El mundo como teatro

Esta concepción de la sociedad como un gran escenario teatral fue asimilada, con especial vigor, por muchos escritores y artistas del período barroco europeo en el siglo XVII, leyendo asiduamente a estos pensadores estoicos, y al libro de Erasmo El elogio de la locura en donde que la expone con entusiasmo.

Camilo García Giraldo

diciembre 14, 2025 - Actualizado diciembre 13, 2025

Representación de El Gran Teatro del Mundo, de Pedro Calderón de la Barca, en Madrid, en 2024. Foto: Archivo

Antiguos latinos pensadores estoicos, como Séneca y Epícteto, consideraron que la sociedad es un teatro en el que cada persona que la compone desempeña un determinado papel, interpreta la vida de un personaje que no es él, y que, sin embargo, crea o que otros crean por él o para él. Personaje, que actúa o interactúa con otros personajes en el escenario de la sociedad al que muchos otros contemplan como un público. Dice Séneca al respecto en su libro Epístolas morales a Lucilio: “Ninguno de esos que ves vestidos de púrpura es más feliz que aquellos a quienes la ficción escénica hace que lleven cetro y clámide; ufanamente a presencia del pueblo pasearon conturbados y solemnes; pero así que abandonan la escena se descalzan y vuelven a su estatura […] La vida es drama, donde importa no cuánto duró, sino cómo se representó”.

Esta concepción de la sociedad como un gran escenario teatral fue asimilada, con especial vigor, por muchos escritores y artistas del período barroco europeo en el siglo XVII, leyendo asiduamente a estos pensadores estoicos, y al libro de Erasmo El elogio de la locura en donde que la expone con entusiasmo. En efecto, él considera, como los estoicos, la vida cotidiana de nosotros los seres humanos mortales como una “Comedia de la vida”. Dice: “Ahora bien: ¿Qué es toda la vida mortal sino una especie de comedia donde aparecen en escena con las máscaras de los otros y representan su papel hasta que el director del coro hace salir de las tablas? Éste ordena frecuentemente a la misma persona que dé vida a diversos papeles, de suerte que quien acaba de salir como rey son su púrpura, interpreta luego a un triste esclavo andrajoso. Todo el mecanismo permanece oculto en la sombra, pera esta comedia no se representa de otro modo”.

Uno de los escritores más importantes del Barroco europeo que adoptó e hizo suya esta enseñanza fue el español Pedro Calderón de la Barca. Pero, dándole un giro y una forma religiosa que plasmó en una obra de teatro que escribió bajo la forma de un auto-sacramental, El gran teatro del mundo, en la que el autor no es un ser humano, sino, es Dios, y el director no es “un mecanismo oculto”, sino, el propio mundo. En ella Calderón nos expone y explica los fundamentos teológicos que llevaron a Dios a crear el mundo, y nos presenta los personajes que reciben de él, del mundo, los diversos trajes que se ajustan a los papeles que van a desempeñar o interpretar.  Después, de lo cual comienzan a actuar, a interpretar los roles de sus personajes, en la comedia de la vida que representa o pretende representar en realidad la vida misma de los seres humanos. 

En Italia, en los mismos años, el gran escultor italiano Gian Lorenzo Bernini, asumió también esta concepción, al crear por encargo del cardenal Cornaro, la escultura El éxtasis de Santa Teresa que sitúo en el centro de un escenario teatral que le compuso especialmente. Escultura, en la que representó con extraordinario vigor e intensidad dramática la experiencia mística que vivió la santa española, y que narró en su libro autobiográfico Libro de la vida en la que un ángel saca de su pecho un dardo de oro después de haberle atravesado el corazón; hecho que le produjo tanto dolor como placer.

Pues, Bernini pensó, que la santa, al vivir esta experiencia mística, se convertía en un personaje significativo del teatro del mundo religioso cuyo autor era Dios, en un personaje que actúo o interpretó con excepcional calidad y autenticidad una experiencia mística-religiosa única, que solo pueden interpretar los pocos que la han vivido. Por esa razón, al recrearla en esta gran escultura colocada en la escena de un teatro no solo atendió el encargo del cardenal, sino también, quiso mostrar, a todos los que la contemplamos como espectadores, la actuación única de un personaje único, por lo menos, muy escaso en el mundo: el que vive y representa un éxtasis místico.

