Como se sabe, todo lo que nos parece feo a los seres humanos nos provoca una sensación de desagrado y/o de repugnancia. Sensación que nos impulsa a repudiarlo o rechazarlo, es decir, a apartarlo o a apartarnos de él lo más rápido posible para deshacernos de su desagradable y molesta presencia.
Y en términos generales lo que nos parece feo es todo lo que esté dañado, descompuesto o desintegrado por obra de procesos naturales o de nosotros mismos; todo lo que pierde su forma integrada por obra de la naturaleza o por obra de nuestras acciones. Así, entonces, cuando alguien realiza una mala acción, cuando le hace daño a otra persona privándola de algo que le pertenece como su dignidad personal, su integridad física, su libertad, sus bienes materiales o su vida, sentimos precisamente al verla una sensación de desagrado o repugnancia propia de lo feo; no solo porque esta acción lo despoja de una parte de sí que le pertenece sino porque daña la posible integración humana que debe existir entre quien la realiza y quien la sufre.
De tal manera que al ver a una persona realizar una mala, incorrecta o inmoral acción, sentimos esta sensación que nos lleva inevitablemente a rechazarla, es decir, a tratar de apartarla de nuestra vida. Y si somos nosotros los autores de una tal acción, se experimenta una sensación de desagrado con nosotros mismos, y que, por lo tanto, nos lleva también de la misma manera a rechazarla y desaprobarla. El sentimiento de culpa se constituye, entonces, en gran medida a partir de esta sensación de desagrado y malestar con nosotros mismos que nos invade cuando realizamos una mala acción.
Pero, así como todo lo feo nos produce una sensación de desagrado, todo lo bello, al contrario, nos despierta una sensación de placer, alegría y satisfacción. Esta es una sensación que nos impulsa a tratar de conservar ese algo bello que nos la produjo, a tratar de mantener presente su existencia ante nosotros. Y lo que nos parece bello es todo lo que conserva la integridad de sus elementos y partes constitutivas, todo lo que nos proyecte una forma completa y acabada. Por eso cuando vemos a una persona realizar una acción moralmente buena, como por ejemplo la de ayudar a una persona extraña que se encuentra en situación de gran precariedad económica y humana, la sentimos como una acción bella porque esta se integra con la persona que la recibe formando una totalidad completa y acabada, sentimos que esas dos personas se convierten en dos partes esenciales de unidad “perfecta” que se ha formado en virtud de esta acción. De ahí que en consecuencia sintamos el impulso de preservar en nuestro espíritu la imagen que recibimos de esa acción, es decir, de conservarla como una acción que debemos hacer nuestra, que debemos imitar para sentir de nuevo la emoción placentera de la belleza en nuestro interior. La misma emoción sentimos por supuesto cuando somos nosotros los que la realizamos.
Estas dos sensaciones que experimentamos son uno de los motivos más importantes que nos llevan a darnos de manera consciente la orden propiamente moral de prohibirnos obrar para hacerle daño a los demás o a tomar la decisión de ayudarlos en caso de que se encuentren en una situación de necesidad para que continúen adelante sus vidas. El deseo o interés original de apartar de nuestra vista y de nuestra vida todo lo que nos produce repulsión, todo lo que nos parece feo, es una razón primordial que nos conduce a mandarnos de manera consciente no realizar malos actos contra los demás. Y al mismo tiempo, el deseo o interés de preservar entre nosotros todo lo que nos agrada, todo lo que nos parece bello al proyectarnos una forma integrada y armónica, es una razón esencial que nos empuja ordenarnos también de modo consciente realizar buenas acciones de ayudar a quienes lo necesitan para conservar, ampliar y desarrollar sus vidas o apoyar a los que las realizan; el interés natural de no vivir esta experiencia que nos produce desagrado y repulsión, y el de, al contrario, vivir una y otra vez la que nos provoca agrado y satisfacción son dos factores sensibles que contribuyen a darnos un orden moral en nuestras vidas. De esta manera se forja una estrecha y profunda unidad y complementariedad entre, por una parte, lo feo y lo moralmente malo y, por otra, entre lo bello y lo moralmente bueno: toda acción moralmente mala la sentimos como fea y a su vez toda acción moralmente buena la sentimos como bella; y, al contrario, al sentir como fea una acción que vemos o realizamos es porque es moralmente mala; y al sentirla bella es porque es una acción moralmente buena. Ciertamente es posible que para unas personas no se cumpla esta especie de regla: que sientan como bella una acción moralmente mala y como fea una acción moralmente buena. Pero las personas que así lo sienten son excepciones que de alguna manera confirman esta regla y, además, necesariamente portadores de alguna deformación o patología mental.
Pero, además, al realizar una mala acción, al hacerle algún daño a otra persona, no solo la sentimos normalmente como fea sino nos convertimos en personas feas, así seamos bellas en nuestro aspecto físico exterior; entre mayor sea el número de malas y dañinas acciones que realicemos más marcado y permanente se hará este defecto de la fealdad en nuestra personalidad debido a que así desintegramos o dañamos nuestra interioridad espiritual. Y al revés, cuando realizamos buenas acciones nos volvemos personas bellas, así no lo seamos en nuestro aspecto físico; entre mayor sea el número de esas buenas acciones que llevamos a cabo, mayor y más profundo será el atributo de la belleza que adquirimos debido a la armonía y transparencia espiritual que alcanzamos.
De tal manera que nuestra verdadera y más profunda belleza o fealdad no depende tanto de nuestro aspecto físico sino sobre todo del carácter moral o inmoral de los actos que realicemos en nuestras vidas. Es el contenido inmoral de nuestros actos el que le da fealdad a nuestra persona; y, al contrario, el carácter moralmente válido de estos actos es el que nos proporciona el atributo esencial de la belleza. En este sentido tiene razón Platón cuando sostuvo que la belleza nos acerca a encontrar el bien ideal, que lo bello es una realidad fundamental que nos revela con claridad, que nos ilumina, la idea suprema del bien; y nos ilumina el bien porque, decimos nosotros, está presente en cada acción buena que realizamos.
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