La Coordinación Entretenida: Kayfabe, Lucha Libre y Poder

En política, y en economía, el kayfabe deja de ser un juego y se convierte en herramienta de control. No se usa para entretener, sino para coordinar.

José Gálvez

mayo 10, 2026 - Actualizado mayo 9, 2026

                                               Fotografía: José Gálvez

Hay algo incómodo en admitir que muchas de las cosas que llamamos “realidad” funcionan solo porque suficientes personas deciden actuar como si lo fueran. No porque lo sean, sino porque el acuerdo colectivo las sostiene. Esa es, en esencia, la lógica del kayfabe. La explicación que da el comediante y músico irlandés Blindboy Boatclub lo resume bien: en la lucha libre, el espectáculo no depende solo de los luchadores, sino del público. No basta con que el combate esté coreografiado; es necesario que el público participe en la narrativa. Abuchear al villano, celebrar al héroe, es lo que sostiene la historia. Sin esa complicidad, todo se derrumba. No siempre fue así. A inicios del siglo XX, los combates en circos eran reales. Y ese era el problema: eran peleas impredecibles, peligrosas y caras. Los héroes se lesionaban, los villanos ganaban cuando no debían y la narrativa se rompía. La solución fue abandonar la realidad y abrazar el teatro: coreografiar, fijar el resultado, disciplinar la historia. El entretenimiento no solo sobrevivió; se volvió más popular.

El arte siempre ha operado bajo esa lógica. En Inception de Christopher Nolan hay una escena con escaleras imposibles. La perspectiva rompe la cuarta pared. La cámara construye una ilusión que aceptamos sin resistencia y nos revela la paradoja que produce el mundo de sueños; No explica; encuadra. Y es suficiente. Desde la literatura grecorromana, pasando por William Shakespeare hasta Tolkien y George Lucas, la ficción no busca replicar la realidad, sino construir una que podamos habitar temporalmente. La metáfora, la analogía y la suspensión de incredulidad no son errores: son el mecanismo que comunica. Como dice Evey Hammond en V de Vendetta: “Los artistas usan mentiras para decir la verdad, mientras que los políticos las usan para ocultarla.” En el arte, la mentira está autorizada. Nadie entra a verificar; entramos a experimentar, a percibir, a sentir. El kayfabe ahí no solo es válido, es necesario.

Foto: José Gálvez

El problema aparece cuando esa lógica se escapa del contexto artístico. En política, y en economía, el kayfabe deja de ser un juego y se convierte en herramienta de control. No se usa para entretener, sino para coordinar. La narrativa deja de competir con la evidencia sino la reemplaza. En política, el populismo moderno, de izquierda y de derecha, funciona así: no necesita ser verdadero, necesita ser creíble dentro de su historia. Simplifica, moviliza, pide lealtad antes que verificación. Y funciona porque suficiente gente decide actuar como si el discurso fuera cierto. En la economía, el fenómeno es más silencioso y sofisticado. Abundan empresas que “ganan” en el estado de resultados mientras pierden valor económico en la realidad por márgenes que ocultan capital mal asignado. Decisiones pueden optimizar el trimestre, pero comprometer el futuro. El kayfabe corporativo no grita: se reporta y hasta se deja en acta.

Por eso el concepto es incómodo. Porque no describe solo un espectáculo, sino una forma de coordinación humana que puede volverse destructiva en el contexto equivocado. El kayfabe vive en lo no falsificable. Debilitarlo implica exigir métricas que no dependan de interpretación: hechos observables, no relatos. No se trata de ganar el argumento, sino de mover la conversación a un terreno donde la narrativa no sea suficiente. Cuando quien construye el relato también ejecuta la decisión, se concentra poder narrativo. La solución es, entonces, estructural: sistemas que limiten cuánto puede afectar la narrativa un resultado. El kayfabe prospera en la simplificación; romperlo implica introducir fricción que obligue a que cada decisión cargue con consecuencias reales, no solo con coherencia interna. Romperlo es también validar externamente.

Si uno quiere pasarla mal en la lucha libre o viendo la Guerra de las Galaxias, uno puede llegar a buscar realismo en esas formas de arte.  Sin embargo, en contextos donde la verdad es crucial, se debe traducir toda la narrativa a costos de manera transparente. Al final, no se trata de eliminar el kayfabe. Se trata de delimitarlo a los espacios donde corresponde. Que la lucha siga siendo lucha. Que el teatro siga siendo teatro. Que el cine nos continúe mostrando como los Rohirrim cabalgaron con sus 2500 caballos a salvar una batalla entre orcos, elfos y humanos. Pero también es crucial que la realidad continúe claramente conectada a evidencias, restricciones y consecuencias.

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