Memorias y anécdotas: De mi participación para la emisión de la Convención de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial en la UNESCO

Esta convención, al igual que la de Fomento y Promoción de la Diversidad Cultural, son importantes para la salvaguardia de patrimonios culturales inmateriales y para el reconocimiento de la diversidad cultural.

Max Araujo

febrero 15, 2026 - Actualizado febrero 12, 2026

A inicios del presente siglo fui uno de los asesores de Otilia Lux de Cotí, ex ministra de Cultura y Deportes. Por designación de ella me tocó coordinar y participar en los análisis que al interno del Ministerio se hicieron del documento que la UNESCO envió sobre el contenido de un proyecto para la Convención sobre la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial.

Meses después cuando el Comité Jurídico de dicho organismo internacional celebró una reunión en su sede principal, en París, para analizar el proyecto final para la Convención indicada, esto en 2001, la licenciada Cotí me nombró para que en representación del Ministerio de Cultura y Deportes asistiera a la misma. Para esa misma reunión el Ministerio de Educación nombró al jefe de su asesoría jurídica, de apellido Franco, poco conocedor de esos temas. Estuvimos cuatro días: dos en reuniones del mencionado Comité. Uno de los asuntos en los que más se insistió fue en que toda expresión cultural tradicional que atente contra derechos humanos no solo no debe ser promovida, sino que además debía ser erradicada en los Estados Parte.  En esa oportunidad nos atendió una funcionaria de la embajada de Guatemala en Francia, concurrente ante la Unesco, y Juan Mendoza, un intelectual guatemalteco residente en París.

Acepté en esa ocasión una invitación de los encargados de la oficina del Patrimonio Mundial, en la que me manifestaron su desagrado por una denuncia que recibieron, por algunos trabajos que se “harían” en La Antigua Guatemala, que atentarían contra la conservación de la ciudad. Estos consistan en una intervención del edificio de la Catedral, la construcción de un centro comercial en el sector de La Pólvora y la reconstrucción del edificio de la Compañía de Jesús, hoy Centro de la Cooperación Española. Les expliqué lo que sabía de esos trabajos. Ellos me solicitaron la autorización para una misión de verificación. Les respondí que no tenía facultades para hacerlo, pero que lo pondría en conocimiento de la Ministra, lo que sucedió a mi retorno. La licenciada de Coti mandó una nota solicitando una misión, la que meses después arribó a Guatemala. Una experta cubana fue la única integrante. El resultado fue positivo para el país pues se desvanecieron los hechos denunciados ante la UNESCO. Lamentablemente en años recientes si se han realizado trabajos que sí pueden calificarse como dañinos para la conservación y autenticidad de la ciudad y de sus áreas de influencia.

En mi estadía en París me encontré con Eraclio Zepeda, escritor, embajador, en ese entonces, de México ante la Unesco. Me solicitó que Guatemala apoyara la solicitud que su país presentaría para que la marimba fuera declarada “Obra maestra de la humanidad”. En esos años, cuando aún no se había emitido la Convención, se hicieron declaraciones en esa categoría, que posteriormente al emitirse el mencionado instrumento internacional automáticamente se convirtieron en patrimonio cultural inmaterial. Le trasladé también a la ministra, a mi retorno, la solicitud de Zepeda. La ministra mandó una nota apoyando esa iniciativa. Nadie nos dijo que Honduras y Belice estaban promoviendo la declaratoria de las expresiones de la cultura garífuna. El resultado fue que la propuesta de la marimba no fue aceptada, por razones que nos explicó el Director General de la Unesco, de esos años, en una visita posterior que hizo a Guatemala. Si fue aceptada la declaratoria de las expresiones de la cultura garífuna. En la misma se incluyó a las expresiones de ese pueblo de las personas originarias de Guatemala.

Cuando la Convención se presentó a la Asamblea General de UNESCO, en 2003, fui parte de la delegación oficial que presidió Otilia Lux, como ministra de Cultura y Deportes. Otra persona fue Cecilia Skineer Klee. A nuestra llegada al aeropuerto nos esperaba un piloto de la Embajada de Guatemala en Francia, quien nos llevó directamente a la tumba de Miguel Ángel Asturias, situada en el cementerio de Pere Lechase, ya que por ser el 19 de octubre su cumpleaños, se celebraba un acto protocolario. En ese lugar encontramos al embajador de apellidos Pallarés Buonafina.  Posteriormente, junto a su esposa, nos invitaron a cenar en su residencia.

