La primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia se celebró el domingo 31 de mayo, y el más votado fue el abogado ultraderechista Abelardo de la Espriella. Obtuvo 43,72 por ciento, más de 10,3 millones de votos, y superó por unos 660 mil sufragios a Iván Cepeda, el candidato del Pacto Histórico con quien disputará la segunda vuelta el 21 de junio. Hasta hace pocas semanas, Cepeda era el favorito.
No fue el desplome de la izquierda que algunos anunciaban. La participación llegó al 57,6 por ciento, la más alta en una primera vuelta desde al menos 1990. Cepeda sacó más de 9,6 millones de votos: la cifra más alta que la izquierda colombiana haya obtenido nunca en una primera vuelta, por encima incluso de Gustavo Petro en 2022. De la Espriella ganó por menos de tres puntos. El país no se volcó hacia la derecha; quedó partido casi en dos.


Y este voto por ‘Abelardo’ no es, o no solo, la derecha clásica colombiana. De la Espriella devoró al uribismo tradicional; arrasó sobre la senadora Paloma Valencia, que tenía el aparato y los aliados del Centro Democrático y quedó tercera. Pero su caudal viene creciendo desde 2022 y se explica por una fusión. En aquel año la derecha llegó dividida: Federico Gutiérrez sumó cerca de 5 millones de votos por la derecha de clase alta y Rodolfo Hernández casi 6 millones con un discurso antipolítico y antisistema. Juntos rondaban el 52%, más que Petro. De la Espriella unió por fin a esas dos derechas, la acomodada y la popular. No heredó una maquinaria de partido: heredó un electorado que ya existía y que nadie había logrado juntar. Luego de la primera vuelta, la uribista Valencia pidió apoyar a de la Espriella para «derrotar a Cepeda».
Lo consiguió con dos mensajes. El primero es el de supuesto outsider que demuestra que se puede llegar a ser élite: un abogado millonario que ofrece ascenso social sin redistribución, el atajo para quien rechaza lo que cuesta repartir. EAl segundo es la seguridad, y ahí el terreno se lo abonó el propio gobierno. La promesa de la Paz Total se deshizo en una violencia que asusta a la clase media y alta: más de 40 mil homicidios en el trienio de Petro, un pico entre agosto de 2024 y agosto de 2025 con un asesinato cada 39 minutos, el nivel más alto desde 2014. La extorsión está desbordada y hay grupos armados que crecieron un 45 por ciento desde 2022; solo el Clan del Golfo pasó de 4 mil a 10 mil integrantes. El deterioro venía desde Iván Duque, pero la Paz Total no lo frenó. En ese miedo, un candidato que promete mano dura se vuelve atractivo.
El avance de la Espriella, además, se inscribe en la derechización de América Latina, y no de manera abstracta. Dos días después de la primera vuelta, Donald Trump le dio en Truth Social su «respaldo completo y total», lo llamó por su apodo —«El Tigre (The Tiger)»— y describió a Cepeda como un «marxista de izquierda radical». En el mismo mensaje advirtió que los resultados eran decisivos para «la relación con los Estados Unidos»: una intromisión que condiciona el vínculo bilateral al voto colombiano, como ya hizo antes en Honduras. Javier Milei lo felicitó la misma noche del domingo con un «la libertad avanza». El presidente ecuatoriano Daniel Noboa eliminó aranceles a Colombia tras una conversación con el candidato. El senador estadounidense Bernie Moreno, nacido en Colombia, hizo campaña en el país y prometió volver para el balotaje. Milei eligió el león como símbolo; de la Espriella, el tigre. Dos felinos de la misma camada continental.

