El parágrafo 32 de “Ser y Tiempo” de Martín Heidegger bien puede ser considerado como uno de los textos más importantes de la filosofía, concretamente, de la filosofía del siglo XX en su versión de la fenomenología, entre otras cosas porque es allí, en ese punto que comienza la ruta hermenéutica, para dejar atrás la vocación idealista de que se ha acusado al viejo maestro, Edmund Husserl.
De cualquier manera y al margen de lo anterior, se puede comenzar por preguntar ¿qué es una cosa…? O ¿qué es un objeto…? O ¿qué es un ente…? O ¿qué es algo…? En alguna medida, indagar así consiste hacer una pregunta objetiva o naturalista, tal vez se puede decir que es una forma ingenua de preguntar; se trata de preguntar de acuerdo con el estilo y como lo hace la ciencia.
La filosofía, sobre todo, a partir de los inicios del siglo XX y si se permite, más bien desde la llamada fenomenología, no plantea cuestiones como las anteriores, sino que prefiere indagar por las condiciones previas que permiten, que hacen posible la directa y lineal pregunta por el ¿qué…?
Sólo la cuestión que vaya hacia ese ámbito previo, hacia el sentido busca iluminar lo que empaña o encubre o nubla el camino a la cosa, el objeto, el ente, hacia ese algo, sea lo que sea.
De tal modo, habrá que entender que la pregunta de la filosofía y, puntualmente, de la fenomenología no es una pregunta por la cosa, sino una pregunta por el sentido; desde las primeras páginas de “Ser y Tiempo”, Heidegger se orienta hacia la pregunta central del libro, que va creciendo conforme avanzan las argumentaciones, y esta no es la pregunta por el ser, sino en cambio, por el sentido del ser, es decir, que la indagación más vieja de la filosofía deja de ser una cuestión directa, para transformarse en un asunto que busca las condiciones de posibilidad o, más bien dicho, los requisitos a cumplir para que aquello que se quiere nombrar, pueda ser dicho.
Plasmar algo con, en y por el lenguaje implica seguir un camino que habrá de ser desarrollado y expresado para que una cosa, un objeto, un ente o algo llegue a ser lo que es, para que esa cosa llegue a ser ella misma.
A ver si se capta que aquello sobre lo que gira el asunto es la cuestión del sentido que, al haber sido pasado por alto, ha ido quedando como queda lo que ha sido omitido, aunque Heidegger preferiría que se diga: en el olvido, ha quedado olvidado…
Dada la fecha, cabe preguntar ¿qué es la Navidad…? Un cierto ánimo festivo, un cierto ánimo compasivo, una cierta disposición del ánimo hacia la cercanía, hacia la fraternidad, hacia los actos de dar y recibir, hacia los regalos; ciertamente la Navidad es todo eso, pero ¿es eso todo…? O ¿acaso, hay más…? ¿qué más…?
Cabe preguntar ¿cuál es su sentido…? ¿cuál es el sentido de la Navidad…? La llegada de un niño, el nacimiento de un niño en medio de una noche larga y fría, el nacimiento de un niño que es luz en medio de la noche del mundo, en medio de esa noche que es el mundo, en medio de esa oscuridad de ignorancia y necedad, en medio de esa oscuridad de odio e ira, en medio de esa oscuridad de soberbia y vanidad, de resentimiento y olvido, de desamor y traición, de pena y enfermedad; sin embargo, esa noche de Navidad es especial, es noche buena, porque una estrella en el cielo anuncia el nacimiento de ese niño que es luz en medio de la noche del mundo.
Cuando un ser se encuentra con otro ser o, para decirlo de otro modo, cuando algo que existe se encuentra con otra cosa que existe, esto es anterior a que uno de estos dos ocupe la posición de sujeto y el otro la posición de objeto y, de algún modo para volver a las conjeturas iniciales, este parece ser el ámbito del sentido.
Tags: Fenomenología Martin Heidegger Natividad Navidad Portada








