No existe un evento deportivo en el mundo que supere el impacto del Campeonato Mundial de Futbol, conocido sencillamente como Mundial de Futbol o de forma más simple como el Mundial. Ni siquiera los Juegos Olímpicos llegan a ese nivel. Los datos cuantitativos de ganancias económicas, espectadores televisivos, público en vivo, turismo deportivo, publicidad, patrocinios y comercio lo evidencian. Pero también se demuestra por las emociones que produce en lo psicológico, lo identitario, lo político, entre otros muchos elementos. En mi caso, desde mi temprana niñez me gustó el futbol, y a pesar de que nunca pude destacar como futbolista, jugar las chamuscas en los barrios donde viví o en el colegio siempre me provocó alegría y disfrute. Verlo por la televisión o en un estadio, escucharlo por la radio y leerlo en las noticias y más adelante en la literatura, ha sido un goce en mi vida, procurando no caer en fanatismos.
Conversar sobre fútbol con personas de mis afectos también es algo que me agrada, incluso bromear con quienes son rivales por ser aficionados de equipos contrarios a los que sigo. Así como he tratado de no caer en fanatismos, tampoco lo he hecho en esencialismos que conducen a descalificar y hasta negar el futbol por el negocio en que se ha convertido, o por determinadas prácticas relacionadas con él como por ejemplo ciertas formas de violencia dentro y fuera de la cancha. Reconozco esas negatividades, pero no me rasgaré las vestiduras.
Sin embargo, extraño aquellos Mundiales de futbol que viví en mi infancia y primera juventud, sin las influencias neoliberales y estrambóticas actuales, y sin una Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) tan salvaje en su poder omnímodo y hasta de carácter estatal y supranacional. Por supuesto que la FIFA siempre ha estado presente en los Mundiales de futbol: ella los creó. Pero, en este momento, la FIFA es una de las responsables directas de que el Mundial de futbol esté cada vez más lejos de los pueblos para ser visto y admirado de manera desigual, como un espectáculo deportivo que surge, paradójicamente, de la misma cultura popular.
El futbol es el deporte más universal -si se me permite utilizar este término- por muchas razones: se puede jugar con cualquier pelota e incluso con una piedra, con una tapita o corcholata, con una bolita de papel, con una pepita o semilla grande como pueden ser las de los mangos tal y como lo hacíamos en los recreos muchos escolares con lo que quedaba después de chupar toda la fruta en bolsitas con sal y pepitoria; las porterías pueden ser dos mochilas, un espacio imaginario en una pared, dos piedras o dos objetos cualquiera colocados a prudente distancia, o se pueden hacer con madera, bambú, tubos de PVC o metales; los equipos pueden ser más de 11 o menos, siempre y cuando tengan las ganas de jugar; se puede organizar un partido en una calle, en un callejón, en un patio, en un jardín, en una plaza, en un parque y hasta en una habitación de la vivienda. Las normas pueden variar de acuerdo con lo que los equipos lleguen a consensuar: el último gol gana, es la más célebre de todas, porque sin importar quién vaya ganando y la diferencia en el marcador, este era un acuerdo de honor que había que respetar; en otros casos, las paredes podían ser un jugador más, hasta el punto de que una jugada en el futbol institucionalizado se llama “pared”, cuando uno de los jugadores hace un pase de rebote para quien conduce el balón.
Puede ser que en el consenso de los equipos en la calle o en el patio de la escuela se suspendan los saques de banda y se le dé prioridad al juego sin tantas pausas. Muchas chamuscas, que es el nombre que le damos en Guatemala a este tipo de partidos en la calle o en otros espacios afuera del futbol institucionalizado, son tan emocionantes que no tienen nada que envidiar a grandes encuentros en campeonatos mayores. Con esto quiero decir que el futbol es del pueblo y sin esas vinculaciones no existiría la fuerza que ha logrado el balompié que es institucional, es decir, el que está normado por la FIFA y el resto de las federaciones o confederaciones en el mundo entero. Ni siquiera la FIFA tendría las posibilidades de ser lo que es y llegar hasta donde ha llegado.
