Continuaron las innovaciones y búsquedas renovadoras en la segunda parte del siglo veinte, pero ya no como vanguardias sino como expresiones literarias individuales: Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Jaime Sáenz, Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Silvestre Revueltas, Antonio di Benedetto, Eduardo Mallea, Manuel Mujica Láinez, Juan Carlos Onetti, Filisberto Fernández, Ida Vitale, Ernesto Sábato, Mario Benedetti y Rosario Castellanos, para una lista representativa del continente hispanoamericano.
Capítulo singular es la obra de Miguel Ángel Asturias. Una especie de enlace entre el indigenismo y las vanguardias y temprano impulsador del realismo mágico, nombre que Asturias uso para definir su obra y que tomó del crítico alemán Franz Roh que en 1925 lo había usado para analizar la pintura de entreguerras y en especial el expresionismo alemán. El concepto fue tomado más tarde por el escritor y poeta francés Pierre Reverdy.
Asturias llamó mágico a su realismo para diferenciarlo del realismo socialista. La publicación en Francia de “Leyendas de Guatemala” (1930), prologada por Paul Valery, es un inicio revelador de ese realismo mágico y la gran potencialidad de Asturias. En Leyendas se plasma de una manera magistral la trasposición de tiempos y espacios y el uso de la oralidad, así como la figuración metafórica de una realidad que se dibuja textualmente como mágica y poética y su lectura hace exclamar a Paul Valery: «¡Qué mezcla esta mezcla de naturaleza tórrida, de botánica confusa, de magia indígena, de teología de Salamanca, donde el Volcán, los frailes, el Hombre-Adormidera, el Mercader de joyas sin precio, las bandas de pericos dominicales, los maestros magos que van a las aldeas a enseñar la fabricación de los tejidos y el valor del Cero, componen el más delirante de los sueños!»
La novela capital de Asturias “Hombres de maíz” resultará siempre una experiencia fascinante de lectura. Desde su publicación en 1949 en Buenos Aires, se convirtió en una de las novelas fundamentales de América Latina. Por el lenguaje metafórico de gran intensidad poética y por la asombrosa magia interna del texto. Asturias conjuga los mitos precolombinos con la denuncia social. Y con maestría y originalidad, en un momento insuperable, hace uso de las formas literarias de las vanguardias de su siglo.
La dramática ruptura provocada por la Conquista, emerge de manera simbólica en la lucha entre campesinos tradicionalistas y maiceros que pretenden una explotación extensiva del maíz. Los primeros liderados por Gaspar Ilom, los segundos protegidos a sangre y fuego por el coronel Chalo Godoy.
La novela se basa en mitología y religión, combinando hechos cotidianos con otros fantásticos y sobrenaturales. Asturias recrea la vida de los campesinos, religándolos a sus raíces, pero también a las nuevas condiciones históricas y al mestizaje. El resultado no puede ser otro que uno de los primeros y grandes monumentos narrativos del realismo mágico. Uno de los mayores conocedores de “Hombres de Maíz”, el crítico y miembro honorario de la Academia Guatemalteca de la Lengua José Mejía apunta:
La memoria perdida, en la realidad, por los mayas actuales, subyace en las costumbres, en las creencias, la situación de su dominación que se perpetúa desde la Conquista. El hiperrealismo de la novela no hace sino sacar a flote este conocimiento incorporado y desaparecido a la vez para los indios y buena parte de los mestizos reales… ¿Quién se explica a los indios alzados en un régimen ladino sin el recuerdo del primer dominador?
El libro más difundido de Asturias es “El Señor Presidente” (1946). No sólo se inaugura el ciclo de las grandes novelas de dictadores latinoamericanos, sino también una consolidación de la novela urbana. Asturias utiliza técnicas y usos tomados de las vanguardias, especialmente la experimentación con el lenguaje, el uso de la jitanjáfora, los monólogos internos, el narrador indirecto libre, el humor y la dimensión poética. El crítico inglés Gerald Martin piensa que el texto es «un laberinto de horror en un Estado terrorista.» Pero creemos que también brinda una voz de esperanza en la fuerza redentora del amor. Sin maniqueísmo ni panfletos.
El investigador argentino Alejandro Lanöel ha centrado su estudio de la novela, en la génesis y en la actualidad literaria de la obra asturiana. Partiendo del mundo referencial, Lanöel traslada inteligentes reflexiones sobre el magistral retrato de la condición humana logradas por el premio Nobel guatemalteco: «El príncipe de Maquiavelo o el presidente de la novela de Asturias son sólo la cabeza visible de una gran pirámide jerárquica formada por algunos miles de beneficiarios del régimen…»
Asturias comenzó con un cuento que intituló “Los Mendigos Políticos”, el cual fue desarrollando con los años hasta las formas definitivas de la novela “El Señor Presidente”. Se presentan dos mitos antagonistas en la obra. El del implacable dios de la guerra Tohil y su contraparte el mito de Kukulkán, espíritu del arte y el intelecto. Tohil representaría la militocracia y el crimen organizado que gobiernan tras el trono y el segundo, Kukulkán, la inserción en el mundo de las ideas y la ética del progreso.
El largo camino que va desde la publicación de Leyendas en Paris hasta el Premio Nobel de Literatura en 1967 en Estocolmo, paso por filtros, escuelas y variadas experiencias. Puntualmente se inicia con el viaje a París, la capital el mundo del arte en los años veinte cuando todos los caminos seguían llevando a la Ciudad Luz, vista metafóricamente como Eldorado del arte y la literatura.
Al final de los cuarentas y ya en los cincuentas se publica a lo largo del continente una serie de novelas renovadoras y de transición entre una tradición criollista y las vanguardias. Dentro de las más significativas: Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal, El túnel (1948) de Ernesto Sábato, El reino de este mundo (1949) y Los pasos perdidos (1953) de Alejo Carpentier, La vida breve (1950) de Juan Carlos Onetti, Hombres de Maíz (1949) de Miguel Ángel Asturias, Los Ríos Profundos (1956) de José María Arguedas, Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo y Los dueños de la tierra (1959) de David Viñas. En Brasil: Los subterráneos de la libertad (1954) de Jorge Amado y las obras de João Guimarães Rosa, en especial la novela Gran Sertón: Veredas (1956).
Los anteriores autores son una especie de padres de lo que sería la nueva narrativa que surgiría a finales de los cincuentas y sobre todo en los sesenta. A pesar de la supuesta orfandad literaria proclamada por José Donoso en su Historial personal del boom:
«la omnipotencia monumental de los grandes abuelos engendró una generación de padres debilitados por el ensimismamiento en su corta tradición…Me parece que nada ha enriquecido tanto a mi generación como esta falta de padres literarios propios.»
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