La regresión generalizada constituye uno de los principales signos de la civilización actual. Constatamos, entre dolor, angustia y dramatismo, cómo no existe ámbito de la vida social en donde no se muestren, cada vez, con mayor fuerza y simplismo, las muestras de la degradación. Nunca antes el reloj del desarrollo humano había mostrado que era posible que sus agujas fueran en sentido contrario.
Los gobiernos están crecientemente alejados de los ciudadanos. Estos, por su lado, privilegian la lógica del metro cuadrado para resguardarse, vivir su mundo, su cotidianidad o burbuja; solo unos pocos se interesan en los asuntos públicos. Por su lado, las religiones son practicadas como espacios para catalizar los miedos y las soledades. Las empresas incrementan sus lógicas gananciales y el aprovechamiento de cuanta oportunidad se les presente por delante, sin miramientos y menos, sentido de retribución. La vida en sociedad se ha convertido en una selva implacable, donde reinan los más fuertes; entendido como los que pueden somatar la mesa con mayor fuerza, prepotencia y arbitrariedad.
La justicia es un camino sinuoso, repleto de laberintos, engaños; y no una realidad o posibilidad real. Lo mismo parece eso llamado democracia, un tipo de régimen erigido como el “único” camino posible, aunque no el mejor; ahora colocada contra la pared y desnudadas sus falencias y respuestas tangibles frente a los enormes desafíos que expresa la globalidad.
Las manifestaciones de este marco adverso con gigantescos y claramente invasivos; nada ni nadie parece escapar a sus tentáculos. En la escena política, aparecen, por ejemplo, el interés evidente de querer generar una crisis institucional sin precedentes al buscar la interpelación de todo un gabinete de gobierno; proceso que podría durar meses; solo con el propósito de declarar la subordinación de todo un órgano del Estado a los intereses perversos de la coalición que domina el Congreso.
¿A quién le importa el futuro país? En realidad, solo a unos cuantos considerados ingenuos. De esa cuenta, como una muestra, lo que en realidad importa de cara a las elecciones del próximo año es cómo se reparten el pastel y cómo será el tamaño de las tajadas. Nada más interesa, todo lo demás son adornos o simple humo.
El tono del mundo va en la misma línea. Se instrumentaliza a las personas, para, por ejemplo, generar la falsa narrativa de oleadas de migrantes (como lo sucedido recientemente en Ceuta) como mecanismo de presión de sectores y gobiernos en contra de un gobierno con el cual no simpatizan; avivar más las agendas anti migrantes y antiderechos y continuar la estigmatización de algunos considerados como inferiores.
Esta es la de no acabar. Por donde alcemos la vista, el panorama no es nada alentador. No sabemos si el ciclo actual forma parte de un proceso mayor, o si estamos en su fase aguda y podemos advertir la luz a final del túnel en algún momento, o si, por el contrario, las cosas pueden empeorar. Solo queda intentar no ser parte central de ese juego; lamentablemente no es opción dejar de participar en la cancha.
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