En el siglo XX, el capitalismo no es que no haya sido violento, sino que se dieron posibilidades desde la lucha de clases y de los conflictos mundiales para contener parte de su salvajismo destructor esencial. Así mismo, dentro del mismo sistema se ideó el denominado Estado de Bienestar, que solucionó varios problemas. Por ello fue por lo que los Estados tenían mayor participación en la organización de eventos futbolísticos, procurando que estuvieran al alcance de más personas como parte de los imaginarios de la modernidad y de la masificación del espectáculo, pero había más oportunidades de un disfrute amplio. Todo ello también generaba contradicciones, pero, al menos, si se compara con ahora, existía mayor acceso a este tipo de actividades. Se favorecía a la radio y a la televisión abierta para poder transmitir eventos trascendentes como el Campeonato Mundial de Futbol. Así, aunque Guatemala no estuviera en el Mundial con su selección nacional (algo que sigue siendo una de las mayores deudas que sufrimos en este país) este evento se ha vivido con mucha emoción.
El Mundial de México 70 fue el primero que se transmitió por televisión en Guatemala. Como bien dice el apreciado amigo, el maestro e histórico locutor y comunicador Gustavo Adolfo Velásquez, fue el despegue para los mundiales posteriores. En mi caso, el primer Campeonato Mundial de Futbol que viví con la conciencia que involucraba las emociones fue el de España 82. Ya estaba en el mundo para el de Argentina 78, pero no lo recuerdo; en cambio, el de España 82 lo disfruté de manera consciente.
Recuerdo que mi padrino, Adolfo Hernández Moraga, me regaló el álbum del Mundial con la portada de Pelé haciendo una chilena. Me lo entregó en la entrada de la puerta de la plaza del Sagrario, que en el Colegio de Infantes le decíamos patio del Sagrario, y mi emoción fue muy grande. Comprar las estampas era sencillo y accesible en precio. Cambiar las repetidas era algo que se hacía en el colegio, en la escuela, en la colonia o en el barrio, y en el Portal del Comercio se podía llegar a quienes vendían los álbumes y las respectivas estampitas en canastos. Fue en España 82 en el mítico partido de semifinales entre Alemania y Francia que nació mi afición por el equipo alemán, cuando vi cómo remontaban el resultado frente a una poderosa escuadra francesa que era favorita. Luego, en tiros de penal ganó Alemania. Para el Mundial de México 86, yo con 10 años de edad, mi afición por los alemanes, al no estar Guatemala, era la principal. Para mí, fue el mejor Mundial de todos los que he visto y vivido. Sin duda, el Mundial de México 70 ha sido el mejor de todos, pero me atrevo a decir que para mi generación fue el del 86 porque el del 70 no lo pudimos ver ya que no habíamos nacido. México tiene ese privilegio histórico: ha celebrado los dos mejores Mundiales de la historia, teniendo a los dos más grandes jugadores que ha dado el futbol: Edson Arantes do Nascimento, Pelé, en el 70, y Diego Armando Maradona, el Pelusa, en el 86.
Solicito me disculpen quienes piensan o consideran que Lionel Messi o Cristiano Ronaldo son los mejores: no comparto eso, lo cual no impide el debate y, por supuesto, no me considero tampoco una autoridad para definir quiénes son los mejores. Pero muchos análisis me han llevado a considerar que Pelé y Maradona están en un nivel superior, lo cual implica qué era ser un futbolista en aquellos tiempos frente a lo que hoy tenemos. El debate está abierto sin fanatismos ni absolutos.
Ese México 86 fue para mí muy especial porque también confluyeron muchos factores: las condiciones del futbol en ese momento, sin la carga neoliberal que vino después y no se ha ido, al contrario, se han fortalecido; pero también yo cursaba el quinto grado de primaria y en el curso de Estudios Sociales e Historia, con el recordado y querido maestro César Augusto González Azurdia, teníamos como libro de texto Yo quiero vivir en América, escrito por Horacio Cabezas e Irene Piedra Santa.
