Roma, Italia. Foto: Wikipedia
He visitado Italia tres veces. La primera visita se dio cuando en 1984 tomé una excursión de carácter religioso que una empresa de turismo organizó para Israel y Roma, con escalas en Madrid y Ginebra. El conductor de ese viaje fue mi amigo Ramón Adán Stürtze, sacerdote católico, escritor y columnista de prensa. En El Gráfico escribió bajo el nombre de Victor Pabsch. En esa ocasión, conocí en Israel los lugares sagrados para el cristianismo. Participé en las misas que ofició el padre Ramón y conocí sitios de Tel Aviv, Jerusalén, Belén y otras ciudades. Algunos de los compañeros de viaje fueron miembros activos de la asociación Módulos de Esperanza, fundada por dicho sacerdote; entidad de la que fui parte. La visita a Israel fue memorable. Al final de la estadía nos dieron certificados de peregrino.
Para viajar a ese país previamente lo hicimos de Madrid a Ginebra, en donde antes de abordar el avión para Tel Aviv, nos sujetamos a las medidas de seguridad correspondientes: parecidas a las implementadas después de los atentados a las torres gemelas de New York. Tuvimos tiempo de conocer algunos sitios de esa ciudad suiza, ya que estuvimos un día en la misma. Ya en el vuelo tuvimos el privilegio de ver en toda su magnitud el Mont Blanc. Pasamos por uno de sus costados.
De retorno de Israel llegamos a Roma. El objeto principal fue conocer El Vaticano. En esa oportunidad participamos en una misa que ofició el Papa Juan Pablo II en la Catedral de San Pedro. Cuando este pasó por el pasillo del medio, de sorpresa, le dio la mano a una de nuestras compañeras de viaje, a Mercedes López, actualmente una próspera empresaria. Ella había tenido esa experiencia similar cuando su Santidad estuvo en Guatemala la primera vez. Fue de los jóvenes que le dieron serenata frente a la sede de la Nunciatura. Conocimos en esa oportunidad la Capilla Sixtina y otro de sus museos, así como los restos de la antigua Roma, que se encuentran concentrados en un sector de esa ciudad, que son los más conocidos y visitados, entre estos el Coliseo, calzadas, fuentes, columnas. Y dado que en los tres días que estuvimos en esa ciudad tuvimos uno libre, tuve la oportunidad de moverme, solo, a mis anchas, a pie y en buses, por distintos lugares de la capital italiana. Ejercicio que he realizado en otras ciudades en las que he estado, lo que me ha permitido conocer lugares no turísticos pero importantes o emblemáticos para sus habitantes.
De regreso de Roma estuve varios días en el norte de España, acompañando al Padre Ramón. Conocí a parte de su familia y a muchos de sus amigos de juventud. Viajamos por Calahorra, Bilbao, San Sebastían, Oviedo, y muchos pueblos de las autonomías a las que pertenecen esas ciudades. Abundaron las comidas y las atenciones de muchas personas.
El siguiente viaje a Italia se me dio cuando en la primera década del siglo XXI la administración del Ministerio de Cultura y Deportes me nombró para que junto a Sergio Ericastilla, padre de Karla Ericastilla, exdirectora del Archivo General de Centroamérica, para que supervisáramos el embalaje de una estela maya que previamente se exhibió en un museo de París. La fundación francesa encargada de la exhibición de esa obra en Francia y en Italia pagó los pasajes de ida y vuelta. Dio los viáticos respectivos.
En esa estadía sucedieron varios hechos. El primero, cuando al llegar al aeropuerto de Roma tomamos, llevando nuestras valijas, un tren hacia la ciudad, y cuando descendimos en la estación respectiva, Sergio se dio cuenta que le robaron la cartera en la que llevaba dinero para gastos personales. Nos trasladarnos hacia el hotel que nos tenían reservado, sin conocer donde se encontraba, fue una odisea.
Supervisar el embalaje y levantar el acta respectiva fue un trabajo de una mañana, y siendo que nuestra estadía era de cinco días, decidimos con Ericastilla hacer turismo, por lo que al segundo día decidimos visitar algunos lugares de Roma y para los siguientes tomar excursiones, una para Florencia y la otra para Pompeya.
