Verificando la aceptación del actual Gobierno en la ciudadanía, pareciera no existir un consenso absoluto, pero sí se identifican tendencias generales.
Una parte de esta, que no sobrepasa el 30 por ciento, aún mantiene cierta simpatía hacia el gobierno del presidente Arévalo, por representar una ruptura con la política tradicional, marcada por una llegada al poder en circunstancias difíciles, con fuertes tensiones institucionales.
Por otro lado, más de un 60 por ciento de la población expresa claramente su frustración, dado que esperaba transformaciones más rápidas y contundentes en temas como infraestructura, seguridad, empleo y combate a la corrupción. Es posible que algunos no rechacen de forma rotunda al actual gobierno, pero sientan que los resultados tangibles y concretos aún no corresponden a las expectativas generadas durante la campaña.
Ahora bien, lo interesante y a la vez, lo más preocupante, es observar que esa nula o poca aprobación no significa necesariamente que la población esté demandando perfiles políticos más sólidos.
Debemos temerle al cansancio en el ejercicio de esa poca democracia que nos queda y es que cuando una sociedad se decepciona de forma repetitiva, es posible que se presenten tres posibles escenarios.
El primero de ellos podría ser aquel que indica que la población desea elegir mejor, volviéndose más exigente y solicitando mejores perfiles para votarles.
Un segundo escenario podría recaer en una conducta que indique que la ciudadanía harta de esas decepciones manifieste que nada ni nadie sirve.
Se instala entonces el escepticismo y un posible rechazo a todo.
Y por último podría caer la ciudadanía en una conducta que perfile en aguantarVerificando la aceptación del actual Gobierno en la ciudadanía,
pareciera no existir un consenso absoluto, pero sí se identifican tendencias generales.
Una parte de esta, que no sobrepasa el 30 por ciento, aún mantiene cierta simpatía hacia el gobierno del presidente Arévalo, por representar una ruptura con la política tradicional, marcada por una llegada al poder en circunstancias difíciles, con fuertes tensiones institucionales.
Por otro lado, más de un 60 por ciento de la población expresa claramente su frustración, dado que esperaba transformaciones más rápidas y contundentes en temas como infraestructura, seguridad, empleo y combate a la corrupción. Es posible que algunos no rechacen de forma rotunda al actual gobierno, pero sientan que los resultados tangibles y concretos aún no corresponden a las expectativas generadas durante la campaña.
Ahora bien, lo interesante y a la vez, lo más preocupante, es observar que esa nula o poca aprobación no significa necesariamente que la población esté demandando perfiles políticos más sólidos.
Debemos temerle al cansancio en el ejercicio de esa poca democracia que nos queda y es que cuando una sociedad se decepciona de forma repetitiva, es posible que se presenten tres posibles escenarios.
El primero de ellos podría ser aquel que indica que la población desea elegir mejor, volviéndose más exigente y solicitando mejores perfiles para votarles.
Un segundo escenario podría recaer en una conducta que indique que la ciudadanía harta de esas decepciones manifieste que nada ni nadie sirve.
Se instala entonces el escepticismo y un posible rechazo a todo.
Y por último podría caer la ciudadanía en una conducta que perfile en aguantar o más bien “probar” lo que sea o cualquiera y es aquí donde aparece un riesgo que supera realmente los anteriores escenarios.
Cuando las personas pierden confianza en las instituciones y en los líderes tradicionales, dejan de percibir y evaluar capacidades, planes de gobierno, equipos técnicos y trayectoria.
Por el contrario, empiezan a evaluar quién entretiene más, quién genera más emociones,
quién hace mejores Tick Tocks, quién parece más «auténtico» o quién habla más bonito y cercano a la gente.
Esto es lo realmente peligroso, ya que abre la puerta al tan deleznable populismo.
El problema no es que un candidato sea popular, pues un político carismático, que use redes sociales y sea cercano a la gente, no es para nada un problema.
La preocupación surge cuando su popularidad sustituye a la capacidad y la imagen es suplantada por el espectáculo, dejando por detrás la seriedad en la gestión pública.
Una figura pública puede hacer videos virales y además administrar bien.
Un político puede ser simpático y además ser serio.
¿Pero en dónde se encuentran los equilibrios y límites a lo anterior?
