La literatura como campo de batalla

La amistad entre creadores es un territorio fértil, pero suele estar minado. Y a veces, como en el amor, la línea entre la admiración y el rencor es tan delgada como un verso.

Jaime Barrios Carrillo

agosto 2, 2026 - Actualizado agosto 1, 2026

La literatura está llena de afectos y también de desencuentros. De abrazos sinceros y puñaladas traperas. De prólogos generosos y frases vengativas, o sea de elixir y veneno. Porque los escritores, como todos los seres humanos, necesitan del otro para existir, a veces coexistir, pero también para medirse, para superarse, para amarse u odiarse. La amistad entre creadores es un territorio fértil, pero suele estar minado. Y a veces, como en el amor, la línea entre la admiración y el rencor es tan delgada como un verso.

César Vallejo, sin casa y sin un céntimo, pudo paliar su período de homeless en París durmiendo en el taller del escritor y artista costarricense Max Jiménez, situado en la Rue Vercingétorix. Un gesto que resume la solidaridad entre quienes comparten el oficio de las letras y la precariedad del exilio. No fue un caso aislado. La historia de la literatura está plagada de apoyos silenciosos, de manos tendidas en la oscuridad.

Amistades que hicieron época

En la mitología literaria, la amistad entre C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien es un ejemplo de intereses compartidos. Se reunían en el Eagle and Child de Oxford, discutían sobre nórdicos antiguos y mitologías, y de aquellas charlas nacieron dos de las obras más influyentes del siglo XX. En el ámbito germánico, Goethe y Schiller fueron íntimos, una amistad que hoy se recuerda con un monumento frente al teatro de Weimar: los dos grandes poetas del romanticismo alemán sosteniendo con sendas manos una corona de laurel.

No podemos pasar por alto la controversia entre Hemingway y F. Scott Fitzgerald, plagada de celos y admiraciones, rencores ocultos y mensajes cariñosos. Una relación fructífera que contribuyó a la producción literaria en idioma anglosajón, aunque a veces pareciera más un velado duelo que una alianza.

En Francia, destaca el afecto imperecedero de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, dos figuras que comenzaron compartiendo la vida académica e intelectual desde estudiantes en La Sorbona y se convirtieron en pareja. Una amistad que fue también complicidad filosófica y amorosa.

El prólogo como prueba de amistad

Una prueba de amistad entre escritores que se precian de significar algo en su época son los consabidos prólogos. Enrique Gómez Carrillo alcanzó, además de sus famosos 87 volúmenes publicados, según recopilación de su biógrafo Juan Mendoza, a escribir bastantes prólogos. Y también escritores importantes de su tiempo le prologaron a él sus libros, entre ellos el mismo Rubén Darío, Salvador Rueda, Leopoldo Alas «Clarín», Max Nordau, Jean Moréas, Vicente Blasco Ibáñez y Benito Pérez Galdós. Esta existencia prolífica de prólogos entre los modernistas confirmaría lo señalado por Hilde Sotomayor sobre la función de un prólogo: «Tiene por lo menos tres principales y luminosas funciones: dar lustre o acreditar a un nuevo autor, dar lustre o acreditar al prologuista y dar lustre o acreditar al libro en sí».

Los prólogos resultan no pocas veces salutaciones laudatorias. Aunque hay textos que se convierten en mini tratados de una obra, como la carta-prólogo de Paul Valéry a la edición francesa de Leyendas de Guatemala de Miguel Ángel Asturias en 1930, o el prólogo de Borges a la novela de su amigo Bioy Casares, La invención de Morel, para algunos tan célebre como la misma novela y que termina con la tajante afirmación: «He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta». ¿Hubo acaso algo de nepotismo? Bioy era cuñado de Borges.

Gómez Carrillo al referirse a Manuel Ugarte decía: «mi íntimo enemigo». Pero se sabe que Carrillo era, cuando quería, un excelente amigo. Por ejemplo, con las ayudas económicas en París al genial caricaturista salvadoreño Toño Salazar. Y fruto de su mano amiga tenemos la relación con Antonio Machado. Gómez Carrillo consiguió para el poeta español un empleo en el consulado de Guatemala en París, hasta que llegó un nuevo Ministro Plenipotenciario que no entendía de literatura y Machado fue despedido.

