En el debate contemporáneo sobre el futuro de la democracia en Estados Unidos, un nombre se repite cada vez con mayor frecuencia: Turning Point USA (Momento Crucial USA, TPUSA). Fundada en 2012 por el entonces veinteañero Charlie Kirk, esta organización se ha consolidado como uno de los principales vehículos de movilización política juvenil a favor de la llamada “Make America Great Again” (MAGA), la corriente populista autoritaria liderada por Donald Trump.
Lejos de ser simplemente un grupo estudiantil conservador, TPUSA se ha convertido en un actor central en la radicalización de la derecha neofascista en Estados Unidos y más allá. Su estrategia consiste en producir campañas de desinformación, alimentar teorías conspirativas y presentar la política como una batalla cultural existencial. A través de conferencias multitudinarias, una fuerte presencia en redes sociales y el patrocinio de figuras mediáticas y multimillonarias de la ultraderecha, TPUSA opera como una cantera para la militancia trumpista y como un espacio de aglutinación del extremismo político y neofascista entre jóvenes.
Pero la violencia política que sacude a Estados Unidos alcanzó un punto dramático el 10 de septiembre de 2025, cuando Charlie Kirk fue asesinado de un tiro en el cuello durante un evento universitario en Utah Valley University. Aunque el atentado es irrebatiblemente condenable, este episodio y lo que va a desencadenar impone una nueva urgencia: tejer una oposición política vigorosa y sin concesiones contra la extrema derecha, desde Estados Unidos hasta Argentina, para cerrarle completamente espacios de organización, propaganda y acción. Esta tragedia nos interpela a buscar todavía más el ensamblaje de una resistencia articulada, democrática y refundadora.
Turning Point USA nació en 2012, en el estado de Illinois. Su fundador, Charlie Kirk, sin experiencia universitaria formal, se propuso crear un movimiento juvenil conservador capaz de disputar la influencia cultural en los campus. Desde el inicio, TPUSA se presentó como una organización defensora de la “libertad de expresión” (léase, la libertad de insultar y discriminar abiertamente), denunciando a las universidades como espacios dominados por la izquierda radical marxista solo por demandar el respeto a las minorías negras, a las mujeres o a los migrantes. De hecho, Kirk hacía llamados por ejecuciones públicas televisadas de izquierdistas y defensores/as de los derechos civiles – la misma gente a la que él había puesto en “listas de vigilancia” en varias universidades e instituciones del país – hasta el punto de obligar a los niños/as a que las vieran como una lección de “civismo”.
Sin embargo, a la par del despliegue de ese discurso agresivo, lleno de odio y saturado de ideas neofascistas, la organización pronto adoptó una estrategia abiertamente supremacista y neofascista. Es una organización que propaga el nacionalismo cultural y cristiano, con un fuerte componente anti-inmigrante; la hostilidad hacia el feminismo y los derechos LGBTQ+, a los que presenta como amenazas para la “familia tradicional”; el negacionismo climático, alineado con la industria de los combustibles fósiles y con los sectores más reacios a reconocer la crisis climática; así como la revisión histórica, cuestionando desde la esclavitud hasta los programas de derechos civiles en nombre de una “verdadera historia americana”.
Como lo reporta la CBC de Canadá, “en una conferencia política celebrada en diciembre de 2023, organizada por su grupo Turning Point USA, la revista Wired informó que Kirk criticó no solo a Martin Luther King Jr., calificándolo de “horrible” y “mala persona”, sino también la Ley de Derechos Civiles de 1965, que prohibió la discriminación por motivos de raza, color, religión, sexo y origen nacional, y la segregación. “Tengo una opinión muy radical al respecto, pero puedo defenderla y lo he reflexionado”, declaró Kirk. “Cometimos un grave error al aprobar la Ley de Derechos Civiles en la década de 1960”.
Ese conjunto de posiciones claramente coloca a TPUSA al centro de la extrema derecha neofascista contemporánea, aunque con un envoltorio juvenil, fresco y aparentemente “apolítico” que le ha permitido crecer con rapidez y le abrió las puertas de las universidades gringas al mismo tiempo que estaban criminalizando y reprimiendo la solidaridad con Palestina.
Uno de los rasgos más distintivos de TPUSA es su manejo del ecosistema digital. La organización se ha especializado en fabricar narrativas posverdad, es decir, relatos políticos que no se sostienen en hechos verificables, sino en emociones, resentimientos y medias verdades diseñadas para viralizarse.
Durante la campaña presidencial de 2020, investigaciones periodísticas revelaron que TPUSA pagaba a adolescentes para que difundieran en redes sociales mensajes protrumpistas, algunos de ellos plagados de falsedades sobre el COVID-19, el voto por correo y supuestas conspiraciones del “Estado profundo”. Estas campañas buscaban dar la impresión de ser expresiones espontáneas de jóvenes, cuando en realidad eran operaciones coordinadas de propaganda digital.
La estrategia es clara: crear confusión, reforzar prejuicios y alimentar la desconfianza hacia los medios y las instituciones liberales, frecuentemente etiquetados de “izquierda radical” para confundir más a la gente. En el terreno político, esto se traduce en una erosión sistemática de la confianza en la democracia liberal y en sus defensores quienes son tildados/as de conspiradores/as.
