Algunos grupos empresariales le han pedido al presidente que erogue dinero para iniciar la construcción del metro de la Ciudad de Guatemala, un hecho que tiene más pelos que un gato. Veamos todo en su justa dimensión histórica y, sobre todo, actual.
Dentro de estos grupos empresariales figuran personas que pacientemente han estado conspirando contra Arévalo. Aclaro que no son todos, porque ni son todos los que están ni todos los que están son. La vida es un poliedro. Algún grupo empresarial grande subvencionaría a una entidad, cuya crítica pública al gobierno hace mucho ruido en el país.
La conspiración se desató tras las pasadas elecciones generales, en las que el Tribunal Supremo Electoral le dio el triunfo a Bernando Arévalo. Hubo quienes consideraron que no era posible que ganara quien en las encuestas electorales no figuraba entre los favoritos. Fue toda una sorpresa. ¿Cómo explicarlo? Había que entenderlo en forma matemática y racional. Quienes no lo hicieron, atemorizados por el triunfo de un social demócrata y la pérdida del poder, empezaron a conspirar siguiendo la trama de las agendas ocultas. Primero enfilaron sus baterías contra el primer sospechoso: el Trep, una herramienta electoral innecesaria, cuya compra millonaria estuvo rodeada de válidas sospechas de corrupción, las cuales nunca la fiscalía pudo concretar ni probar.
Pero como el resultado electoral no fue resuelto utilizando el Trep, sino en base a las actas de las mesas electorales, la fiscalía secuestró cajas con actas electorales y votos, sin encontrar nada. ¿En dónde estaba el gato? Los ojos se centraron en la constitución del partido Semilla, que llevó a Arévalo a la presidencia. Allí se desencadenó la ira. Confieso que nunca he simpatizado por Semilla. Nunca me he inscrito tampoco en ningún partido político. Quizá cuando ya esté muerto aparezca en alguno.
En apoyo al proceso electoral e indirectamente a Arévalo que había sido declarado presidente electo, desde el inicio de octubre de 2023 hasta la toma de posesión del nuevo mandatario, diversos grupos de indígenas organizaron actos de protesta. Entre ellos figuraron los 48 Cantones de Totonicapán. Fue un movimiento descentralizado, más indígena que urbano.
En la acera de enfrente a la sede central del Ministerio Público, de día y de noche se apostaron. Entre sus exigencias, figuró la renuncia de la fiscal general.
Arévalo no fue políticamente consecuente con estos grupos indígenas. La fiscalía, quizá por venganza, terminó por procesar a tres de los dirigentes de los 48 Cantones que habían pedido la renuncia de la fiscal general, entre otros delitos, acusándolos de terrorismo.
Después del fracaso de impedir la toma de posesión de Arévalo, la conspiración se centró en la crítica a su gobierno por medio de los llamados Call Centers, montados con recursos para la crítica. Y para asustar a los guatemaltecos y al Departamento de Estados de Estados Unidos, tildando a Arévalo de comunista. ¡Guatemala, camino de ser otra Venezuela! A todos estos alharaqueros algunos no los llaman conspiradores, sino golpistas.
Con el ascenso de Trump, la conspiración cobró nuevo ímpetu. La retórica de comunista no tuvo sustento. Arévalo dio total respaldo a la DEA, restableció un convenio antidrogas suspendido por Giammattei, suscribió acuerdos con el cuerpo de ingenieros de Estados Unidos para el estudio y ampliación de Puerto Quetzal y de una red ferroviaria. No podía ser comunista el presidente del único país centroamericano que sigue manteniendo relaciones con Taiwán y no con China Comunista.
Pero la conspiración o intento de golpe de estado en cámara lenta no ha parado y ha tenido diversos escenarios, personajes y montajes.
Algunos de estos conspiradores y financistas de grupos críticos a Arévalo, tienen presencia en las entidades que ahora piden al presidente erogar dinero para la licitación y posterior ejecución del metro, utilizando la vía férrea capitalina. Esto merece nuevos comentarios. Son otros de los pelos del gato.
Álvaro Arzú y el arzuismo llevan cuarenta años ininterrumpidos en el Palacio Municipal. Durante ocho (4 de Arzú y 4 de Berger) tuvieron la presidencia y la alcaldía. Pudieron no solo construir el metro, sino el Anillo Metropolitano. Más aún, con los fondos de las privatizaciones realizadas por el presidente Arzú, el Estado contó con suficientes recursos para estas obras. Pero, sin visión de ciudad, aunque ofrecían la Ciudad del Futuro, creyeron solventar el problema del tráfico solo con obra cosmética, de alto impacto electoral, como pasos a desnivel, carriles reversibles y policía municipal de tránsito. Mantuvieron el control edilicio, a costa de arruinarle la vida al capitalino. Álvaro nunca aceptó la idea del metro, porque creía que las personas preferían ir a trabajar en sus carritos o, como le gustaba a él, en su convertible a La Antigua. Ninguna persona de las cámaras empresariales se atrevió a decirle: Álvaro estás equivocado. Las consecuencias hoy la pagamos caro. Arévalo tiene que sacar ahora las castañas del fuego.
Entre tanto, la hoy desesperada realización del Aerometro no es más que otra errada y cosmética solución como las del pasado. Un metro puede mover más personas que el Aerometro. La construcción en la calzada Roosevelt del Aerometro solo cierra totalmente la construcción de un futuro metro en esa arteria principal. El arzuismo sigue sin entender que el pañal desechable no cura la diarrea. ¿Será el Aerometro solo el lanzamiento, en el mejor timing, de la candidatura presidencial del alcalde Ricardo Quiñónez?
