Memorias y anécdotas: El día que Tito Monterroso no llegó a “El Establo”

El día señalado aparecieron más personas que  las convocadas; incluso algunas que nunca habían llegado.

Max Araujo

septiembre 7, 2025 - Actualizado septiembre 6, 2025

“El Establo”, un comedor, como los de barrio popular, lleno de aromas, alegrías, sueños y esperanzas, estuvo en el “El Patio”, en la zona 4 de la ciudad de Guatemala. Algo inusual para un edificio, de apenas tres niveles y  un sótano,  que nació con muchas pretensiones. Con una arquitectura inusual en la capital de la república, con un gran espacio en el medio, con corredores y terrazas que simulan alas de avión, en la que el reconocido ingeniero Juan José Hermosilla fue fundamental en su concepción. Esa venta de comida casera, que por el cariño de su dueña y de su personal, fue la sede de tertulias culturales, casi diarias, que surgieron en algún momento, sin que lo pretendiéramos, sino de casualidades. Las tuvimos con amigos durante varios años en  la década de los  noventa del siglo pasado. Ese lugar heredó su razón comercial de otro negocio, un bar con el mismo nombre, que años atrás estuvo en el segundo nivel del edificio.  El propietario de dicho bar le regaló o le vendió parte del mobiliario del negocio a doña Margarita, una empleada de su confianza, y le ayudó -así me lo comentaron- para que tomara en arrendamiento un local en el primer nivel para sus sueños de emprendedora. El  bar lo trasladó  a la avenida Reforma, y posteriormente a la Zona Viva, en la zona 10, donde estuvo varios años. Ya desapareció. Su razón, la construcción de un edificio donde se encontraba. Quimeras de una ciudad que en algunos sectores  pretende llegar al cielo. 

 Yo tuve en el  “El Patio”, de 1985 al 2015, mi bufete profesional. A dos cuadras de este edificio se encuentra la sede del Centro de Estudios Folklóricos de la Universidad de San Carlos “CEFOL”, en donde trabajaron, en esa época, entre otros intelectuales: Celso Lara, Carlos René García Escobar, Edgar Barillas y  Alfonso Arrivillaga; reconocidos antropólogos e historiadores. Muy cerca están también las torres del Banco Industrial, en donde había una agencia de publicidad en la que prestó servicios Luis Ortiz  Archila, cuentista,  pintor y gestor cultural.  Él fue creador de varias casas de cultura, y quien propuso que la plaza frente al Banco de Guatemala lleve el nombre de Carlos Mérida.

Calle de por medio con  “El Patio” se encuentra el edificio “El Triángulo”. En este último tuvo su oficina profesional, como abogado y notario, Luis Enrique Sam Colop.  En el mismo edificio de mi bufete tenía también el suyo Salvador Pérez García. Ambos complejos, situados en la séptima avenida de la zona cuatro, cuyo primer nivel está destinado a comercios y los siguientes  a oficinas, son iconos de la arquitectura urbana de la capital de los años setenta.

 El Patio debe su nombre a que  donde se construyó fue la parte trasera de la Casa Yurrita, en donde también se encuentra un templo católico muy conocido por su estilo ecléctico y recargado. En lo personal me gusta. He ido a varias misas al mismo.  El nombre de El Triángulo, para el otro edificio mencionado, porque fue construido en una franja de terreno que tiene una figura similar. En su último nivel está un pent house, elegante, que fue  vivienda del arquitecto que lo diseñó, de apellido Lacape.  Sufrí en 1976,  en su séptimo nivel, cuando trabajé con el Lic. Antonio González Orellana, hermano de Carlos, un famoso pedagogo guatemalteco, con los mismos apellidos, uno de los temblores posterremoto de ese año. No fue una experiencia agradable.

 En “El Establo” vi un par de veces a Ricardo Arjona tomando café, cuando todavía no era famoso. Llegaba  a un estudio de grabación en el que  hizo anuncios publicitarios. De este cantautor recordaba haberlo visto cuando en la clausura del  IV Congreso Internacional sobre la Protección de los Derechos Intelectuales, que se celebró en la ciudad de Guatemala en 1990, en nombre de los artistas nacionales entregó, para la clausura, un reconocimiento al Presidente Cerezo por el apoyo que dio para la realización de  dicho evento.