En Suecia, algunos siglos después, el dramaturgo, escritor y poeta August Strindberg retomó esta visión del mundo, y la plasmó en su drama La sonata fantasma en la que se inspiró, además, en La sonata 17 Tempestad de Beethoven. Y, ahí, el mundo adquirió una dimensión social, se convirtió en el mundo social. En efecto, en esta pieza el dramaturgo sueco, nos presenta un escenario, la celebración de la cena de los espectros, en la que los personajes o participantes no son lo que aparentan ser. Así, por el ejemplo el viejo Hummel no es el hombre bondadoso que aparente ser sino un usurero que ha usado sus varios matrimonios con malas intenciones. La momia en realidad es una antigua esposa de Hummel. Y, el coronel no es el noble y aristócrata que dice ser, sino un simple ciudadano. Por eso, sus apariencias son irreales o fantasmagóricas, como son, en general, todas las apariencias que presentan los seres humanos en la sociedad. Apariencias, que, son las máscaras que forman una imagen de las personas completamente distinta a lo que en realidad son.

Ingmar Bergman, su genial compatriota, puso en escena varias veces esta pieza para señalar la importancia reveladora de ser social de los hombres que su juicio tenía. También hizo una película que consideró la mejor de su producción, Persona, en la que nos muestra que toda persona termina asumiendo un papel teatral en su vida social, termina siendo o imitando a un actor de teatro, como le ocurrió a la enfermera Alma, que cuidaba a la actriz teatral Elisabeth Vogler enferma, que se encontraban postrada en su cama. Pues, cuando los hombres y las mujeres fingen o aparentan ser lo que no son, lo que hacen en realidad, es volverse actores teatrales, así no tengan la formación, o, el talento para serlo.  

Escena de la película Persona (1966), de Ingmar Bergman

Y, el mismo Joyce en su gran novela Ulises nos presenta en el capítulo quinto, la ceremonia religiosa católica de la misa, como una escena teatral, en la que todos los participantes, el cura, sus ayudantes y los feligreses, son actores que desempeñan un papel teatral en el que fingen ser lo que no son en la realidad de sus vidas. Cuando entran a este escenario, las personas imperfectas y pecadoras en sus vidas reales, se convierten en seres santos y buenos, cercanos a la perfección de Dios, porque asumen ese papel religioso ideal. Pero, en contravía crítica con la obra de Calderón El teatro del mundo, Joyce, no nos presenta a los seres humanos realizando en el mundo los papeles que Dios les da, como su creador originario, sino, disimulando o enmascarando, lo que son en realidad a través del papel que realizan en el escenario religioso por excelencia, la iglesia.       

De tal manera que, gracias al pensamiento estoico antiguo, de las obras de arte y de la literatura, nos percatamos o comprendemos con claridad este aspecto relevante de la realidad de nuestra existencia como seres sociales, la de que siempre actuamos e interactuamos con quienes encontramos en el curso de nuestras vidas, como si fuéramos actores teatrales. Actuamos, no solo como sujetos activos que realizamos actos concretos y actos del habla o comunicativos con los emitimos y recibimos mensajes lingüísticos, sino también, en muchas ocasiones como actores teatrales que fingimos ser lo que no somos, que asumimos papeles o roles ante los demás, de personas ajenas o distintas de la realidad de nuestro ser. Personas, o, mejor, personajes, que creamos con nuestra conducta visible, y con nuestras palabras, con los mensajes que transmitimos con el lenguaje a quienes nos ven y rodean. 

Y, es en esta doble dimensión de nuestras actuaciones, en las que nos movemos casi inevitablemente en el terreno social y público de nuestras existencias. Son dos dimensiones que intercambiamos y mezclamos con gran facilidad, e inclusive con notable naturalidad.  Por eso, al vivir en sociedad actuamos siempre de estas dos maneras, bien simultáneamente, bien alternadamente, o, bien de modo sucesivo.     

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