El hombre que camina, de Alberto Giacometti.
La escultura El caminante que creó August Rodin en 1907 es una especie de “copia”, o mejor, recreación, de las esculturas clásicas antiguas que con el paso del tiempo se han deteriorado y semi-destruido; de esas esculturas de las que algunas de sus partes se han perdido y destruido para siempre, y de las que solo son tales porque conservan otras. Por eso, esta “recreación” es un tributo y un homenaje a esas obras de arte “dañadas” por el poder inexorable del tiempo que han logrado, a pesar de él, mantener partes significativas de sí mismas.

Pero, además, es una manera de probar, como él mismo dijo con razón, que estas esculturas semi-destruidas no han perdido toda la belleza y esplendor que adquirieron en el momento que fueron creadas. Esto es así porque cada parte conservada de cada escultura conserva y proyecta la imagen de la belleza que tenía originalmente toda la escultura; en esas partes se refleja la belleza armónica que tenía en su totalidad, y al mismo tiempo, la proyecta de tal modo que todos los que la contemplan hoy o contemplarán mañana la pueden y podrán ver y percibir con claridad. La belleza armónica original de esa obra arte semi-desintegrada se preserva en cada una de sus partes y fragmentos que han sobrevivido al poder del tiempo.
De tal modo, que estas obras de arte muestran el poder del tiempo que en principio aniquila y destruye todo lo que existe, es vencido por la belleza que estas obras encarnan y representan; es un poder que se muestra incapaz, a pesar de su poderío inexorable, de destruir la belleza auténtica de una obra de arte, mientras subsista, algún fragmento físico suyo por más pequeño que sea. La belleza que las obras de arte encarnan y ponen de manifiesto es superior al poder del tiempo.
Pero, esta ley no solo vale para las obras de arte, sino también para todos los entes de la naturaleza y para los seres humanos. Si un cuerpo u objeto natural o un ser humano es bello desde su origen lo seguirá siendo hasta su desaparición física, así se haya naturalmente deteriorado, desgajado o parcialmente desintegrado por obra del paso del tiempo. Pues, les ocurre lo mismo que a toda obra de arte: conservarán las huellas de su belleza natural original en todos y cada uno de los fragmentos o partes que quedan de él. Mientras subsistan, guardarán en sí mismos las huellas y trazos de la belleza armónica, que alguna vez en el pasado tuvieron.
Alberto Giacometti, quien fue un admirador y estudioso de la obra escultórica de Rodin, esculpió la escultura El hombre que camina en 1960, como parte del encargo que le hizo el banco Chase Manhattan de Nueva York. Y, la creó, tal vez, pensando en la escultura El caminante de Rodin con el propósito de mostrar el otro lado, el lado opuesto, de la existencia de todo ser humano que vive, que camina por el tiempo en el curso de su vida: el de quien comienza a vivir firmemente atado a la tierra, a pesar de su natural fragilidad y vulnerabilidad, para abrirse paso con energía y decisión a través de todos los obstáculos y dificultades que le esperan. Su cuerpo integrado, delgado y alargado no es solo una gran expresión de su estilo artístico más propio y característico, sino también, la imagen de un ser humano cuyo cuerpo no está aún deteriorado y resquebrajado por el paso inexorable del tiempo, como lo muestra la escultura de Rodin, sino de un hombre que marcha con paso firme, y, con una mirada fija en el porvenir, dispuesto a asumirlo y enfrentarlo sin temor.

Jean Paul Sartre, amigo suyo y admirador de su obra dijo que su obra “Está situada entre el ser y la nada”. Apreciación especialmente válida para esta escultura, que muestra a un hombre pleno de Ser que está dispuesto a vivir, a caminar por el sendero de su vida, realizándola. Pero, como sabe que ese sendero tiene un fin cuando muera, la nada o su no ser aparecerá en ese momento de manera clara y contundente. Y, a pesar de que sabe su final mortal, comienza a caminar con decisión y firmeza abriendo el sendero de su vida, porque también sabe bien, que, al abrirlo y recorrerlo, tendrá la posibilidad de realizar su vida en función de los objetivos que se da de manera libre y consciente. Por eso, el camino de la vida de cada ser humano, lo forja guiado por los objetivos o proyectos que se da. El camino de su vida no existe previamente, no está trazado con anticipación. Sino, al contrario, lo va haciendo en la medida que camina, es decir, que realiza su vida en el curso del tiempo, guiado por los objetivos que se ha dado.
Sin embargo, esto solo vale para los seres humanos libres. Pues, los que no lo son, los que carecen de libertad, no pueden hacer o trazar el camino de sus vidas, es decir, no las pueden realizar en el tiempo, porque no pueden definir o darse por sí mismos, en función de sus intereses o de su voluntad, las planes y objetivos que la orienten. Al contrario, el camino que siguen en sus vidas se lo trazan otros, los que los dominan y oprimen, y, que, por esta razón, se ven obligados a recorrer.
Este rasgo esencial de la vida de los hombres y mujeres libres la comprendió muy bien el poeta español republicano Antonio Machado, quien murió en Francia en 1939, pocos meses después de haber abandonado su querido país, huyendo de la persecución de las hordas franquistas que estaban triunfando en la guerra civil. Comprensión, que expresó con hondura y belleza en este famoso poema Caminante no hay camino, al que Joan Manuel Serrat le compuso una melodía musical:
“Caminante, son tus huellas el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar”.