Durante nuestra estadía con Otilia y Cecilia asistimos  a la Saint Chapelle a escuchar un concierto dado por un cantante muy reconocido, que tenía una voz como la que en siglos anteriores tenían los “castrati”, quienes, de acuerdo con un texto que encontré en un portal de internet esa voz “se conseguía  castrando a  los niños que habían demostrado tener especiales dotes para el canto para que mantuvieran, de adultos, una tesitura aguda capaz de interpretar voces características de papeles femeninos. De este modo se lograba aunar la aguda voz infantil, considerada tierna y emocional, con las cualidades de un intérprete adulto que un niño difícilmente podía igualar: mayor potencia pulmonar, pleno dominio de la voz y la sabiduría propia de la edad”. Fue Cecilia quien consiguió las entradas. Ella habla perfecto francés. Vivió por años en Francia.

Otra de las noches de esa estancia una señora de nacionalidad francesa nos invitó a visitar su apartamento, ubicado en el corazón de París. Entre sus colecciones de pintura nos indicó que tenía “un Tucux”, – una pintura de Daniel, de ese apellido-, que había adquirido en un viaje que hizo a Guatemala. Ya en nuestro país le conté a Luis, uno de sus hermanos, quién trabajaba en el ministerio. Estaba presente en ese momento otro compañero, que se caracterizaba por ser bromista, originario de Quezaltenango, con muy buena formación académica, quien preguntó: ¿Y qué dijo la licenciada de Cotí?. Y como mi respuesta no le satisfizo dijo sonriendo “yo le habría dicho: usted presumiendo de un Tucux, pero yo tengo uno en el Ministerio vivito y a todo color”. Lo que provocó una carcajada de todos los presentes.

El caso es que la ministra de Cultura tuvo que regresar a Guatemala, y yo me quedé  asistiendo a las reuniones de la asamblea General. En una ocasión tuve un encuentro con Amos Segala, quien me invitó a cenar. Deseaba que Guatemala continuara apoyando el proyecto de la colección “Archivos”, que tuvo su origen en los documentos que Asturias dejó en la Unesco. Él fue asistente de nuestro premio Nobel en sus últimos años. “La colección Archivos” fue un proyecto hermoso, que se plasmó en la publicación de  obras de autores hispanoamericanos, con estudios introductorios de especialistas. En otras noches me reuní con los escritores Marlon Meza Tení, guatemalteco, y con Efer Arocha, colombiano

En esa visita también nos atendieron dos jóvenes funcionarios de la embajada, Uno de ellos Pablo Arenales, quien nos llevó, juntamente con Otilia, a ver “La Opera” una clase de máscaras que impartía el reconocido actor guatemalteco Mario González. Cuando ya la ministra había regresado Pablo me llevó, con Marlon Meza, al estudio del pintor Jacobo Rodríguez Padilla, ya fallecido,    ubicado en la parte alta de un edificio. El gobierno francés se le dio como un reconocimiento a su calidad artística para que viviera sus últimos años de vida. Lo visité en ocasiones posteriores, incluso en una de ellas fuimos a un bistró a tomar unas cervezas. Era fascinante escuchar de sus recuerdos y de sus historias

El día de la votación para la aprobación de la Convención el embajador Pallarés me dijo: “Atendé vos la reunión de cultura, yo voy a atender otra”, por lo que  emití el voto de Guatemala”. Atendiendo las instrucciones que se nos había dado, llegado el momento, encendí el micrófono  y con voz emocionada pronuncié “Guatemala vota a favor de la Convención”. Sumados los votos el Presidente de la reunión anunció “Queda aprobada la Convención”.

Dos años después de emitida la Convención recibí una invitación de la UNESCO para que asistiera a una reunión que se celebró en Brasil, en la colonial y turística ciudad de Paraty, que fue un enclave importante durante la colonización portuguesa. Fue una puerta de entrada de esclavos traídos de Africa. Está situada en una bahía, entre San Paulo y Rio de Janeiro.  No sabía del motivo de dicha reunión. Estando ahí me enteré.

Mi viaje, pagado por la Unesco, se hizo con una escala en el aeropuerto de Nueva York.  Apenas llegué a tiempo para el cambio de avión. No pude sacar mi maleta. Al llegar al aeropuerto de San Paulo lo hice sin mi equipaje. Lo comuniqué a quienes me invitaron. El caso es que tuve que comprar de manera urgente una playera. El día de la inauguración del evento, mientras todos vestían ropa apropiada, yo me presenté con la playera. Tenía al frente una palabra que decía “Brasil”.  Mi equipaje llegó a los dos días de mi arribo a Parata.