Entre otros asiduos al comedor indicado estuvo don Rolando Noriega, periodista,  esposo de Marina Coronado de Noriega. Ella dirigía el programa radial “De la olla y la sartén”. Mi madre era una de sus oyentes. Lo veía a él, en la misma mesa, con Miguel Ángel Ordoñez, su socio, quien también tuvo un programa de radio y en televisión con el nombre de “Deportito”, muy escuchado y visto en aquella época. Ellos tenían un estudio en El Patio. Los dos tomaban cerveza por lo menos una vez por semana en El Establo. No pasamos de los saludos. Otro visitante constante era uno de los encargados de la limpieza de los corredores del edificio. Lo veía pasar una y otra vez con su trapeador. Un dejo de tristeza le acompañaba, pero cuando se sentaba a tomar la taza de café, que le regalaba cada día la dueña del negocio, lo hacía con elegancia, como un caballero. Daba gusto verlo. Se tomaba varios minutos para degustar la bebida.  Fue uno de esos personajes que se quedan para siempre en la memoria de quienes le conocimos,

 A mi bufete llegaba casi todos los días Humberto Ak´abal. A las doce en punto nos dirigíamos a degustar nuestros alimentos.  La cercanía de lugares de trabajo  hizo que de lunes a viernes coincidiéramos en el mismo comedor varias personas, entre estos los antes mencionados,  por el bajo precio del valor de su comida y su accesibilidad. Como algo normal uníamos unas mesas para compartir esos momentos. Al enterarse otros amigos, – entre ellos William Lemus, Jorge Godínez, Ariel Montoya, Rafael Ruiloba, los últimos dos también escritores, de nacionalidades nicaragüense y panameña, respectivamente, que se presentaban como exiliados en Guatemala –   que en ese lugar se daban cita personas ligadas a la cultura, se incorporaron a las reuniones. En algunas ocasiones estuvieron presentes Víctor Muñoz,  Luis Alfredo Arango, Quique Noriega, Paco Morales Santos,  Juan Antonio Canel, Maco Quiroa, Mario Monteforte Toledo, Ali Chumacero, Manlio Argueta, José Roberto Cea, Roberto Sosa, y otros personajes del mundo de la literatura. Algunos llegaron de visita a Guatemala, y alguien los llevó para una sola vez. A medida que pasaron los días las reuniones comenzaron a tomar una dinámica no buscada, se discutía sobre libros y autores, se compartían chismes, surgieron textos polémicos, publicados en medios de comunicación, así como festivales y entidades como la Casa de Cultura del Centro Histórico, por medio de la cual convoqué para la  reunión de creación del Festival del Centro Histórico. La revista “Pedernal” de la Comunidad de Escritores fue otro de sus productos. En algunas ocasiones los encuentros, al calor de las cervezas, se alargaban hasta el atardecer. Pocas veces me quedé más de dos horas. Tenía compromisos que atender. En mis columnas “El ojo de Max Araujo” del diario La Hora, quedaron testimonios escritos de algunas de estas reuniones, así como de otros acontecimientos culturales de la época.

 Y sucedía que cada año, entrado noviembre, los trabajadores del CEFOL y de las otras entidades indicadas, entraban a su periodo de vacaciones laborales, las que duraban hasta dos meses y más. Un lujo que yo no me podía dar. Extrañaba entonces esas reuniones. Almorzar solo, o con una o dos personas, no tenía para mí el mismo significado, por ello se me ocurrió  a fines del año 1994, llamar por teléfono, a casi todos los habituales a nuestras reuniones en “El Establo”, y les informé que el 28 de diciembre,  llegaría a almorzar con nosotros Augusto Monterroso. La noticia se regó. Tito no había llegado a Guatemala desde 1954, cuando salió al exilio. Era un verdadero acontecimiento. Llegó posteriormente, por primera vez, en 1996, para el acto de la firma de la Paz, en 1997 cuando se le otorgó el Premio Nacional de Literatura y en 1999 para un Seminario Conmemorativo que organizó La Universidad Rafael Landívar, el Ministerio de Cultura y Deportes y otras entidades, por el centenario del nacimiento de Asturias y de Neruda.

 El día señalado aparecieron más personas que  las convocadas; incluso algunas que nunca habían llegado. Don Oscar de León Castillo se apersonó con una botella de wiski. Al ver tantos amigos y conocidos no me quedó más que decirles que era una broma por el día de los inocentes. Ese fue el pretexto para que, entre risas y burlas, casi nos quedáramos en celebración hasta entrada la noche. Quien ganó fue el negocio. Todo habría quedado ahí, como una fiesta de un grupo de amigos,  si no fuera porque Alfonso Enrique Barrientos, periodista y escritor, amigo desde joven de Monterroso, tuvo  la noticia de la llegada de este personaje, y sin haber estado en la reunión publicó en La Hora una crónica de ese evento. Su talento y creatividad se lo permitió.

 La no llegada de Monterroso se convirtió  en una noticia periodística. Varios conocidos me increparon del porqué no los había invitado.

 A veces la historia no es como se escribe.

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