Saben que no funciona, pero actúan como si no lo supieran

Marco Fonseca

julio 11, 2026 - Actualizado julio 11, 2026
Marco Fonseca

Empecemos distinguiendo entre alternancia política y transformación estructural. La alternancia puede modificar gobiernos, élites administrativas, estilos de liderazgo, políticas públicas o ritmos de gestión sin alterar las relaciones fundamentales que organizan las relaciones de propiedad, producción, poder y placer/subjetividad (las cuatro p). Esa distinción suele perderse particularmente durante los ciclos electorales, sobre todo cuando la gente siente mayor urgencia para “hacer algo”, “cambiar algo”, “votar por alguien” para “no seguir inmersos en la porquería”.

Cada elección aparece así revestida por la promesa de un nuevo comienzo. Se presenta una opción diferente, ya sea bajo la forma de un partido tradicional, de una fuerza emergente o de una candidatura “de afuera” que afirma situarse por encima de las divisiones existentes. Sin embargo, conforme avanza el gobierno, las diferencias terminan reducidas a variaciones de intensidad o cantidad (más o menos corrupción, más o menos ejecución, más o menos proyectos completos, etc.).

Cambian los nombres, cambian los discursos, cambian los escándalos y las figuras públicas. Lo que permanece notablemente estable es la estructura de relaciones de poder (las cuatro p), de fondo, que hace posible la reproducción del mismo orden. La repetición termina convirtiéndose en una experiencia histórica compartida y, con el paso del tiempo, también en una forma de conciencia.

Esta continuidad produce una cultura política específica. No es solamente el conformismo o el cinismo, sino todo un aprendizaje colectivo mediante el cual las expectativas se adaptan a la repetición con nuevos colochos. El reformismo se vuelve horizonte insuperable, el centrismo adquiere la apariencia de moderación responsable, el transformismo se normaliza como estrategia de supervivencia política y el fatalismo conservador termina funcionando como una explicación aparentemente realista del mundo.

La repetición deja entonces de percibirse como un problema para convertirse en el modo ordinario de comprender la política. Las personas aprenden a esperar poco porque han aprendido, elección tras elección, que casi nada cambia, que hacer gobierno es hacer fama y pisto y que, en realidad, solo los ricos se vuelven más ricos.

Sin embargo, la historia nunca permanece completamente clausurada. Existen momentos en los cuales esa continuidad comienza a resquebrajarse. No son acontecimientos que puedan programarse desde arriba ni calcularse o predecirse mediante encuestas, estrategias electorales o estudios académicos institucionales. Surgen cuando la acumulación de contradicciones alcanza un punto en el cual la normalidad pierde legitimidad y se desploma. Es lo que puede llamarse el trabajo de lo negativo.

La negatividad social no constituye simplemente una fuerza destructiva ni tampoco tiene nada que ver con el crimen. Es una fuerza social rizomática que actúa descomponiendo identidades que parecían naturales o coaguladas, debilitando consensos sedimentados y mostrando que aquello presentado como inevitable era, en realidad, una construcción histórica solo contingente. Como lo pone Geoff Pfeifer:

“Podemos comprender mejor esta teoría de la resistencia si la fundamentamos en lo que Žižek identifica como el momento “negativo”. Este momento conlleva la posibilidad de algo que no está determinado por la estructura de poder existente, y por lo tanto, la posibilidad de una postura universalista [refundacional] que no está condicionada por nuestra “situación actual”.

No es, pues, como algunos han argumentado, que el privilegio que Žižek otorga al momento negativo conduzca a una teoría del cambio social incapaz de sustentar un proyecto positivo, ni tampoco es cierto que su teoría de lo negativo sirva como punto de partida para la construcción de dicho proyecto. La visión radical de Žižek reside en que el momento negativo puede ser en sí mismo un fenómeno [un cambio] positivo. El acto negativo apropiado, entonces, es aquel que sienta las bases del cambio social al crear una forma radical de subjetividad que sirve de fundamento para dicho cambio.”

En ese sentido resulta especialmente sugerente la observación de Susan Buck-Morss cuando afirma que la universalidad o, quizá mejor dicho, pluriversalidad humana emerge precisamente en los puntos de ruptura histórica, allí donde las identidades culturales llegan a sus límites y dejan entrever algo que las trasciende. Aunque su reflexión está dirigida a las relaciones entre cultura y humanidad, su alcance puede extenderse hacia las culturas políticas. También ellas poseen límites. También ellas pueden entrar en crisis cuando dejan de ofrecer explicaciones convincentes o mecanismos eficaces de integración o legitimación.

El caso guatemalteco de 2015 constituye un ejemplo revelador. Durante aquel estallido social, la indignación logró atravesar fronteras ideológicas, sociales y culturales que parecían infranqueables. Personas con trayectorias políticas muy distintas y algunas sin trayectoria política coincidieron en rechazar un orden cuya legitimidad estaba en proceso de colapso.

Durante un breve momento – a veces empañado por interpretaciones conspirativas desde las izquierdas o desde activistas fincados en lo que Sartre llama “lo práctico-inerte” – apareció una experiencia compartida que no dependía de una identidad partidaria previa, sino de una percepción común y potencialmente radical acerca del carácter intolerable de la corrupción y de la captura del Estado. Como mínimo, esa ruptura liminal mostró que la política de la repetición podía ser interrumpida.

