Cuando escuchamos o leemos que la economía del país sigue creciendo con solidez, muchos guatemaltecos nos preguntamos de dónde salen tales afirmaciones. Y más aún cuando la pobreza también crece, los empleos son escasos y la economía informal cada vez es más grande.
Pues déjenme decirles que si crecemos lo hacemos en el puro papel y que de ese efecto poco o nada nos beneficiamos directamente la mayoría. Tengo décadas de escuchar que el país goza de una saludable estabilidad macroeconómica. Pero ¿qué significa eso en la realidad? Nos preguntamos. Porque los tomates cada día están más caros. La carne, no digamos. La ropa y los zapatos, por el mismo camino. Y de la vivienda ni hablar. Ayer vi unas vallas publicitarias que anuncian apartamentos en edificios ubicados en Villa Nueva, una de las zonas más rojas del territorio metropolitano y casi me ahogo cuando vi el precio de las cuotas mensuales: desde Q11 mil 900. Eso significa que la mayoría, que tenemos que comprar a plazos extendidos, deberíamos pagar mucho más si quisiéramos uno de esos apartamentos.
Por supuesto, lo de la estabilidad macroeconómica no es congruente mentalmente con esa realidad. Y, claro, es que esa estabilidad sólo significa que el Gobierno no está endeudado al punto del colapso, que el Quetzal no pierde valor drásticamente como lo hacen otras monedas de la región o bien que el sistema bancario es sólido y las exportaciones o remesas mantienen dinero en circulación.
La pregunta es, de qué nos sirve a los de a pie todo eso. Pues quizás sólo el segundo punto es de total beneficio, pues de lo contrario nuestra capacidad adquisitiva fuera peor. Pero en los dos restantes, no ganamos nada. Y en el último menos. Esa solidez del sistema bancario solo ayuda a los banqueros y sus grandes clientes, porque los de a pie con dificultad llenaremos los amplios requisitos que se exigen para obtener un crédito bancario. A muchos ni siquiera se les hace fácil hipotecar sus propiedades porque deben llenar mil y un requisitos difícil de cumplir. Pero de que el sistema bancario gana, eso ni dudarlo. Y lo hace cada año con más fuerza. Recuerdo que, para 1990, los números decían que los resultados de la operación bancaria reflejaban algo así como 150 millones de quetzales entre todos los bancos que operaban para entonces. Treinta y cinco años después la cifra se elevó a Q9 mil 500 millones. ¡Ufff! Vaya si no son grandes sus ganancias.
No obstante, los datos anteriores, el común de los guatemaltecos sigue ganando sueldos que, con suerte, le alcanzan para comer. Los datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) dan cuenta de que el salario mínimo en la mayor parte del territorio nacional ronda los Q3 mil 816.90 al mes. La canasta alimentaria, por su parte, en el área urbana anda en Q3 mil 772.56. Pero ¿y qué del transporte, la salud, la educación y el entretenimiento necesarios? El costo de esa canasta vital ampliada alcanza los Q9 mil 133.40. Eso significa que la mayoría de las familias viven con un déficit de alrededor de Q5 mil mensuales.
Pero claro, vivimos en estabilidad macroeconómica, aunque microeconómicamente nos estemos muriendo por asfixia financiera. Los banqueros celebran y aplauden. Ni modo, se están llevando la mejor tajada. A los demás nos toca ver cómo se comen el pastel, del otro lado del vidrio, parados sobre la banqueta.
Razón tenía una mi catedrática en el Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de San Carlos al decir: “Cuidado con la macroeconomía porque es engañosa. Son puros números que salen de promedios. No hay que tomarlos a la ligera y pensar que todo está bien”.
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