Poema, que nos dice, además, algo igualmente significativo: que cada ser humano al hacer el camino de su vida viviendo, o mejor, tratando de realizar los proyectos que se ha dado, no puede volver a recorrerlo porque quedó anclado definitivamente en el pasado. De esa vida pasada que ha realizado trazando el sendero de su vida, solo le quedan sus huellas conservadas en su memoria por los recuerdos. O, lo que es lo mismo, quedan solo los recuerdos de sus vivencias pasadas, de los acontecimientos en que participó, de las acciones que realizó o de los hechos u obras sociales, políticas o culturales que creó. Pues, aunque vuelve una y otra vez a vivir las mismas experiencias, a realizar las mismas acciones o crear las mismas obras, nunca serán en realidad las mismas, serán siempre diferentes en uno u otro aspecto. Y, esta diferencia es la que le impide vivir y hacer de nuevo exactamente lo mismo que ha vivido y hecho en el pasado, es decir, volver hacia atrás a recorrer el mismo camino que hizo guiado por los objetivos que se dio.
El artista suizo Giuliano Pedretti, amigo, colega y compatriota de Giacometti, creó la escultura El hombre y su sombra, en la que vemos a un hombre caminando por un sendero, el sendero de su vida, seguido por una larga sombra de su cuerpo hecha con las hojas caídas de plantas y árboles. Sombra, hecha de hojas vegetales y por la luz del sol que lo ilumina de frente cada día, y, en donde se imprimen las huellas que sus pasos van dejando al caminar, formando el sendero de su vida. Para Platón, sin embargo, la luz del sol simboliza algo distinto, el conocimiento o la consciencia clara de los hombres sobre el ser de sí mismos y de las cosas del mundo, y que, adquieren cuando logran liberarse de las cadenas que los tienen atados a ver a las sombras de sus cuerpos, es decir, sus apariencias superficiales y engañosas de sí mismos y, por lo tanto, del mundo exterior, como lo expuso en su célebre alegoría de la caverna contenido en su libro-diálogo La república. No es la luz que ilumina el camino de la vida de los seres humanos, sino, la que representa los conocimientos que adquieren de sí mismos y del mundo.
Pero, además, para Pedretti, las sombras de los cuerpos de los seres humanos también se diferencian del significado que le da Platón en el hecho de que se forman en el transcurrir diario como seres libres. No son hombres condenados a ver siempre las sombras de sí mismos, de sus cuerpos por estar atados y quietos en un lugar semi-oscuro, sino hombres libres que trazan el camino de sus vidas. Por eso, esas huellas impresas en la sombra de sus cuerpos que los siguen sin descanso y sin pausa durante el día, son los recuerdos conscientes e inconscientes, de lo que han vivido y realizado en el pasado. Son las huellas en sus mentes que han dejado los pasos que ha dado al caminar, y, que los siguen mientras sigan caminando, mientras sigan viviendo. Ellas hacen que el pasado se haga presente en sus vidas, pero de una manera diferente, como recuerdos de lo que han vivido o hecho en ese pasado. Pues, ese pasado vivido y realizado, ese camino ya recorrido, nunca lo podrán volver a recorrer en la realidad. Solo, lo podrán volver a transitar de nuevo a través de los recuerdos o huellas mentales que les han quedado en su memoria.
Por eso, solo los seres humanos libres pueden conocer tal como es la realidad de sí mismos y del mundo, como comprendió muy bien Platón, hace casi 25 siglos. Y, también solo ellos, pueden trazar el camino de sus vidas en función de los objetivos que se dan, como nos lo recuerda esta valiosa escultura del artista suizo.
Federico Nietzsche, en la segunda parte de su libro Humano, demasiado humano titulada El caminante y su sombra nos relata una conversación con su sombra, que aparece como su otro yo, su alter ego, y, en la que expone una de sus ideas fundamentales, la de que los seres humanos tienen que aprender a aceptar la vida tal como es, con sus dolores y sufrimientos, a decirle sí a esa vida, y, liberarse así, de sentir compasión, porque es uno de los sentimientos de los hombres débiles. Por eso, su sombra que lo acompaña durante la luz del día es el lado oscuro y sombrío de su vida marcado por los dolores permanentes que lo asediaban.
Pero, al hablar con su sombra de los dolores vividos y padecidos, y, de la actitud que se debe adoptar hacia ellos, los recuerda. Pues, hablar de ellos es precisamente recordarlos o revivirlos de nuevo. Y, al hacerlo Nietzsche, tal vez pensó con convicción, que podría librarse de esos dolores, y, curarse de las enfermedades que los provocaban. Es por esa razón, que Freud después, consideró con razón, a Nietzsche, como un precursor del psicoanálisis que fundó. Recordar conscientemente las vivencias dolorosas, hablando de ellas con otro o con el otro de sí mismo, es el mejor y más eficiente procedimiento que un ser humano tiene, para liberarse de la presencia agobiante y dominante de esas vivencias.
Por eso, los seres humanos al hacer el camino de nuestras vidas, vamos dejando las huellas de nuestros pasos formados por los hechos y episodios que hemos vivido, unos felices y alegres, y, otros dolorosos y sombríos. Y, cuando las recordamos, lo que hacemos es precisamente hablar con ellos y de ellos con nosotros mismos o con otros.
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