Sin embargo, una ruptura liminal incluso con mucho potencial emancipador no garantiza por sí misma una transformación duradera – menos cuando no da el paso hacia una articulación democrática. Después de 2015 Guatemala ha elegido tres gobiernos diferentes. Cada uno llegó acompañado por un lenguaje renovado y por nuevas promesas. Cada uno despertó expectativas particulares entre las plebes subalternas. Sin embargo, vistos en perspectiva, los tres expresan modalidades distintas de reproducción del mismo orden (las cuatro p).

En algunos casos (Morales y Giammattei) predomina una restauración conservadora abierta. En otros (Arévalo) aparece una restauración centrista y tecnocrática dedicada a administrar las contradicciones y las crisis sin cuestionar sus fundamentos (las cuatro p). Las diferencias entre estos regímenes existen y sería un error negarlas. Lo que merece atención es que esas diferencias no alcanzan el nivel donde se reorganizan las relaciones estructurales del poder. Por tanto, todos caen por igual en la repetición de lo mismo.

Esto revela otro problema que suele pasar inadvertido. Las derrotas políticas no solo se producen mediante la coerción o captura institucional por parte de redes corruptas o tecnocráticas. También se producen dentro de los/as sujetos/as mismos/as mediante el lenguaje – un lenguaje colonizado, hegemonizado, pero que se siente, se vive y se habla como propio.

Las categorías con las que una sociedad piensa delimitan así el campo de lo imaginable. No son simples instrumentos descriptivos. Organizan la percepción de la realidad y condicionan las posibilidades de la acción colectiva.

Por ello tiene razón Žižek cuando sostiene que las palabras nunca son únicamente palabras. Definen los contornos de aquello que puede hacerse y también de aquello que resulta difícil incluso concebir. No es indiferente hablar de recuperación en lugar de refundación, de retroceso en lugar de restauración, o de convergencia en lugar de articulación democrática. Cada término transporta presupuestos distintos acerca de la naturaleza de la crisis y sobre las posibilidades de superarla. Cambiar el vocabulario no constituye un ejercicio retórico. Es un proceso de autocrítica, deshegemonización, rechazo al lenguaje del consenso dominante. Significa, en el fondo, modificar el marco conceptual desde el cual se interpreta la experiencia política.

Precisamente allí aparece uno de los mayores obstáculos para cualquier proyecto transformador. Los conceptos nuevos suelen ser absorbidos rápidamente por las categorías hegemónicas heredadas. Se adoptan términos aislados, fuera de contexto, mientras se conserva intacta la lógica anterior. Esto sucede del peor modo entre activistas y académicos que dicen estar trabajando por el cambio, pero con los pies firmemente plantados en lo mismo – ¡muchas veces la chamba, el contrato, la consultoría, el salario o hasta la jubilación dependen ello! Convencerles de que su forma de enfocar, investigar o incluso hablar de la realidad hasta el presente ha estado equivocada, es problemática, o de que es parte del consenso dominante es prácticamente imposible.

El resultado es que hacen una traducción permanente de lo desconocido (la teoría de la articulación) hacia el universo de lo familiar (las viejas formas de forjar unidad, coaliciones o frentes). De ese modo la novedad desafiante queda totalmente neutralizada, rehegemonizada, antes de desplegar todas sus consecuencias. Funciona aquí el mecanismo descrito por Žižek. Se sabe que ciertas categorías ya no explican adecuadamente la realidad, pero se continúa actuando como si todavía bastaran para comprenderla.

Se sabe que las estrategias políticas de siempre ya no funcionan, pero se continúan proponiendo “los frentes democráticos”, las “unidades de la esperanza”, las “convergencias” y los “instrumentos políticos” como si repitiendo lo mismo que siempre ha fallado fuera a dar resultados positivos. Es muy cómodo hacer todo esto, seguir en lo mismo, permanecer en la “Matrix”, pero también es la raíz de muchas derrotas políticas.

Por esa razón resulta tan difícil modificar la cultura política de los grupos subalternos, incluidas amplias franjas de las izquierdas. No basta con denunciar errores estratégicos ni con introducir nuevos conceptos. Es necesario disputar las formas y categorías mismas mediante las cuales se organiza el sentido común y el lenguaje cotidiano. Esa tarea exige lo que Gramsci llama una reforma moral e intelectual profunda, prolongada, paciente, conflictiva y rupturista.

Mientras esa transformación no ocurra, seguirá predominando la ilusión de que cada nuevo liderazgo, plataforma o declaración de principios representa una salida definitiva. Las plebes subalternas volverán a depositar sus expectativas en figuras providenciales, populistas y carismáticas – sin importar cuan estúpidas o bochornosas sean – que prometen resolverlo todo desde el gobierno, mientras el orden que hace posible la repetición y reproducción del sistema permanece prácticamente intacto. El péndulo político queda en lo que siempre ha sido, es decir, el eterno retorno de lo mismo.

La verdadera dificultad consiste precisamente en romper esa fidelidad cultural hacia lo conocido, lo cómodo y lo mismo de siempre. No porque la historia carezca de alternativas, sino porque las alternativas requieren primero una transformación profunda del modo en que una sociedad aprende a nombrar, comprender e imaginar su propio futuro.

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