Parte de lo que narro a continuación lo conté en una entrevista que se me hizo por una reportera del diario Siglo 21. Tuvo que ser en 2005 o en 2006. En una hemeroteca se puede ver la entrevista.

La reunión de la UNESCO se convocó para hacernos conciencia a los asistentes, representantes de distintos países, de la necesidad de que la Convención entrara en vigencia lo más pronto posible. Solicitaron la colaboración de cada uno para incidir ante las autoridades respectivas. En una de las sesiones nos pidieron que cada uno explicara sobre la legislación cultural de sus países. Ninguno iba preparado. Nos tomó de sorpresa dicha petición. Cada expositor tuvo veinte minutos como máximo para hablar. Mis antecesores lo hicieron en poco tiempo.

Cuando tocó mi turno comencé a explicar de nuestra legislación. De repente me hicieron señas que debía terminar. El representante de España pidió entonces que se me permitiera seguir hablando, porque indicó que era increíble que un país como Guatemala tuviera tanta legislación cultural. Por lo que seguí explicando durante quince minutos más. El caso es que hacía poco yo había preparado material para un taller de legislación cultural, que Beatriz Quevedo me solicitó para la Asociación de Museos de Guatemala. Lo impartí durante dos horas, cada vez, por varios sábados, en el Museo de Arte Moderno de Guatemala. Tenía en mi memoria un conocimiento que otros asistentes no tenían para la reunión. Probablemente otro de los países  tenía una igual o mejor legislación cultural, pero su representante no lo sabía.

El material que yo había recopilado sirvió para la publicación, en marzo del 2006, por el Ministerio de Cultura y Deportes, de la primera edición de un breviario de legislación cultural, que fue parte del proyecto “Universalización de la Educación Básica BIRF 7051-Gu”, financiado por el Banco Mundial.

La estadía en Paraty fue muy agradable. Tuvimos un recorrido turístico que nos hicieron por varios lugares de la ciudad. Escuchamos de casualidad dos conciertos de música brasileña. Uno de ellos, en una cabaña a la orilla del mar, un músico ciego, de ascendencia africana, tocaba su guitarra y cantaba. El otro concierto fue por un conjunto musical en un bar-restaurante.

Dado el compromiso que adquirimos en la reunión, al retornar a Guatemala solicité una audiencia con Oliverio García Rodas, en ese año, vicepresidente del Congreso de la República. A él lo conocí desde que coincidimos en el Juzgado Séptimo de Primera Instancia Civil, a mediados de los años setenta, él como secretario y yo como pasante.

El día de la audiencia me acompaño José Luis Castillo encargado de la oficina de Cooperación Nacional e Internacional del Ministerio de Cultura y Deportes. En su momento le expliqué a Oliverio de la importancia de ratificar la Convención. Me entendió, llamó a un asistente.  En nuestra presencia le indicó que pusiera el expediente de ratificación de la Convención en la carpeta de asuntos urgentes. Meses después   el Congreso emitió el Decreto 25-2006 por el que Guatemala ratificó la convención. Emitido el Decreto este siguió su trámite ante la Presidencia de la Republica y posteriormente el depósito que nuestro país hizo ante la UNESCO.

Esta convención, al igual que la de Fomento y Promoción de la Diversidad Cultural, son importantes para la salvaguardia de patrimonios culturales inmateriales y para el reconocimiento de la diversidad cultural. De la segunda hay una anécdota muy especial, pues dada la importancia de la misma, el exviceministro de Cultura Enrique Matheu convenció al exvicepresidente Eduardo Stein para que encabezara la delegación oficial de UNESCO para la Asamblea General del año 2005. El doctor Stein no solo aceptó, sino que, en su discurso, sin que todavía entrara a discusión la aprobación de la Convención, indicó que Guatemala daría su voto para la misma. Un hecho valioso y simbólico, que fue reconocido por distintas delegaciones.

Esta Convención es  ascendiente directa para la Carta Cultural Iberoamericana, aprobada en 2006, en Montevideo, en una Cumbre de Presidentes y Jefes de Estado de Iberoamérica,  que a su vez sirvió para que se creara, en sendas reuniones de la CEEC/ SICA  de Presidentes y de Ministros de Cultura de Centroamérica,  la Política Cultural de Integración centroamericana. Ambos instrumentos han generado programas y proyectos para la salvaguarda de patrimonios culturales de las regiones, algunos aprobados en Cumbres y Reuniones de Presidentes, Jefes de Estado, y Ministros de Cultura de las regiones. Entre los más conocidos los programas IBER y otros que se coordinan por la SEGIB y por la secretaría de la CEEC/ SICA.

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