Imagen de la adaptación cinematográfica de la obra La Señorita Julia, realizada en 2014 bajo el título Miss Julie.
August Strindberg, (1849-1912) es una de las grandes personalidades de la cultura sueca. Fue un destacado novelista, que escribió La habitación roja, considerada la primera novela moderna sueca, en la que describió con agudo e implacable sentido crítico los diversos personajes que conformaban la sociedad sueca de finales del siglo XIX, como a editores ignorantes, incultos e intrigantes, a comerciantes inescrupulosos, a mujeres de la aristocracia en decadencia y de la naciente burguesía vanidosas, ociosas y envidiosas, a muchachas jóvenes “maestras” en el arte de simular el amor, a periodistas carentes de reservas morales, a pastores y clérigos rapaces y ambiciosos, y, al propio hermano tramposo y deshonesto del protagonista principal Arvid Falk. Son personajes llenos de defectos morales, que reflejan, o, ponen en evidencia, el carácter defectuoso de la sociedad que forman. Sin embargo, existe un pequeño rincón, el cuarto rojo de un bar-restaurante de Estocolmo, en el que quienes lo frecuentan, jóvenes solteros intelectuales, escritores, artistas, etc. se libran la pesada presencia de todos esos personajes de la sociedad, de esos personajes sin mayor valor. Y, ahí, conversan libremente sobre todos los asuntos que les interesan, y comen, beben y escuchan música en vivo. En donde, además, ponen de manifiesto sus capacidades creativas y artísticas. Es cuarto es, entonces, un pequeño espacio de libertad, donde los que lo frecuentan, pueden desplegar y compartir lo mejor de sí mismos.
Escribió también en 1897 en francés, Inferno, novela, en la que narra aspectos críticos y dramáticos de su propia vida aislado en París, a finales de ese siglo, en la que se entregó a realizar múltiples experimentos de alquimia destinados a forjar oro. Pero, en la medida que fracasaba en obtener este propósito, sentía con mayor intensidad que una mano invisible ordenaba su vida y sus pensamientos. Hecho, que lo empujó a comenzar, poco a poco, a practicar la magia negra, y, a creer en la existencia de señales ocultas, que le permitieran identificar esa poderosa mano invisible. Y, al fracasar en este nuevo propósito, su mente se trastornó definitivamente, al sentir delirios de persecución, y, una paranoia incontrolable. Era frecuente que lo expulsaran de los hoteles en los que vivía, debido a que acusaba, sin ningún fundamento real, a los dueños, o, a los demás huéspedes, de hacerle daño, o, de pretender robarle las fórmulas de esos experimentos. Novela, que se convirtió hasta ahora en una de las más leídas de toda su obra literaria ¿No se inspiró García Márquez en este aspecto dramático de la vida de Strindberg para forjar en Cien años de soledad a su gran personaje José Arcadio Buendía-padre que, formado y estimulado por el sabio Melquiades, se encerró en el laboratorio que construyó en su casa en Macondo, para repetir una y mil veces experimentos pseudocientíficos de la alquimia, que los condujeron al final a la locura, a perder la razón?
Pero, también, y, sobre todo, Strindberg, fue un gran dramaturgo, uno de los más importantes precursores del teatro moderno debido a que hizo del mundo interior de sus personajes dado por sus complejos y contradictorios deseos y sentimientos, en el escenario de sus dramas. Escribió más de 60 piezas de teatro, entre las que están, El maestro Olof, con la que debutó en el año 1872, en la que, recrea en 5 actos la vida y obra de Olof Petersson, llamado también en latín Olaus Petri, quien, junto con su hermano, promovió con gran vigor en el reino sueco en las primeras décadas del siglo XV las ideas y postulados de la reforma protestante, que Lutero estaba llevando a cabo en Alemania, convenciendo al rey Gustavo Vasa, para que la adoptara como la religión oficial del Estado. Y, El padre, que publicó en 1886, en el que expone el drama que sufre El Capitán, un ex-oficial del ejército y científico, a manos de su esposa Laura, quien para conseguir su propósito de orientar y definir la formación académica de su hija Bertha decide, primero, “enloquecerlo”, alterarlo emocionalmente, dándole a entender que Bertha no es hija suya. Y, después, diciendo al médico y al pastor, de que, en efecto, lo está. Es, entonces, encerrado en una habitación, y, amarrado a una camisa de fuerza. Situación, que lo conduce finalmente a enloquecer de verdad, y, a morir, al poco tiempo, sentado en el regazo de su enfermera.
Con este personaje de Laura, Strindberg, nos muestra lo malvada que puede llegar a ser una mujer. Esta es uno de los personajes, que mejor personifica la maldad femenina. Pues, Strindberg, capta aquí bien, que la maldad de una mujer casi nunca se manifiesta a través de actos de agresión o de violencia física contra alguien, como es característico de la maldad masculina, sino, sobre todo, a través de intrigas o mentiras que profiere con sus palabras. Conscientes del poder de las palabras, las usan con tesón, eficacia e astucia, cuando se proponen hacer daño a alguien. Esta imagen de la maldad de la mujer que forjó en esta y otras obras, le valió el calificativo de misógino. Calificativo, sin embargo, un tanto injusto porque lo que hizo fue presentar en la conducta de un personaje ficticio, una forma determinada de maldad, de la que es capaz una mujer real.
