Helena Blavatsky, fundadora en el siglo XIX del pensamiento teosófico moderno con sus libros La clave de la teosofía y La doctrina secreta, sostuvo que existe una unidad espiritual divina que es omnipresente y eterna, y, que, subyace a todos los seres y entes del universo; una unidad espiritual, que, a pesar de ser invisible, los seres humanos la pueden percibir y conocer si realizan ordenados y metódicos actos destinados a fomentar el desarrollo de sus espíritus, si ponen en juego su intuición y si realizan especiales contactos entre sí dirigidos a lograr este propósito. Y cuando logren conocer esa unidad divina espiritual que se oculta tras la diversidad de las cosas del universo, alcanzarán la verdad suprema, absoluta y definitiva.

Esta concepción del mundo ejerció una notable atracción sobre algunos destacados artistas e intelectuales de comienzos del siglo pasado. A pesar de no estar fundada en premisas racionales-científicas y de su sesgo esotérico o precisamente por eso, fue aceptada como válida por artistas como el holandés Pier Mondrian y el ruso Vasily Kandinsky, hasta el punto, que la hicieron una premisa esencial, para orientar su labor creadora. El arte abstracto que fundaron en la modernidad, fue el resultado del empeño de crear obras que revelaran la existencia de lo espiritual oculto y escondido, o mejor, fue en gran medida, una respuesta clara y consciente, que dieron a la cuestión central que Helena Blavatsky se planteó, de conocer lo puramente espiritual invisible.
Así, Mondrian pensó que la unidad espiritual, que subyace al universo físico, no se puede ver, porque no es ningún objeto sensible y concreto. Por lo tanto, tiene necesariamente que estar formada por las formas y elementos más generales, simples y básicos que están presentes en la múltiple variedad de los objetos y seres de ese universo. Y como los elementos más simples y universales que existen en él son los puntos, las líneas y los colores básicos, se erigen en los elementos que configuran esa unidad espiritual. Sus composiciones son, entonces, las imágenes artísticas que representan esa unidad, que la sacan a la luz y la tornan visible.
Por su parte, Kandinsky pensó que esa unidad esencial espiritual invisible no subyace al universo físico exterior, sino está constituida por el espíritu de los seres humanos. Para él, el único espíritu invisible existente es de los hombres; son éstos sus únicos portadores reales. Y son los grandes artistas, como lo explicó en su conocido ensayo De lo espiritual en el arte que publicó en 1911, que se sitúan en la cima superior de la pirámide, que para él simboliza la evolución del espíritu humano, los que ayudan y guían a los demás, para que puedan captar y conocer sus propios espíritus. Pues los colores y las formas que forman las obras de arte tienen el poder de activar y poner juego partes esenciales del espíritu de quienes las contemplan, como sus diversos sentimientos, emociones y estados de ánimo que parecen en principio invisibles. Y, al ocurrir esto, se hacen presentes en su interior de tal modo que las pueden percibir y conocer. Por eso, no es estrictamente necesario para el artista crear o recrear imágenes concretas de seres humanos y objetos de la realidad para asegurarles esta posibilidad esencial. Es suficiente con componer de manera correcta y adecuada una imagen con colores y formas, que son elementos básicos de que se sirven los artistas, para que esto ocurra. Pues cada color y cada forma tienen propiedades y funciones naturales que provocan sobre quienes las ven diversas reacciones emotivas que configuran sus espíritus. De ahí que se dio la tarea de componer o crear bellas imágenes pictóricas usando solo estos elementos básicos para sacar a la luz y darle vida no solo a su espíritu, sino también, al de todos los que las contemplen
Pero, además, Kandinsky comprendió bien que el espíritu de los hombres no solo se activa y cobra vida al percibir colores y formas, sino también, al usar los sonidos del lenguaje o escuchar los de la música. Sobrecogido por la música de Wagner, se convenció que es este género artístico el que tiene el mayor poder de activar y forjar el espíritu de los seres humanos. Los sonidos musicales bien compuestos, transmiten a los seres humanos una gran energía que hace vibrar, que da vida, a sus espíritus. El espíritu de los hombres se hace presente ante sí para abrirse con excepcional fuerza a la posibilidad de ser conocido cuando queda marcado por los sonidos de la música: “El color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es el teclado. El alma es el piano con muchas cuerdas. El artista es la mano que, por esta o aquella tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humana”. (De lo espiritual en el arte). Por eso, usó su especial capacidad de sinestesia para componer lienzos con colores y formas geométricas, -líneas, círculos, triángulos, etc.- en los, que, además de representar algunos instrumentos musicales, “compuso piezas de música” de gran fuerza, intensidad y armonía. Los sonidos, y, en especial los sonidos musicales, son los que mejor le dan vida y forma del espíritu de los hombres porque, si bien no se pueden ver, son invisibles, se pueden escuchar; y, al ser escuchados por los mismos hombres, reconocen y confirman el espíritu que en parte en son.
Estos dos grandes artistas modernos se propusieron, entonces, pintar de dos maneras sustancialmente diferentes el espíritu que es por naturaleza invisible. Mondrian, el espíritu que, supuestamente, subyace oculto en el interior del universo físico, y Kandinsky, el que se guarda o se esconde en el interior de los seres humanos. El primero, pintó lo que creyó que era la realidad íntima y esencial del universo; y, al hacerlo, pensó, que, daba la evidencia sensible más significativa con la que probaba su existencia en la realidad. Y, el segundo, menos esotérico, se propuso con gran acierto y belleza, revelar las múltiples formas sensibles que configuran el espíritu de los seres humanos, que, aunque invisible, existe con extraordinaria contundencia real. Y, al hacerlo así. fundaron el arte abstracto en la modernidad.
