Ahora les quiero contar una pequeña historia. Les platicaré mis momentos de pelea con mi hermano menor Nicolás por las alarmas. Todo sucedió cuando yo tenía 18 años, Nico 15, e íbamos al colegio. El cole de Nico, el Julio Verne, quedaba antes que el mío; por eso salíamos juntos de casa. Con el buen Natalio lo dejábamos primero a él y luego me llevaba a mí.
En mi rutina todo andaba muy bien. Yo ponía mis alarmas y las cumplía a la perfección: mi alarma para despertarme a las 4:30am, para bañarme, para vestirme, para ir a la cocina a desayunar, para agarrar mi mochila, para subirme al carro y la que sonaba justo cuando llegábamos a mi cole, el Synergy, para bajarme del carro. Lo tenía todo fríamente calculado. Incluso le ponía una alarma a mi mamá o a mi papá, según fuera el caso, a las 5:30 de la mañana para que les diera el tiempo perfecto de hacer las loncheras y desayunos, y tomar su cafecito.
Además, tenía mis alarmas para llegar a la casa, almorzar, cenar y dormir. Así siempre tenía mis tiempos listos. Con mi mamá le decíamos a Nico que él también pusiera su alarma para despertar a las 5:15 de la mañana y alistarse para salir a las 5:55. Mamá y yo cumplíamos la hora, pero Nico a veces estaba listo hasta las 6:20. Sin decirme, ponía sus alarmas hasta las 5:40, entonces siempre me tocaba apresurarlo; como no se movía lo esperaba en el carro, pero se tardaba mucho.
Eso me ponía muy nervioso, siempre me gusta llegar temprano. Por esos atrasos de Nico, algunas veces llegaba tarde al cole y mis maestras me llamaban la atención. Para evitar problemas, me gustaba estar siempre 30 minutos antes, o incluso solo 5, pero siempre temprano.
Le decíamos a Nico de tantas maneras, pero por su culpa salíamos a la hora del tráfico; no sabía o no quería poner bien sus alarmas. Un día que llegué a la casa para el almuerzo, me di cuenta de que Nico llegaría más tarde, entonces se me ocurrió una solución. De puntillas me metí a su cuarto y le puse una nueva alarma. Dije: Alexa, pon una alarma a las 4:30 de la mañana.
Ahora nuestras alarmas sonarían a la misma hora, despertaríamos juntos; ¡tan, tan! allí estaba la solución. A la mañana siguiente, cuando salí de bañarme, vi que mi mamá entró al cuarto de Nico y le dijo: “hijo, ¡qué sorpresa que estás despierto! ¡qué bueno! Justo venía a despertarte porque ya está listo tu desayuno”. Nico le respondió un poco contrariado: “Qué onda moderna, estoy despierto desde hace una hora porque sonó una alarma.”
Para que estuviera de buen humor, le ayudé a llenar su pachón diciéndole: ¡Qué onda loquito! Hoy sí que estuviste muy puntual, ¿eh? te felicito. Ojalá sigas así para llegar a tiempo a las clases y nos evitamos el tráfico. Por cierto, escuché que sonó tu alarma al mismo tiempo que la mía; eso es muy bueno.
Inevitablemente me salía una sonrisita, y Nico me vio con sospecha, me preguntó: “¿cómo sabes que sonó la alarma junto con la tuya si dormimos lejos?” No me quedó otra que confesarle, explicándole que lo hacía por su bien, para ayudarle y que no tuviera que estar corriendo a última hora, olvidando cosas, y así evitarse el estrés. Ese día salimos a las 5:55 de la mañana y llegamos 20 minutos antes al colegio de Nico, y seis minutos antes al mío. Sí que fue la onda, pero tristemente la única vez, pues en adelante nomás regresaba Nico ordenaba: Alexa desactiva todas las alarmas. En el resto del año ya no pude salirme con la mía. ¡Qué tragedia!
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