Desarrollo, estrategia y ejecución: en búsqueda de trayectorias sostenibles

Ejecutar sin planear es correr como un animal perseguido: produces y cumples, quizás seas rentable, pero te vacías por el cansancio al sólo lidiar con el corto plazo.

José Gálvez

septiembre 28, 2025 - Actualizado septiembre 27, 2025

Entré al salón de clase. El aire estaba cargado de ideas. Pronto, la pizarra se llenaría de números y letras griegas formando ecuaciones interminables. El maestro, el Dr. Iverson, delgado, casi espectral, con la mirada de quien parece estar haciendo números todo el día, impartiría la clase de macroeconomía ese semestre. En una mano sostenía un marcador y sus notas; en la otra, un chupete de cereza. Con humor extraño comentó que, sin azúcar, corría el riesgo de desmayarse a mitad de clase. Ese gesto mínimo me impactó: un hombre que resolvía la matemática de complejos modelos de crecimiento económico dependía de un simple dulce para mantenerse en pie. El contraste incorporaba la esencia de su lección: el crecimiento económico, empresarial y nacional se abstrae con modelos, pero se sostiene en prácticas pequeñas, inmediatas, frecuentemente casi invisibles. Un sistema de producción perdura o fracasa no solo por la intención y los sueños de los ejecutores, sino también por la disciplina que practican en cada paso de los procesos. En esta clase lo comprobamos una y otra vez: el equilibrio en el largo plazo no es un punto fijo, sino una trayectoria que exige optimizar variables en el presente para garantizar su mejoría en el futuro.

Años después, en una asesoría empresarial que recibí, las enseñanzas de Iverson me revisitaban. El cuarto de reuniones olía a café recalentado, mientras una consultora proyectaba diapositivas sin descanso. En la pared, un gráfico mostraba dos ejes: estrategia y ejecución. Ella nos indicaba con firmeza: Ejecutar sin planear es correr como un animal perseguido: produces y cumples, quizás seas rentable, pero te vacías por el cansancio al sólo lidiar con el corto plazo. Por otro lado, planear y desarrollar estrategias sin ejecutar es construir castillos en el aire: bellos en la imaginación, inútiles en la práctica. No hacer ni lo uno ni lo otro es vivir apagando fuegos que uno mismo encendió, como un bombero piromaníaco que nunca deja de estar resolviendo problemas. Solo en el cuadrante donde estrategia y ejecución se funden ocurre la alquimia del crecimiento sostenible: las ideas se vuelven materia, los planes se convierten en realidad, el desarrollo termina en futuro y legado.

Lo que aprendí en aquella clase de macroeconomía, y luego confirmé en la asesoría empresarial es que acciones diarias poseen efectos de largo plazo. Hoy observo que en nuestro país necesitamos comprender que el crecimiento sostenible no es un punto fijo, sino una trayectoria que debe recrearse todos los días. Mantener el azúcar suficiente para no desmayarse en clase, equilibrar estrategia y ejecución en una empresa, o sostener el desarrollo económico de una nación son fenómenos que responden a un mismo principio: El balance entre actuar ahora e imaginar la trayectoria que nos conduzca a un futuro próspero. Así definimos la posibilidad de avanzar. Pero en Guatemala, ese encuentro entre estrategia y ejecución es escaso. De esto surge el proverbial chapuz chapín: la improvisación celebrada como ingenio, el parche elevado a virtud.

Desde pasos a desnivel que alivianan el tráfico solo por dos años, hasta calles que cada invierno se deben reconstruir, como si la lluvia fuera sorpresa, hemos confundido la astucia de sobrevivir con la capacidad de prosperar. En lo económico ocurre igual: sustituimos la construcción de industrias robustas por servicios precarios y una gran dependencia en remesas. Quizás alivianemos un poco la pobreza, pero no nos hacemos más productivos. Y así repetimos el ciclo del subdesarrollo: obras mal hechas, instituciones débiles, empresas que buscan atajos y explotan coyunturas, reproduciendo por todos lados la lógica del remiendo. Mientras en otros países el crecimiento sostenible se cultiva como disciplina, aquí se tolera, y hasta se celebra una cultura de cortoplacismo, siempre y cuando la astucia nos permita salirnos con la nuestra. El resultado es claro: donde falta visión y perseverancia, el chapuz se convierte en la regla de movimiento. Mientras sigamos glorificando la salida fácil, seguiremos reiniciando procesos que fallan en lugar de diseñar estructuras que realmente funcionen.

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