Aunque no existe un sistema económico global totalmente unificado, es posible identificar tendencias dominantes que han influido en la mayoría de los países, incluida Guatemala. Las diferentes fases del capitalismo no pueden entenderse de manera aislada, desde la perspectiva decolonial, ya que todas están vinculadas al proceso iniciado en 1492, cuando la modernidad europea se co-constituye con la colonialidad, dando origen a un orden mundial basado en jerarquías económicas, raciales y políticas.
La expansión europea en América consolidó el capitalismo moderno mediante nuevas relaciones de explotación radical como la esclavitud africana, el trabajo forzado indígena, la apropiación violenta de territorios y la extracción sistemática de recursos, prácticas que se siguen reproduciendo directamente, como ocurre en Guatemala. Estos mecanismos disminuyen los costos de producción, aumentan las ganancias y permiten la acumulación masiva de capital en pocas manos. Para las comunidades indígenas, estas consecuencias fueron tan devastadoras que, para 1600, la población se había reducido dramáticamente debido a enfermedades, violencia, esclavitud y desplazamientos forzados. Algunos historiadores estiman que, aunque no existen datos exactos, la población indígena se redujo de 50 millones a 10 millones.
Pese a la diversidad étnica en Guatemala, entre mayas, garífunas, xinkas y castellano hablantes, todos comparten un legado profundo de las tradiciones mesoamericanas, herencia que, después de 500 años, sigue marcada por el colonialismo y el capitalismo moderno occidental. Pero la dominación colonial no operó únicamente desde afuera; también se instaló en la psique de los sujetos colonizados, imponiendo la idea eurocéntrica de que Europa representaba el nivel más alto de desarrollo. Esta interiorización generó formas de autodesprecio cultural y una valoración desigual de las identidades.
La colonización de la psique configura una ruptura con la identidad originaria e impide el pleno reconocimiento de la pluralidad cultural guatemalteca. La interiorización del eurocentrismo profundiza esta injusticia, pues llega incluso a las propias víctimas del sistema a asumir la idea de su inferioridad cultural y económica. El capitalismo no es accidental, es violencia estructural y opresión sistemática. Históricamente ligado al colonialismo y al saqueo, impone una visión eurocéntrica que determina quién es quién, qué conocimientos se consideran válidos y qué prácticas se aceptan o se reprimen. La promesa de progreso, innovación y acceso a bienes sigue siendo un privilegio de unos pocos, mientras millones permanecen subordinados a un sistema que legitima su explotación y el despojo.
De manera que el desprecio que algunas personas sienten hacia su propia cultura es el resultado directo de siglos de colonialismo, impuestos por jerarquías que han transmitido ideas de superioridad e inferioridad y han llevado a muchas comunidades a adoptar valores occidentales como sinónimo de civilización, desvalorizando sus lenguas, tradiciones y saberes.
Ante esto, la decolonialidad surge como una respuesta valórica, política y reflexiva. El objetivo es desmontar las ideas de inferioridad sembradas por el colonialismo y que aún influyen en la organización social. Esto implica cuestionar los supuestos que desvalorizan conocimientos, espiritualidades e idiomas, al mismo tiempo que supone devolver legitimidad a estos que fueron históricamente marginados. Se trata de abrir un horizonte desde el cual lo propio se recupere, y donde Guatemala pueda reconstruir sus sistemas de conocimiento, prácticas sociales y representación desde sus propias raíces.
Una experiencia ilustrativa de resistencia y reconstrucción identitaria ocurrió en una comunidad migrante mam emergente en los Estados Unidos. A su llegada, muchas personas rechazaban hablar su idioma o vestir su ropa tradicional indígena, marcadas por siglos de estigma que asocian lo indígena con el atraso. En un certamen de belleza comunitario, algunas personas de otros países, incluidos dos guatemaltecos urbanos capitalinos, marginaron a la concursante indígena mam, insinuando su incapacidad para ganar y evidenciando prejuicios estructurales hacia la identidad indígena.
Sin embargo, la organización colectiva permitió dignificar la identidad mam. La candidata apoyada por la comunidad guatemalteca fue coronada y ofreció un discurso en mam y en castellano, vistiendo su vestimenta tradicional. Veinte años después, la comunidad indígena migrante no solo ha crecido en número, sino que hoy se hablan mam, ixil y aguacateco, y se usa con orgullo la vestimenta tradicional. Este proceso demuestra que la identidad puede reconstruirse y fortalecerse incluso lejos del territorio de origen, y cuando se desafían las narrativas coloniales de inferioridad.
A partir de los aportes de Aníbal Quijano en “colonialidad del poder”, se examinan las formas en que la dominación colonial se ha internalizado en la psique social, produciendo autodesprecio cultural, desigualdad y la desvalorización de los saberes ancestrales. Quijano sostiene que el colonialismo europeo no solo dominó territorios, sino que también configuró jerarquías raciales, sociales y culturales que siguen estructurando Guatemala y el mundo actual. Estas jerarquías son expresión de la concentración de riqueza, la exclusión social y laboral, y la invisibilización de saberes indígenas y afrodescendientes. El pensamiento decolonial, por tanto, propone analizar estas iniquidades para construir alternativas más justas, sostenibles y plurales.
La decolonialidad busca desmontar las estructuras coloniales que aún persisten y propone caminos para fortalecer formas de vida y conocimientos históricamente marginados. Es una propuesta ética que reimagina un futuro equitativo e inclusivo, reconoce la pluralidad de saberes y mundos, y plantea modelos económicos alternativos al capitalismo. Su visión es construir un mundo en el que coexistan múltiples formas legítimas de vivir. Reconfigurar un futuro basado en el equilibrio y la dignidad constituye un acto de justicia histórica y un paso esencial en la transformación del pensamiento colonial. Reconstruir sociedades respetuosas de la diversidad humana y natural de Guatemala implica reivindicar los saberes ancestrales y fortalecer la identidad colectiva.
Después de quinientos años, asumir la responsabilidad de pensar y actuar de manera decolonial debería ser una obligación ética. Comprender la historia, analizarla críticamente y denunciar sus injusticias es indispensable para evidenciar cómo las estructuras coloniales y capitalistas siguen moldeando la vida en Guatemala. Si no se cuestionan las estructuras heredadas, se corre el riesgo de reproducir otros quinientos años de prácticas coloniales y capitalistas que sostienen desigualdades profundas y provocan el desplazamiento masivo de los distintos pueblos del país que se ven forzados a migrar. La migración masiva de indígenas y campesinos hacia Estados Unidos, así como la dependencia de las remesas para sostener la economía nacional, evidencian que estas desigualdades no son accidentales, sino el resultado de siglos de opresión y explotación estructural.
El capitalismo, como heredero de la colonalidad del poder, sigue reproduciendo pobreza, desplazamiento y exclusión. La migración contemporánea no constituye un fenómeno aislado, sino que refleja las jerarquías coloniales que aún definen quién es uno, qué se valora y cómo se relaciona en su territorio. Por ello, pensar críticamente, cuestionar estas estructuras y recuperar los saberes ancestrales y sus formas de organización no es solo un ejercicio intelectual, sino también un acto político y ético. De esta manera, se podrá visualizar la construcción de un futuro en el que la dignidad, la justicia y la diversidad cultural de Guatemala dejen de estar subordinadas a sistemas que, históricamente, han sostenido la desigualdad y la exclusión.
*Sylvia Castellanos-Flynn es Internacionalista, de la San Francisco State University
Tags: capitalismo colonialidad del poder comunidad migrantes mam identidad indígena Orden mundial