El programa de ‘Abelardo’ sintetiza fenómenos que ya existen en otros países latinoamericanos. Promete recortar el Estado en un 40 %, unos 700.000 empleos, según la congresista María del Mar Pizarro, pasar «la motosierra» de Milei y gobernar a golpe de decretos. Plantea siete megacárceles con el modelo de Nayib Bukele, cerrar la Jurisdicción Especial para la Paz, enterrar la Paz Total bajo la consigna de que «la paz no se negocia» y «recuperar el territorio nacional» en noventa días. Militarización, austeridad y tijera sobre el poco Estado de bienestar que existe en Colombia.
«¿Qué le hace una raya más al tigre?» es un refrán popular que el novelista Pedro Gómez Valderrama lo recogió en el título de su novela de 1977, La otra raya del tigre, que ironiza sobre el inconveniente que ya no cambia nada: una raya más pasa inadvertida. Con de la Espriella ocurre algo peor. Cada falta acumulada, en vez de restarle, parece sumarle. Un carácter problemático, conexiones políticas oscuras, un pasado profesional turbio: nada de eso lo frena. Con El Tigre, cada escándalo desaparece en el patrón acumulado.
El 11 de mayo, en el programa digital Piso 8, de la Espriella mostró una foto suya, dijo que le había ganado votos del electorado femenino y le pidió a la periodista Laura Rodríguez, la única mujer entre cuatro entrevistadores, que hiciera zoom sobre su entrepierna: «¿Qué ves aquí, cariño? Ven, acércalo, hazle zoom». El 2 de junio, una jueza de Bogotá le ordenó retractarse y disculparse en 48 horas. Días antes había tratado de «ignorante» a la presentadora de Noticias Caracol, María Lucía Fernández. Hasta Álvaro Uribe le exigió pedir perdón.
El recurso es siempre el mismo. En una entrevista de 2014 contó, entre risas, que de niño quemaba gatos con pólvora —«era terrible, pero me divertía»—. Hoy lo despacha como «una muy mala broma», exactamente la misma defensa con la que cerró lo de Piso 8. Lo que para cualquiera sería un agravante, él lo convierte en anécdota.
Como abogado penalista, de la Espriella construyó su fortuna defendiendo a la peor gente del país. Empezó a los 23 años como abogado de los paramilitares en Santa Fe de Ralito. Su amigo de infancia, el excomandante de las AUC Salvatore Mancuso, que confesó al menos 300 asesinatos y en enero fue condenado a 40 años por 117 crímenes contra el pueblo wayúu, lo describió como conocido «desde chiquitos». Defendió a Alex Saab, señalado testaferro de Nicolás Maduro; al clan Nule del carrusel de la contratación; a David Murcia Guzmán, de la pirámide DMG; y a parapolíticos luego condenados por sus nexos con las AUC. A la prensa que investiga todo esto la combate por otra vía: según La Silla Vacía, tiene demandas abiertas contra más de veinte periodistas por injuria y calumnia. Un presidente que ya ha denunciado a quienes lo incomodan es una promesa de lo que haría desde la Casa de Nariño.
El mapa del voto desmiente además su imagen de outsider del pueblo. En Bogotá, de la Espriella arrasó en los estratos altos: 60 % en el estrato 6, 56 % en el 5. Mientras, Cepeda ganó los estratos 1 y 2 y las zonas rurales con márgenes parecidos. Geográficamente, Cepeda se impuso en la mayor parte del país como en la periferia, el Pacífico, la Amazonía, buena parte del Caribe, y de la Espriella en el centro andino más próspero.

La otra mitad del mapa explica cómo creció El Tigre. Cepeda obtuvo la votación más alta de la izquierda colombiana y mejoró frente a Petro en 909 municipios, sobre todo en el Caribe, Antioquia y Santander. Pero retrocedió en las ciudades intermedias que ponen los votos, como Cali, Barranquilla, Pereira, Pasto, Popayán; y en la propia Bogotá, donde la izquierda cayó del 63% de Petro al 57%.
Ese retroceso puede atribuirse a desaciertos de la administración saliente. La reforma a la salud se hundió en el Congreso y el gobierno la sacó por decreto; las cortes le tumbaron los decretos, y hoy ocho EPS intervenidas dejan a más de 20 millones de afiliados en la incertidumbre. La Asamblea Nacional Constituyente, el caballito de batalla con que la derecha pintó a Petro de autoritario, se desmontó apenas el 3 de junio, en plena campaña, en un gesto que media Colombia leyó como oportunismo: el propio plan de gobierno de Cepeda menciona el «poder constituyente» veintitrés veces.

Decir que de la Espriella es un híbrido de Bukele, Milei y Trump no es una metáfora: es la descripción de su programa y de su red. Las megacárceles son de Bukele. La motosierra contra el Estado es de Milei. La bendición y la amenaza de condicionar la relación bilateral es de Trump. De la Espriella no es un accidente colombiano aislado, sino un nodo más de una internacional ultraderechista que ya metió la mano en estas elecciones y que espera cobrarla el 21 de junio.
Por eso hay que desarmar el otro relato, el de la falsa equivalencia: que Cepeda y de la Espriella son «lo mismo», dos extremos que se tocan. Es, como mínimo, mentir. Lo que el voto dibujó son dos bloques opuestos, no dos caras de la misma moneda. Y la diferencia de fondo es de biografía. Cepeda lleva veinticinco años defendiendo a las víctimas de las masacres paramilitares y fundó el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado; su padre, el senador de la Unión Patriótica Manuel Cepeda, fue asesinado en 1994 por agentes del Estado en complicidad con paramilitares, un crimen por el que Colombia fue condenada internacionalmente. De la Espriella hizo carrera defendiendo a los autores de esas masacres, Mancuso incluido. Uno defendió a las víctimas; el otro, a quienes las produjeron. Igualarlos no es un atajo retórico: invierte al asesino y al asesinado. De la Espriella es muy peligroso; su programa, su red y su trayectoria lo prueban.
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