En Roma, visitamos la Iglesia de Santa María la Mayor, la Capilla Sixtina, la Plaza del Vaticano, la escalinata de la Plaza de España, la Fontana de Trevi, entre otros lugares. Sergio no cesó de tomar fotos. No narro más sobre los lugares de esa ciudad porque son muy conocidos para quienes leen esta estampa, hayan estado o no en Roma. Se ven en cualquier libro, promoción o anuncios sobre esa ciudad. Incluso en películas memorables.
El caso es que el primer día de nuestro tour por Roma en una de sus calles un grupo de gitanas, acompañadas de niños, nos hicieron una encerrona pidiéndonos dinero. No accedimos por la situación ya narrada de Sergio y porque yo apenas llevaba cien dólares en un solo billete y una tarjeta de crédito. A mediodía invité a mi acompañante a almorzar. Encontramos un restaurante con terraza hacia una calle, bastante acogedor. Pedimos sendas pizzas, muy sabrosas por cierto, y una cerveza para cada uno. Al momento de pagar la cuenta descubrí que una de las gitanas, sin darme cuenta, me sacó la cartera. Desapareció el dinero con el que pagaría la comida y mi tarjeta de crédito. Con mi chapurreado italiano le expliqué al dueño la situación. Este aceptó que le pagáramos otro día. Lo hicimos dos días después.
Después de este incidente nos dirigimos al hotel. Llamamos por teléfono a los representantes de la Fundación que nos llevó a Italia. Sergio, en inglés, les explicó lo sucedido. Los personeros nos entregaron a cada uno la cantidad que nos correspondía por viáticos, incluyendo lo que correspondía al pago del hotel. Fue una cantidad suficiente para nuestra estadía y para las excursiones que hicimos. La primera, en bus, a Florencia. Conocimos la Catedral di Santa María dei Fiore, con su gran cúpula, la plaza central, el puente viejo, dos museos, uno donde se encuentra la escultura de David, y otros lugares importantes. Recorrimos algunas calles, comimos y bebimos vino. La excursión nos satisfizo. El guía italiano nos contó que conocía Guatemala. Sus explicaciones fueron en español. Era un conocedor del arte florentino. Lo gracioso de esta excursión es que para evitar que me robaran nuevamente me puse los dólares, a excepción de unos cuantos, entre los calcetines, a manera de entresuela. El caso es que al atardecer cayó una lluvia, que dejó la plaza y las calles con agua, por lo que tuve que ir apresuradamente a un baño de un café a sacar el dinero. ¡Qué habría sucedido si si se mojan los billetes!
En la segunda excursión conocimos a vuelo de pájaro, de paso, la ciudad de Nápoles, porque los lugares de destino fueron Pompeya y Sorrento.
De Nápoles recuerdo que vimos un gran templo católico, su conocido golfo, una gran plaza y algunas calles características de esa ciudad, llenas de gente y con ropa tendida. Estas vistas confirmaron lo que ya había visto en películas de esa ciudad. Al estar ahí me recordé de la conocida expresión “vedi Napoli e poi mori”. De los puertos de esta ciudad salen los barcos que van a isla de Capri, de la que se hizo una canción famosa.
Muy cerca de Nápoles se encuentra la mítica ciudad de Pompeya, que quedó sepultada en el año 79 después de Cristo. Quedó tal como era bajo piedra pómez y ceniza que según dicen alcanzó seis metros de altura, que se endureció. Durante mucho tiempo esa ciudad estuvo oculta, hasta que en siglo XVIII comenzaron las excavaciones. La causa de la tragedia fue una erupción del volcan El Vesubio. En la visita se puede caminar por sus calles, entrar a algunas estancias para comercio o para servicios, ver objetos, murales. Es como volver en el tiempo. Siendo Sergio Ericastilla un arqueólogo, aquella ciudad no dejó de maravillarlo. Me explicaba, me repetía frases. Fue como un niño al que le dieron un regalo inesperado. Un guía de turismo nos llevaba y nos decía cosas en italiano. Mis estudios de italiano, que tuve a fines de los años sesenta, no fueron en vano. En la visita nos impresionaron los cuerpos y los lugares donde quedaron al momento de la tragedia, que con técnicas especiales parece ser que están íntegros, gracias a un plástico especial: Una madre abraza a su hija, un perro, un méndigo aprieta una bolsa, etc. Algunas personas se cubren el rostro con las manos.