Y, también, puso de relieve un hecho frecuente a lo largo de la historia de la locura hasta tiempos recientes, el de que la sociedad y los médicos definían a muchas personas como locas, sin realmente, serlo. La falta de conocimientos científicos sobre las enfermedades de la mente, abrieron durante siglos las puertas para que se hicieran diversas especulaciones sobre sus síntomas y causas, y, sobre todo, se confundiera a una persona, que presentaba algunos síntomas de alteración emocional o afectiva, con un loco. Y, en consecuencia, se trataba como tal, recluyéndolo en un sanatorio psiquiátrico, en condiciones muchas veces infrahumanas, y, cuyos médicos, ignoraban, casi todo, sobre la verdadera locura, sobre las psicosis y la esquizofrenia.
Y, también, escribió, tal vez su mejor pieza de teatro, La señorita Julia en 1888. En esta obra, Strindberg, nos presenta la historia dramática de Julia, una joven aristócrata de 25 años, y, de Juan, el criado de su casa, a quien seduce sexualmente una noche de San Juan, del solsticio de verano, del Midsommar. Hecho, que los conduce a declarase mutuamente el amor que sienten, o, han comenzado a sentir. Pero, como son conscientes de que, debido a su contrapuesta condición social, al hecho de uno ser amo y el otro siervo, no pueden vivirlo libre y abiertamente en el medio social en que están, de que es un amor socialmente censurado y prohibido, Juan, propone a Julia, que se vayan lejos a Italia, y, allí abran un hotel para asegurar los ingresos económicos necesarios. Sin embargo, ella rechaza esta oferta porque, por una parte, dice que no tiene ningún recurso económico para realizar este proyecto. Pues todos los bienes pertenecen a su padre. Y, por otra, porque se siente desilusionada y enfadada debido a que Juan, no lo probó en esos momentos, el amor que dice profesarle.
Sin embargo, poco tiempo después, Julia, le hurta una buena cantidad de dinero a su padre, y, le dice a Juan, que ahora sí pueden huir, irse lejos de Suecia a Suiza, para poner ese hotel del que han hablado. Juan acepta de buen grado, pero a condición de no llevar a un pájaro que le pertenece a Julia. Al creer, que ella acepta esta condición que le ha puesto, lo mata. Sin embargo, Julia, al observarlo reacciona indignada, renuncia al plan de partir, y, se enfrenta a Juan, acusándolo de haber robado ese dinero. De ahí, que al no ponerse de acuerdo en la solución que han propuesto para resolver el problema que tienen, se quedan sin ninguna salida, que les permita llegar a un lugar donde puedan vivir, sin cortapisas o barreras, su amor. Atrapada en esta sin salida, Julia decide, entonces, empujada por Juan, quitarse la vida, cortándose las venas con una navaja de afeitar.
Con este drama, Strindberg, nos dice que el amor abierto entre un siervo y su señora, no es posible, como en efecto, no lo es, o, difícilmente lo puede ser, en la realidad de las sociedades feudales o semi-feudales, como lo era Suecia a mediados del siglo XIX. Pues, en caso que dos personas de esa condición social se llegaran a enamorar, no podrán vivirlo, debido al rechazo absoluto que tendrían de la familia del señor, y, del resto de la sociedad. Rechazo, que sería aún mayor, en el caso de una mujer, de una señora, como el que nos presenta Strindberg. Los obstáculos que se les presentan para realizar el plan que acordaron de huir a un país lejano para vivir el amor, son tan poderosos y decisivos, que lo echan por tierra. Son por eso obstáculos insuperables, que indican y confirman, la imposibilidad de vivir ese amor, por el hecho decisivo de pertenecer a clases sociales diametralmente opuestas, en las que sus relaciones giran exclusivamente alrededor del dominio que los amos o señores ejercen sobre sus siervos o sirvientes, es decir, giran alrededor de las órdenes que dan los amos a sus sirvientes, y, que estos, tienen la obligación de cumplir, so pena de ser maltratados o castigados.
Y, una de las órdenes más frecuentes y comunes, que los amos daban a sus sirvientas era la de atender y satisfacer sus deseos sexuales. De ahí, que Julia, la señora aristócrata del drama de Strindberg, sintiera que podía seducir sexualmente, sin mayor dificultad, a su sirviente Juan. Ella sentía que tenía el derecho legítimo, como señora, de satisfacer su deseo sexual con él. Y, que la obligación de él era precisamente atenderlo o satisfacerlo. Aunque, trataron de borrar o suprimir esa condición de señora y siervo, que los caracterizaba y separaba, declarándose el amor, finalmente no lo lograron, fracasaron, porque, como ya dijimos, no fueron capaces de hacer valer en las decisiones y actos de sus vidas ese amor que decían profesarse.
Esta forma de relación social, como se sabe, fue central y dominante en las sociedades tradicionales de corte feudal o semi-feudal a lo largo de la historia, incluido por supuesto todo el período colonial español en América. La inmensa mayoría de las mujeres indígenas empleadas como sirvientas en las casas y tierras de los amos españoles quedaban embarazadas por ellos después de los contactos sexuales se veían obligadas a sostener. Y, los hijos que daban a luz, no eran reconocidos como propios por sus padres, los amos españoles. Se convertían en hijos “ilegítimos carentes de padre”, de un padre que los aceptara como propios, y, los reconociera como tales. De ahí, que, al contrario de la señorita Julia, los amos españoles, y, sus descendientes en América, no querían ni necesitaban casarse con las siervas indígenas jóvenes y solteras que servían en sus casas o en sus dominios, y, con las que tenían tratos sexuales porque ya estaban casados y, sobre todo, porque eran indignas de ellos por ser precisamente sirvientas, seres humanos que solo eran válidos y necesarios en la medida que les sirvieran sin condiciones. Por eso, el origen de la población americana mestiza hay que buscarlo en gran medida en estos contactos sexuales incesantes mantenidos durante varios siglos por los amos españoles y las siervas indígenas que tenían a su disposición.
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