier otro ser humano, que ingresa a una organización que se propone aniquilar a sus enemigos, el acto de aniquilarlos, constituye un acto normal, necesario y justificado en la medida que salvan no solo la propia vida de su presencia peligrosa y amenazante, sino, la de todos a los que dicen representar; es un deseo que deben cumplir en nombre y a favor de esta razón poderosa.

Por esta razón, después del holocausto judío en las cámaras de gas, los hombres tienen la obligación moral e histórica de crear, afianzar y extender formas de organización socio-políticas que no sean o se declaren enemigas de nadie, ni siquiera de los más peligrosos delincuentes; formas de organización social, en las que todos los hombres puedan integrarse por encima de las diferencias étnicas, religiosas y culturales que los separan, y formas de organización política democráticas en las que todos los que luchan por el poder solo se vean como rivales, adversarios o contendientes legítimos, por más alejados o contrapuestos, que se encuentran en sus propuestas y programas de gobierno.

Así, entonces, a estos hombres, en su inmensa mayoría “normales”, no les surgirá el deseo-deber de aniquilar a sus enemigos por la sencilla razón de que no los tienen, que no existen. Y libres de este deseo-deber, que, al poseerlos con fuerza, los degrada o los aniquila a sí mismos, pueden y podrán desplegar, sin mayores obstáculos, sus potencialidades que los conduzcan a forjarse y afirmarse como seres humanos verdaderamente normales.

Pero, además, Eichmann, como todos los demás miembros de las SS, y de los aparatos del poder nazi, a pesar de haber sido un hombre banalmente normal, o, quizá, precisamente por eso, decidió, conscientemente, cumplir, sin ninguna reserva, las órdenes que recibió de ayudar a organizar el Holocausto contra los judíos, por una segunda razón, la de que creyeron ciegamente en la supuesta verdad o validez de la ideología nazi, que, sustentaba o justificaba la necesidad de este genocidio, que los nazis llamaron impúdicamente “La solución final”.  Es decir, porque era un funcionario de alto rango nazi que estaba auténticamente convencido en la necesidad de contribuir a llevar a cabo esta tarea criminal de gran escala. Y, es que los hombres comunes y corrientes, los que son real o aparentemente normales, cuando quedan atrapados en una ideología perversa, que sustenta una organización social, política y/o militar que reclama la necesidad de exterminar, de hacer desaparecer de la realidad, o, de expulsar a la fuerza de un territorio que les pertenece, a un determinado grupo social, se convierten inevitablemente en sujetos activos, responsables y conscientes de la realización de esa perversa labor.

Por eso, la única manera para que una gran parte de los individuos normales y banales de una sociedad se conviertan en agentes del mal es que la propia sociedad se oponga activamente a la formación y crecimiento de estas organizaciones que reclaman la eliminación de determinados grupos sociales. Y, por supuesto, impedir que tenga la posibilidad de acceder a la dirección del Estado, que les daría la plenitud del poder. Y con él tendrían a sus anchas, sin mayores obstáculos, la posibilidad de realizar su voluntad destructiva, tal ocurrió con los nazis encabezados por Hitler cuando accedieron al poder en Alemania.

O, los sionistas judíos, que dirigen el Estado de Israel, los descendientes de las víctimas del Holocausto, se han venido apoderando y ocupando poco a poco a la fuerza, con violencia, el territorio que pertenece históricamente al pueblo palestino desde su fundación en 1948, y expulsando a cientos de miles de ellos, y, ahora, están masacrando en masa a los palestinos civiles, principalmente niños y mujeres, en la franja de Gaza con el pretexto de defender la existencia de su Estado, y proteger a la población del país de la amenaza del grupo Hamas, después del ataque que realizó el 9 de octubre del 2023 a la población israelí en su propio territorio.

Así, como los nazis justificaron el Holocausto de los judíos, sosteniendo que era un pueblo inferior, cuya presencia socavaba la supremacía del pueblo ario alemán y le hacía un grave daño a su existencia histórica, los sionistas judíos actuales justifican sus crímenes y abusos sistemáticos y masivos contra los palestinos convencidos ideológicamente que tienen el “derecho sagrado” a apoderarse y poseer sus tierras para construir y afianzar su propio Estado. Creen falsamente, enceguecidos por la ideología sionista, que el territorio en el que los palestinos han vivido desde sus orígenes históricos hace muchos siglos les pertenece por derecho propio; o mejor, porque sus antepasados, hace más de 2.000 años los habitaron como la tierra prometida por su dios. Su proyecto fundamental es, entonces someter a su voluntad política hegemónica, apoyada en su poderoso ejército y su gran arsenal de armamentos, suministrados en gran parte por los Estados Unidos, o, eliminarnos físicamente o expulsarlos de sus tierras, como efectivamente lo han venido haciendo. 

Fue, irónicamente, el mismo proyecto político perverso que realizaron los nazis contra sus antepasados. Los judíos, dominados por una ideología nacionalista y supremacista, semejante a la ideología, que, guío las decisiones y acciones criminales de Hitler, y los nazis, han obrado contra los palestinos, de manera semejante, al modo, que los nazis obraron contra sus antepasados. Por esa razón, los sionistas y los nazis, terminaron, sorprendentemente, pareciéndose mucho. Las ideologías semejantes, que abrazaron, los han hecho semejantes en sus actos y conductas.

De ahí, que, la única posibilidad, para que algún día, los dirigentes judíos del Estado de Israel, y, su pueblo, acepten convivir en paz con los palestinos, construyendo un Estado binacional con plena igualdad de derechos sociales y políticos de los dos pueblos, o, permitan, que los palestinos, construyan su propio Estado en los territorios que les pertenecen, de acuerdo a las resoluciones de las Naciones Unidas, es decir, Gaza, toda Cisjordania, y, el este de Jerusalén, es que se despojen de este manto ideológico sionista falso, oscuro y perverso. Pero, para que esto llegue a ocurrir, sería imprescindible, que, en la sociedad israelí, y, en toda la comunidad judía internacional, aparezcan actores intelectuales, escritores, periodistas, estudiantes, etc., que, la critiquen, que muestren con las buenas razones existentes, en los espacios públicos, en los medios de comunicación y en las instituciones educativas el contenido falso que posee. La crítica sistemática y permanente de esta ideología en el seno de la sociedad israelí, es la única posibilidad de que los judíos reconozcan algún día en el futuro a los palestinos como sus iguales, como seres humanos dignos de los mismos derechos que ellos tienen.

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