Me atrevo a decir que este libro, que para mí fue mágico, resultó determinante para que naciera mi vocación de historiador y antropólogo, aunado a otras influencias. El currículum estaba diseñado para que en quinto grado de primaria se estudiara América y en ese libro los temas se encuentran muy bien organizados y expuestos. Esto confluyó con ver a equipos como la Argentina que fue la campeona del Mundial, encabezada por figuras como Diego Armando Maradona, Jorge Valdano, Jorge Burruchaga, José Luis Brown, entre otros, y dirigidos por Carlos Salvador Bilardo. También a la Brasil de Sócrates, Zico, Falcao, Careca, Alemao, Toninho Cerezo.
Y la riqueza que los mexicanos le dieron al Mundial con la profundidad latinoamericana: la mascota era un chile, de nombre Pique; los estadios con los nombres que entendíamos en una cultura compartida mesoamericana; los colores, la música, la publicidad. Cantinflas fue una de las figuras, en persona y en caricatura, que promovía el Mundial. El gol de tijereta de Manuel Negrete, valioso jugador mexicano, en los octavos de final contra Bulgaria, fue extraordinario. Fue en la televisión abierta que vimos todos los partidos, disfrutándolos. Aquel encuentro histórico con los dos goles más significativos en la historia de los Mundiales: el de la mano de Dios y el considerado el mejor de todos los tiempos, ambos como una obra de arte y lucha de Maradona. Aquel Argentina-Inglaterra, que ganaron los argentinos 2 a 1, lo vi en el televisor sencillo en blanco y negro de nuestra casa, que estaba sobre el gavetero de la habitación de mis padres.
Fue por canal 7, en televisión abierta, sin necesidad de pagar un streaming o un sistema de televisión por cable que intenta monopolizar transmisiones. En aquellos Mundiales se podían llevar los televisores a los colegios, a las escuelas, a las universidades y disfrutar los partidos en colectivo. Como decía la canción del Grupo Rana que era parte de la publicidad de Canal 7 y que recordamos muchas personas: “Corra y dígale a su vecino que se prenda pronto la tele, porque el Mundial llegó…”. En un televisor de una casa de la colonia, el barrio o el pasaje de apartamentos como en el que yo vivía en la inolvidable zona 2 de la Ciudad de Guatemala, se vieron muchos partidos en colectivo, en comunidad.
Cuántas personas no nos paramos frente a una vitrina de almacenes de electrodomésticos para ver un partido entero, celebrar, lamentarse o comentar entre desconocidos que en ese momento eran compañeros del placer futbolístico y de sus emociones. En España 82, ver los partidos por el canal 11 con las narraciones del maestro Manuel Pinto, conocido como Meme Pinto, con la música del tema Gloria en instrumental, cada vez que se anotaba un gol, es algo que nos marcó como generación. La organización de Canal 7 y de Canal 3 para México 86 fue notable, con la participación de extraordinarios narradores y comentaristas de aquel momento: Pepe Mansilla (José Antonio Mansilla Rosales), Gustavo Adolfo Velásquez, José Antonio Corado, Abdón Rodríguez Zea, Francisco Ardón (Pancho Ardón), Luis Carlos del Valle, Diana Mishaan y Julio César Cortés (el Pocho Cortés). Este último era exjugador uruguayo y entrenador, que disputó los mundiales de Chile 62, Inglaterra 66 (donde anotó un gol) y México 70, habiendo marcado a Pelé en la semifinal de ese campeonato donde Uruguay obtuvo el cuarto lugar con un destacado equipo. La escenografía y los tiempos fueron notables en aquellas transmisiones de ambos canales, unidos, para México 86. Nos animaba como algo propio, aunque no lo fuera en la realidad, pero así se sentía. No había que pagar nada más que la energía eléctrica para ver la televisión y no digamos si era en la radio, que resultaba menos gasto energético y con narraciones extraordinarias, generando, inclusive, que a veces se combinara la transmisión televisiva con la narración del radio.