Más allá de las redes sociales, TPUSA organiza eventos presenciales de gran envergadura. Su convención anual, AmericaFest, reúne a decenas de miles de jóvenes junto a figuras como Donald Trump, Tucker Carlson, Steve Bannon o Marjorie Taylor Greene, la intelectualidad orgánica del movimiento MAGA.
Estos eventos funcionan como espectáculos ritualizados de iniciación política masiva, muy similar a las grandes campañas evangelísticas de la prosperidad: Los jóvenes son bombardeados con mensajes sobre la supuesta decadencia moral de Estados Unidos; se les anima a concebirse como parte de una “guerra cultural” en la que no hay lugar para matices; y se legitima la idea de que los adversarios políticos no son oponentes legítimos, sino enemigos de la nación. Ese era el discurso de odio en boca de Charlie Kirk.
Así, TPUSA se convirtió en una cantera para futuros activistas del neofascismo, candidatos y comunicadoras de la ultraderecha, diseminando odio por todos lados, propagando la idea de que la guerra civil ya ha empezado. Y no se trata solo de movilizar a estudiantes, sino de formar un relevo generacional dispuesto a mantener vivo el trumpismo más allá de la figura de Donald Trump.
Por todo lo anterior y mucho más podemos confiadamente situar a TPUSA en el terreno que politólogos llaman “radicalización de la derecha”. Es una organización que rechaza las reglas básicas de la democracia liberal que ha existido en Estados Unidos (más como ideal que como realidad) durante décadas aun cuando la misma le permitió a Kirk mismo hablar públicamente con tanto odio contra tanta gente. TPUSA también hace uso sistemático de la mentira y la desinformación como arma política, una estrategia característica incluso del fascismo clásico. Se dedica a deslegitimar cualquier forma de disidencia y etiquetarla de conspiración contra la civilización cristiana. Finalmente, se dedica a naturalizar la violencia simbólica contra minorías y opositores y, por extensión, la violencia real contra sus enemigos/as.
El medio Democracy Now nos recuerda que el asesinato de Charlie Kirk ocurre menos de tres meses después de que un partidario de Trump asesinara a la legisladora estatal demócrata de Minnesota Melissa Hortman y a su esposo en su casa. ¿Acaso salió Trump en defensa de Hortman o amenazó con arrestar a los autores intelectuales y simpatizantes derechistas de dicho acto? Aunque la gente principalmente responsable de la violencia política en Estados Unidos es de la ultraderecha, la ideóloga Laura Loomer escribió en X: “La mejor manera en que el presidente Trump puede consolidar el legado de Charlie es reprimiendo a la izquierda con toda la fuerza del gobierno. Encarcelen a todo izquierdista que amenace con violencia política. No podemos permitir que estas personas vivan entre nosotros”.
Organizaciones como TPUSA se alinean más con experiencias internacionales como Vox en España, Alternativa para Alemania (AfD), el bolsonarismo en Brasil o la Fundación Libre que dirige Agustín Laje en Argentina, reciente invitado especial de la extrema derecha neoliberal en Guatemala. En nada se parece todo esto al viejo Partido Republicano de la era Reagan o Bush. En Europa del Este, en América Latina y en el mismo Estados Unidos, este tipo de organizaciones funcionan como correas de transmisión de proyectos autoritarios que amenazan con desmantelar lo que queda de las ya truncadas y fallidas democracias liberales.
El impacto de TPUSA no puede subestimarse. Al promover teorías de fraude electoral, alentar la conspiración en torno a los tribunales y el Congreso, y presentar a la prensa liberal como “enemiga del pueblo”, TPUSA contribuye directamente a la erosión de las instituciones liberales y los pocos espacios democráticos – es decir, no dominados por el capital, la industria cultural o el poder político corrupto – que apenas subsisten en países como Estados Unidos.
La democracia liberal estadounidense, ya estructuralmente debilitada por décadas de polarización y desigualdad, enfrenta en TPUSA una amenaza ideológica formidable que busca finalmente desmontar los consensos básicos del sistema liberal (incluyendo sus ideales) y consolidar el neoimperialismo trumpista y el tecnofascismo empresarial. No es casualidad que muchas de sus figuras hayan respaldado abiertamente a las turbas que participaron en el asalto al Capitolio en Washington el 6 de enero de 2021.
TPUSA sigue recibiendo generosos fondos de donantes anónimos y multimillonarios vinculados a la industria energética, al mismo tiempo que se presenta como un movimiento “espontáneo” de estudiantes.
El fenómeno TPUSA no es un hecho aislado. Se inscribe en una ola global de extrema derecha que utiliza tácticas similares: Explotan el resentimiento de sectores juveniles y trabajadores precarizados; convierten la política en espectáculo mediático, una mediología de espejos y doppelgangers donde se reflejan y reproducen los discursos y memes de la posverdad; y alimentan la sensación de “pérdida” cultural frente a feminismos, migraciones o ecologismos. Buscan restaurar la “gloria” racista del Antebellum imperial. No es fortuito que Kirk estaba agitando por la deportación de 10 millones de migrantes y diciendo que ello, inevitablemente, lanzaría una guerra civil blanda en el país.