Por su parte, el gran poeta checo Rainer María Rilke (1875-1926), contemporáneo de Mondrian y Kandinsky, pensó como ellos que lo invisible es un fenómeno central y significativo de la vida de los hombres. Pero, a diferencia de ellos, no lo consideró, ni como una unidad espiritual oculta en el universo como lo creyó Mondrian, siguiendo las enseñanzas teosóficas de Blavatsky, ni tampoco como la realidad espiritual “escondida” en el interior de los hombres, como lo consideró Kandinsky. Pensó, más bien, que bien que está “guardado” en el interior de sus muertes. Cuando los hombres mueren surge una realidad que no pueden ver, invisible, y, que, sin embargo, existe: la realidad de la muerte que es la otra parte de la de la vida misma; la otra parte que la completa y la da la unidad que le falta. Es, entonces, el ángel el que puede ver esa realidad en nombre o representación de los hombres, el que supera o trasciende esa limitación que les surge en el momento de morir. Él es que ve esa realidad por los hombres para que éstos la conozcan, y, se percaten que no es diferente a la vida que tienen o han tenido porque es la otra cara o parte de esa vida. El ángel les muestra y enseña que la muerte no es el comienzo de una nueva vida plenamente feliz en el cielo al lado de Dios, como lo creen los cristianos, sino la prolongación de la misma vida, con sus alegrías y penalidades, con sus éxitos y fracasos, etc. que han tenido aquí en la tierra. En la elegía 10 de su gran poema Elegías de Duino nos dice:
“Alabe el mundo al ángel. No el mundo inefable. Ante
el ángel no puedes jactarte de tu sentir esplendoroso;
en el universo, donde él, más sensible, siente, eres
un novato. Por esto, muéstrale lo sencillo,
lo configurado de generación en generación, lo que
como cosa nuestra vive junto a la mano y en la mirada.
Díle las cosas, se quedará más asombrado, como lo
estuviste tú junto al cordelero en Roma o al alfarero
en el Nilo. Muéstrale qué feliz puede ser una cosa, qué
libre de culpa y qué nuestra; cómo el propio dolor
que se queja se encamina, puro, hacia la forma, sirve,
como una cosa, o muere en una cosa -y felizmente escapa
del violín, rumbo al otro lado. Y estas cosas, que viven
en el camino de salida, entienden que las alabas;
pasajeras, nos creen algo que salva, a nosotros, los más
pasajeros. Quieren que las transformemos por completo,
dentro del corazón invisible ¡en -oh, infinitamente-
nosotros!, quienesquiera que finalmente seamos.
Tierra, no es esto lo que quieres: invisible
resurgir entre nosotros? No es tu sueño
ser alguna vez invisible? ¡Tierra!, ¡Invisible!
Cuál, sino la
transformación, es tu misión urgente?
Tierra, tú, amada, yo quiero. Oh, créeme, no necesitas
más de tus primaveras para ganarme para ti, una,
ay, una sola es ya demasiado para la sangre.
Sin palabras estoy por ti decidido, desde hace mucho tiempo.
Siempre tuviste razón, y tu idea santa
es la muerte íntima.
Mira, yo vivo, ¿De dónde? Ni la infancia ni el futuro
son menos… Existencia de sobra
me mana del corazón”.
Esta concepción de Rilke de la muerte como una parte de la vida es la expresión de una intuición dialéctica fundamental que tuvo: la de que la vida y la muerte no son solo realidades opuestas que se excluyen o se niegan entre sí, sino también, realidades que se integran y se compenetran. En la vida siempre hay algo de la muerte; cada día que vivimos muere algo de nosotros o en nosotros, algo de nuestras ilusiones y deseos, de nuestros proyectos, de nuestros afectos, de nuestras ideas y pensamientos, etc. Y, al contrario, cuando morimos seguimos viviendo en la herencia que dejamos, en el recuerdo de nuestros hijos y familiares, en las acciones y obras valiosas que realizamos, en las enseñanzas humanas que transmitimos, etc. Pero, también seguimos viviendo en los fragmentos y rastros de nuestros cuerpos descompuestos en la tierra o convertidos en cenizas.
En esas pequeñas partes o fragmentos materiales se “esconde” o se guarda silenciosa algo de esa vida como sus testimonios reales y duraderos. Esto lo constatan, o mejor, lo sienten, todos los que van a los cementerios a visitar a los seres queridos fallecidos enterrados o los que conservan en algún sitio cercano el cofre de sus cenizas; sienten con especial fuerza que ahí siguen presentes y vivos esas personas que trataron, quisieron y conocieron en sus vidas. Sus restos físicos son, por lo tanto, los que guardan y conservan invisibles sus vidas; los que prueban que alguna vez vivieron porque contienen en sus pequeñas partes la imagen vívida de sus vidas reales. Por eso, el valor esencial de la obra poética de Rilke, fue, el de mostrarnos y hacernos comprender con claridad que en realidad nunca morimos, que siempre seguimos de alguna forma vivos, así no lo sintamos, no lo percibamos, y, no lo veamos con nuestros ojos, porque nuestro espíritu sigue vivo en los que siguen viviendo después de nuestra muerte, y, en los pequeños fragmentos de nuestros cuerpos desintegrados en la tierra con el paso del tiempo. Por eso morir no es dejar de vivir, como solemos creerlo habitualmente sino, al contrario, continuar viviendo, en, y, a través de la vida de otros seres humanos, y, de los restos de nuestros cuerpos que se integran a la tierra que generosa e incondicionalmente los conserva para permitir y asegurar la continuación de nuestras vidas en el interior de la realidad oscura e invisible de la muerte.
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