La realización del metro (anteriormente algunos pensaron en un metrorriel), utilizando cerca de diez kilómetros de la vía del ferrocarril en la capital, de la central de mayoreo hasta la zona 18, se realizaría dentro de la figura de alianzas público-privadas, por medio de la recién creada Agencia Nacional de Infraestructura (ANI), con desembolsos iniciales por mil doscientos millones de quetzales y un estimado total de Q5.4 mil millones. Sin duda que la realización de este proyecto ayudará a aliviar el asfixiante tráfico, pero deberá complementarse con otras iniciativas, no tan deschavetadas como el Aerometro, tales como el mega proyecto surcoreano, aún pendiente de estudio y costeo, y la realización del Anillo Metropolitano, que permitiría que el transporte pesado esquive su hoy obligado paso por la capital.
Solo por medio no de una, sino de la ejecución de varios proyectos, pondremos solventar el problema del tráfico capitalino, que es un infierno diario, con altos costos para la salud emocional de los conductores, de sus familias y también económicos. No podemos quedarnos contentos pensando que este metro de superficie sea la solución. Equivaldría a continuar usando fallidos criterios arzuistas.
Desconozco si el acuerdo de Giammattei para renovar la línea férrea del país, firmado con la empresa mexicana Remed, permite o no la construcción de este metro de superficie usando la vía férrea urbana, porque el hoy expresidente firmó el acuerdo a puerta cerrada, sin la presencia de la prensa, siendo los detalles, en su mayoría, desconocidos. Espero que este extremo haya sido ya analizado, para que no aparezca un decepcionante cisne negro. Ya no estamos para más chapucerías como las de cuarenta largos años. Los capitalinos ya no aguantan más.
Ahora bien, ¿deberá Arévalo extender un cheque en blanco al unionismo y arzuismo atrincherado en la alcaldía capitalina, sin importarle que algunos formen parte de los grupos que han conspirado y seguirán conspirando contra él y que han contribuido a serrucharle la silla y contribuido a hacer añicos su ya menguada aceptación pública? ¿No sería más prudente negociar acuerdos no de beneficio de los Unionistas, de Semilla o Raíces o de Arévalo y Quiñonez, sino del país?
Con las cámaras y grupos empresariales, Arévalo también debería acordar que su lobby en Washington esté centrado más que es aspectos ideológicos y/o partidistas, en una consensuada agenda de país.
También Arévalo y las Cámaras empresariales deberían llegar a acuerdos para un lobby interno, encaminado a transformar el actual remedo de país en una verdadera nación, con infraestructura adecuada de carreteras, puertos y aeropuertos, con dos líneas de ferrocarril, una la frontera de México a la de El Salvador, y la otra, de Puerto Quetzal a Puerto Barrios, lo cual ayudaría al movimiento de contenedores por tren, desahogando las carreteras también ya afectadas por el tráfico. Esto también reduciría el deterioro carretero y su mantenimiento.
Ese lobby interno también debería dirigirse a asegurar reglas claras y estables, más mercado y menos prebendas y privilegios, y la creación de un estado de derecho sólido, lo cual pasa por una fumigación intensa y profunda contra la ratas, ratones y cucarachas que pululan a sus anchas en el Ministerio Público y las cortes, infestados por estas plagas. Esto implicaría pensar en llevar al Ministerio Público a un fiscal general que no sea de derecha ni de izquierda, sino de derecho, no buscar a una persona “manejable”, como es la costumbre chapina, sino a uno que tenga la venda en los ojos, como se representa a la justicia. Sin fiscalía y cortes limpias de corrupción nunca habrá estado de derecho. Por opción propia seguiríamos siendo banana republic. Que rueden las cabezas que tengan que rodar, y que caigan quienes tengan que caer, sin contemplaciones. Primero la ley y Guatemala.
También necesitamos acuerdos de lobby interno para la redacción de un anteproyecto de ley electoral y de partidos políticos, que nos permita limpiar también al congreso de la perniciosa plaga actual.
Además, preparar un anteproyecto de ley de servicio civil, porque la actual nos ha llevado a situaciones de realismo mágico tales como que haya empleados del Congreso que mensualmente ganen más que la presidenta de México.
Y, finalmente, también prioritario, imaginar una reforma de la educación pública, para formar jóvenes que se gradúen de educación media dominando el inglés y las herramientas tecnológicas en uso hoy. De lo contrario, seguiremos sumidos en el tercer mundo.
Hay innumerables asuntos qué consensuar para crear un país, más que solo pensar en dar cheques en blanco. Claro que, por la premura (nunca prevemos, siempre solo reaccionamos ante hechos consumados) habrá que erogar los fondos para el metro, pero con el compromiso de consensuar agendas de nación.
Si no vemos el país en su conjunto, sino solo nos ocupamos por resolver las incomodidades del momento, como hoy el tráfico capitalino, seguiremos dándole respuesta a toda una nación con soluciones tipo pasos a desnivel, carriles reversibles y policía municipal de tránsito.
En el contexto actual, aspirar a todo esto que he enumerado parece una pendejada. Pero, como sociedad y como país, también debemos tener nuestra dosis de utopía. Sin utopías, ni las personas, ni las empresas, ni los países llegan a ningún lado. Y termino con una pregunta: sabe alguien, ¿cuál ha sido la utopía colectiva del pueblo de Guatemala? ¿Existió alguna vez? ¿Podemos crearla? ¿Dónde puede estar? ¿Atendiendo la solicitud de dar cheques en blanco, realizada por grupos en los que figuran los conspiradores? ¿Consensuando agendas de país? Uf. Son muchos los pelos del gato.
Tags: 48 Cantones de Totonicapán aerometro Arzú Bernardo Arévalo TREP