Como lo apuntamos al principio, el 10 de septiembre de 2025, a las 12:10 p.m. (hora local), Charlie Kirk fue alcanzado por un disparo en el cuello mientras participaba en su gira universitaria “American Comeback Tour” (Gira por el Retorno Americano) en el campus de Utah Valley University, Orem, Utah. El ataque tuvo lugar pocos minutos después de que iniciara un diálogo con estudiantes, en pleno desarrollo de su famosa dinámica “Prove Me Wrong” (Demuestra Que Estoy Equivocado).
El presidente Donald Trump confirmó la muerte de Kirk, expresando dolor y calificándolo de “legendario” defensor de la juventud estadounidense, mientras dirigentes demócratas y republicanos condenaban el ataque y llamaban a rechazar la violencia política. Semejante hipocresía pues son esos mismos políticos/as quienes han hecho imposible la reforma de las leyes de armas de fuego.
Durante una aparición el 5 de abril de 2023 en el campus de la Iglesia Awaken (Despierten) en Salt Lake City, Kirk dijo: “Vale la pena asumir el costo de, lamentablemente, algunas muertes por armas de fuego cada año, para que podamos acogernos a la Segunda Enmienda y proteger nuestros demás derechos divinos. Es un acuerdo prudente”. Sin embargo, no se trata solo de “algunas muertes”. El Gun Violence Archive (Archivo de violencia armada) califica como tiroteo masivo un evento donde esté involucrada un arma de fuego y en el que 4 o más personas hayan resultado muertas o heridas, sin contar al tirador. Hasta el 6 de septiembre de 2024 se habían registrado 384 tiroteos masivos con estas características en Estados Unidos. De acuerdo con Amnistía Internacional, “se calcula que más de 600 personas mueren cada día a causa de la violencia con armas de fuego; de estas muertes, incluidos los suicidios, dos tercios tienen lugar en sólo 6 países (en orden descendente): Brasil, Estados Unidos, Venezuela, México, India y Colombia.” ¡Según Kirk, así se protegen los derechos divinos!
No se trata de celebrar el asesinato de nadie, ni siquiera el de un joven neofascista, sino de utilizar esta tragedia como catalizador para ensamblar una resistencia política decidida y articulada. Si la extrema derecha ha demostrado capacidad para radicalizar y desplegar narrativas destructivas, la respuesta debe ser igualmente estratégica, sin ceder espacios. Debemos:
- Deslegitimar ideológicamente a la extrema derecha: exponer sus mentiras, sus vínculos con redes autoritarias y desmontar su retórica antidemocrática en todos los ámbitos: medios, redes, foros académicos, etc.
- Cerrar espacios de organización desde universidades hasta redes estudiantiles como TPUSA, incentivar marcos regulatorios que impidan el uso de recursos públicos para fines partidistas y, mucho menos, inspirados en el odio fascista, machista, racista, clasista, colonialista y supremacista. Que no nos importe para nada si etiquetan a todo esto como “woke” o si lo califican de “izquierdismo radical”.
- Fomentar redes transnacionales anti-fascistas: articulemos cooperativas de activismo democrático entre organizaciones desde Argentina hasta Canadá, compartiendo estrategias, herramientas y experiencias. Debemos superar la fragmentación, el aislamiento pero también el vanguardismo y el protagonismo de los/as pocos.
- Fortalecer la educación cívica y mediática: promover programas en escuelas y universidades que enseñen pensamiento crítico ante la posverdad, redes sociales y propaganda ideológica.
- Movilización cultural, ideológica y simbólica: no basta la denuncia intelectual, debemos acuñar símbolos y discursos democráticos nuevos, inclusivos y participativos que compitan con el imaginario populista y neofascista, desde festivales culturales hasta campañas estudiantiles. No excluyamos a la gente religiosa de esta guerra de posiciones.
La muerte de Kirk también genera condiciones para refundar las reglas del juego democrático, reforzar redes de esperanza, honrar la vida con actos de solidaridad y resistencia sin violencia.
Turning Point USA se presenta como un movimiento juvenil de defensa de una versión racista y supremacista de la libertad y la democracia y ahora también cuentan con su propio mártir. Pero en realidad es un engranaje central en la maquinaria de radicalización de la derecha extrema neofascista estadounidense y Kirk es un ícono del odio y la anti-iluminación. Su éxito radica en disfrazar como activismo estudiantil y debate serio lo que en el fondo es un discurso de charlatanería y conspiración combinado con una operación bien financiada para erosionar la confianza en la democracia, diseminar desinformación y preparar a nuevas generaciones para aceptar un futuro autoritario. Son parte del nuevo anti-iluminismo neofascista. La presencia de TPUSA y su influencia sobre millones de jóvenes debe verse no como un fenómeno marginal, sino como una advertencia sobre el alarmante rumbo del país imperial.
Si el trumpismo es el presente de la política estadounidense, Turning Point USA es su futuro. Y no puede ser permitido.
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