Después del recorrido, al salir del sitio, entramos a una cafetería, pedimos una cerveza, pero lo que recuerdo con afecto es que dos músicos locales, morenos como somos la mayoría de guatemaltecos, con sus guitarras, cantaban en italiano una canción que en los setenta se conoció en Guatemala que decía “Marina, Marina, Marina, contigo me quiero casar…” Para ellos era “Marina, Marina, Marina, con te me voglio sposare…..”. Yo recordaba dicha canción porque una de mis vecinas, en mi niñez, casa de por medio, se llamaba Marina. Ella hacía el fugarón alto para la quema del diablo. Nos acompañaba a cortar zacate a donde ahora se encuentran centros comerciales como Tikal Futura, Miraflores, en la zona 11 y otros en la zona 7, en un radio máximo de un kilometro de donde vivíamos.
Para el almuerzo se nos llevó a Sorrento, un municipio situado en el Golfo de Nápoles, para ello tomamos una carretera angosta, que serpenteaba por acantilados, que nos dieron paisajes hermosos de mar y de montaña. A lo lejos se veía la Isla de Capri. Algunas casas parecían estar al borde de los precipicios, vimos abundancia de caletas, algunas con playas paradisiacas, así como cultivos de naranjales, olivos y limoneros. De muros caían cascadas de buganvilias. Al llegar al restaurante, el que los organizadores de la excursión nos ofrecieron, nos dimos cuenta que estábamos en alto, con una bahía muchos metros abajo, que tenia playa y barquitos de colores. Se repetían las casas dispuestas en lugares increíbles. Tomamos ahí el famoso licor “limoncello”.
Recuerdo que una noche antes del regreso a Guatemala contraté a un taxista para que, de madrugada, nos llevara al aeropuerto. No sabía que un encargado del hotel, por instrucciones de los personeros de la fundación que nos llevó, también pidió un taxi para el traslado. Ya de salida el taxista que yo había contratado comenzó a reclamarme con palabras fuertes y a gesticular. Tranquilamente le pregunté cuando costaba el viaje y le pagué inmediatamente. Se quedó mudo. Otra noche de nuestra estadía cenando en restaurante cercano el propietario, que hacía de camarero, con su típica gabacha, nos preguntó de donde éramos. Al explicarle se sentó con nosotros, nos invitó a una botella de vino y nos dio a probar otros platos distintos, al que habíamos pedido. El comentario de Sergio, en tono de broma, fue “vos te crees otro italiano entre ellos, hasta las manos movés”.
El viaje más reciente a Italia, fue en 2018, para una de las reuniones del Comité 17 de Octubre. De Francia, donde estuvimos previamente, en la sede de Cuarto Mundo, viajamos a Italia. Nos hospedamos en el hotel de un Convento de monjas, en los alrededores de Roma. Después de los días de trabajo pasamos uno en dicha ciudad, recorriendo algunos lugares. El almuerzo lo hicimos en un restaurante cercano al Coliseo. No me gustó la pizza que pedí. Ese día tuvimos una reunión con una representante de la municipalidad de la ciudad, por lo que estuvimos en el palacio respectivo. Fuimos también a la Basílica de San Juan de Letrán, en donde, en su plazoleta de ingreso, se encuentra una de las réplicas de la placa que Cuarto Mundo puso en 1984 en la Plaza Trocadero de París. La basílica mencionada es la Catedral de la diócesis de Roma y la sede episcopal del Papa. Es considerada la iglesia católica más antigua del mundo y es una de las cuatro basílicas papales de Roma.
Terminamos la jornada escuchando un coro, que en un templo católico nos ofrecieron a los miembros del Comité, entre ellos a Carolina Escobar Sarti, destacada intelectual guatemalteca, a quien admiro y respeto, no solo por su calidad humana sino también por su valentía.
Las estadías en Italia me recordaron mis años en el Instituto Italiano de Cultura, en donde aprendí mucho de su cultura. Hace años fui reconocido como uno de sus exalumnos.
Recordar es vivir.
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