El influjo de Darío en Machado

Antonio Machado, poeta original como pocos. Pero todo tiene un origen. La raíz profunda de su numen poético le fue develada en París por Rubén Darío. Con Darío desapareció el Atlántico. Darío destrozando orillas con el sol de oro de sus verbos. Hay una presencia rubendariana en la obra de Machado que constituye un elogio a la amistad en torno a una causa común: la poesía en lengua española. Recordemos aquí el último verso escrito por Machado, encontrado en un papel doblado en su bolsillo: «Estos días azules y este sol de mi infancia». Cómo no asociarlo con un soneto de Darío (A Bolivia) escrito en 1898 y cuyo primer cuarteto comienza: «En los días de azul de mi dorada infancia».

Rencillas entre gigantes

La literatura también está hecha de rencores. Pablo Neruda y Vicente Huidobro protagonizaron una de las enemistades más sonadas de la poesía hispanoamericana. La disputa fue pública y feroz, alimentada por egos descomunales y visiones estéticas irreconciliables.

Más cercano en el tiempo, el enfrentamiento entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa que ya es legendario. Fueron amigos, cómplices literarios, defensores mutuos. Pero aquel puñetazo en un cine de México DF en 1976 selló una ruptura de por vida. Las razones, como siempre, mezclaban lo personal y lo político, el amor y la traición, la admiración y el resentimiento.  

Gómez Carrillo y Darío: amor y odio

Gómez Carrillo de nuevo. Era temperamental, lo que se reflejaba en sus relaciones sociales. De ahí su relación de amor y a veces de odio con Rubén Darío, una ambivalencia casi bipolar. Le daba todo su apoyo y expresaba su admiración, pero otras veces se refería a él en términos como «cuando Rubén Darío tenía talento» o escribía: «Cantemos el oro, como decía Rubén Darío antes de su decadencia». Darío llamó a Gómez Carrillo «escritor dichoso» y le escribió en una carta: «Es usted impresionable e incansable y hemos convenido en que sin escribir versos es usted un poeta». Pero también le temía; incluso confesó que le atormentaba que pudiera retarlo a duelo, como había hecho tantas veces con otros escritores y periodistas. Gómez Carrillo se batió, suele contarse, dieciocho veces. Darío dejó constancia de sus temores: «Un día de estos Carrillo me desafía y me mata. No, no me matará, porque no me batiré».

El humor de Monterroso

Augusto Monterroso, en ocasión de un homenaje a Luis Cardoza y Aragón, expresó con su humor epistemológico: «como le tengo envidia y quiero desprestigiarlo, lo diré: Cardoza y Aragón es y ha sido mi maestro. De ser esto una fábula la moraleja sería: nunca te hagas amigo de tu maestro». Era un decir. La visión de maestro conferida por Tito a Cardoza se me antoja institucional. Las influencias pueden ser de diversos matices y niveles. Nada que ver entre el barroquismo y surrealismo de Cardoza y el minimalismo exacto de Monterroso. Pero acaso la actitud de Cardoza en lo estético y lo político y su relevante posición en la cultura mexicana a la llegada de Monterroso hayan influido en ese reconocimiento.

Monterroso recordaba: «Conocí a Luis Cardoza y Aragón en la ciudad de México, en septiembre de 1944. Yo acababa de llegar de Guatemala en calidad de exiliado político. Mientras Cardoza vivía en México desde hacía varios años, tenía unos cuarenta y era una leyenda. En Guatemala, sin tener ninguna relación personal con él, veíamos a Cardoza y Aragón no solo como una cumbre literaria inaccesible sino como un ser misterioso y de lucidez diabólica, capaz de aplastarlo a uno con una sola frase».

Lectura y diálogo

Leer es dialogar con el autor y con uno mismo. Asimismo, puede ser un descubrimiento de nuevos escritores. Y releer con gusto resulta una especie de homenaje a tus autores preferidos. La literatura, como la amistad, es un refugio contra la intemperie.  

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