Contar con narradores y comentaristas locales que nos hacían sentir incluidos, porque era a través de la televisión abierta o de la radio, sin las complicaciones de pagos extras que generan los sistemas de cable o la Internet, era algo que disfrutábamos en una identidad compartida, aunque fuera sólo por el tiempo del Mundial. Me atrevo a decir que Italia 90, Estados Unidos 94 y Francia 98 todavía nos brindaron eso. Y si bien varios de los mundiales del siglo XXI todavía fueron transmitidos por la televisión abierta, todo empezó a cambiar de una manera muy fuerte desde Brasil 2014. Y en lo referente al precio de las entradas, todavía esos mundiales eran más accesibles para quienes viajaban a ver a sus selecciones, que lo que estamos viendo en el Mundial de este 2026.
Los precios son terriblemente onerosos. Abusivamente onerosos. Entrevistas y testimonios de personas comunes en los mundiales del siglo XX, como por ejemplo los de Italia 90, México 86, España 82, Argentina 78, Alemania 74 y México 70, sólo por mencionar a algunos, evidencian que muchas familias enteras pudieron ingresar a los estadios sin tener que endeudarse de una manera muy comprometida. Compraban los boletos en las taquillas de los estadios, de manera normal, sin tanta mediación ni control. La FIFA, como una organización que ha tratado de apropiarse del futbol al hegemonizar su organización institucional, hace lo que le da la gana, hasta el punto de convocar a miles de personas para que trabajen como «voluntarios». Las ganancias de la FIFA serán multimillonarias y se atreve, abusivamente, a convocar «voluntarios». Es vergonzoso. Y toda la lógica del mercado en el futbol, nos muestra jugadores excesiva y ofensivamente millonarios, articulados con ese poder de un impresentable de Trump con sus serviles funcionarios, aprovechando el Mundial para sus fines geopolíticos y de representarse como los salvadores del mundo, o, mejor dicho, los dueños del mundo.
Por eso es por lo que hoy más que nunca, recuerdo con mucha profundidad aquellos Mundiales de futbol, esos que nos hacían felices y no los que hoy generan más preocupaciones e indignación y que acentúan la desigualdad con más fuerza. No pretendo idealizar los Mundiales del siglo XX y otros del siglo actual, pero sí se pueden definir con evidentes diferencias con el del 2022 y con el actual.
Mientras en Gaza hay un genocidio, mientras murieron niñas y niños en una escuela de Irán por un bombardeo estadounidense en febrero, mientras tenemos crisis humanitarias graves en África central, mientras se reprime a inmigrantes que se han visto en la necesidad de buscar mejores oportunidades desde las trampas que el mismo capital les impone en su explotación, mientras hay tanta crisis del capitalismo que amenaza a los pueblos solidarios, la FIFA le entrega un indecente “premio” a uno de los principales provocadores de tantos actos nefastos actuales, que son producto de las más profundas contradicciones del capitalismo en tiempo real. Me sigue gustando el futbol, pero este Mundial no me emociona. Eso me entristece, porque los mundiales de futbol me emocionaron, siempre. Eso sí, no les cedo a estos sujetos del poder dominante la hegemonía sobre el futbol que tanto quiero, pero que no puedo colocar como si nada estuviera pasando en el mundo y mucho menos ese futbol con los condicionamientos que los actores actuales del poder quieren que sea. El futbol sigue en los pueblos y es desde ahí que admiraré los partidos que pueda ver. Pero aquellos Mundiales de futbol que me hicieron feliz de niño, serán también referentes y anclas para que estas abusivas formas de hoy no se impongan a mis recuerdos.
Tags: Chamuscas Deporte universal Mundiales fútbol Pelé y Maradona Precios onerosos