Una democracia se vuelve vulnerable cuando la ciudadanía deja de realizarle preguntas fundamentales a sus autoridades o candidatos, tales como: ¿Qué resultados se han producido de su administración?; ¿Cómo ha ejecutado los recursos públicos?; ¿Quiénes lo rodean?; ¿Qué visión de país tiene?
Pretender encontrar buenos perfiles que puedan administrar este país, basándose únicamente en preguntarse: ¿Me cae bien?, ¿Me hace reír?; etc. Esto se convierte en un indicador muy pobre y preocupante.
Si bien, el actual gobierno no sostiene una popularidad tan alta, no está desajustada para el tiempo de gobierno que tiene, por lo que bien podría ser un útil indicador de lo que necesitamos mejorar y qué mensaje se necesita seguir enviando a la sociedad.
Es importante recalcar que, si los ciudadanos empiezan a premiar únicamente la popularidad, el mensaje implícito es devastador. Esto proyectaría conceptos como los siguientes: «Prepararse ya no importa”; y «Tener experiencia en la administración pública no es trascendental”.
Pareciera que lo importante es generar emociones y cuando ese es el mensaje que se instala, los mejores perfiles dejan de participar en política porque entienden que la competencia ya no se basa en méritos, sino en el espectáculo.
Esto conduce a terminar obteniendo exactamente aquello que incentivaron.
Entonces, ¿cuál es la responsabilidad del ciudadano y qué hay que hacer?
Muchas veces se exige mucho a los gobernantes y poco a los votantes.
En una democracia madura, debe exigirse responsabilidad en ambos sentidos.
Por ello, el ciudadano consciente debería preguntarse: ¿Se está votando por propuestas o por emociones?; ¿se están evaluando resultados o sólo nutriéndose de videos y palabrerías?; y, por último, ¿se están analizando equipos o sólo slogans?.
La calidad de los gobernantes rara vez supera significativamente la calidad de las exigencias ciudadanas.
Es por ello, que es importante transmitir un mensaje importante a toda la ciudadanía que aún goza de significativos derechos dentro del ámbito de la democracia, siendo estos: el voto, la posibilidad de cuestionar y de delegar su poder.
“Guatemala no necesita candidatos perfectos. Necesita ciudadanos exigentes”.
Si estamos decepcionados de nuestros gobernantes, la respuesta no puede ser bajar nuestros estándares.
¡La respuesta es elevarlos y cuestionarlos!
El fracaso del político serio no convierte en una buena opción a cualquier figura popular.
No confundamos cercanía con capacidad, popularidad con liderazgo y mucho menos entretenimiento con gobierno.
Antes de entregar el país a quien aspira dirigirlo, preguntémosle qué ha construido, qué resultados puede demostrar, quiénes le acompañan y cuál es su visión para Guatemala.
El riesgo es que una ciudadanía cansada deje de exigir excelencia, considerando como aceptable lo que antes habría considerado insuficiente y será precisamente ahí donde no sólo se degradará la democracia, sino que literalmente se habrá tocado fondo.
¡Comencemos a exigir y a cuestionar o más bien “probar” lo que sea o cualquiera y es aquí donde aparece un riesgo que supera realmente los anteriores escenarios.
Cuando las personas pierden confianza en las instituciones y en los líderes tradicionales, dejan de percibir y evaluar capacidades, planes de gobierno, equipos técnicos y trayectoria.
Por el contrario, empiezan a evaluar quién entretiene más, quién genera más emociones,
quién hace mejores Tik Toks, quién parece más «auténtico» o quién habla más bonito y cercano a la gente.
Esto es lo realmente peligroso, ya que abre la puerta al tan deleznable populismo.
El problema no es que un candidato sea popular, pues un político carismático, que use redes sociales y sea cercano a la gente, no es para nada un problema.
La preocupación surge cuando su popularidad sustituye a la capacidad y la imagen es suplantada por el espectáculo, dejando por detrás la seriedad en la gestión pública.
Una figura pública puede hacer videos virales y además administrar bien.
Un político puede ser simpático y además ser serio.
¿Pero en dónde se encuentran los equilibrios y límites a lo anterior?
Una democracia se vuelve vulnerable cuando la ciudadanía deja de realizarle preguntas fundamentales a sus autoridades o candidatos, tales como: ¿Qué resultados se han producido de su administración?; ¿Cómo ha ejecutado los recursos públicos?; ¿Quiénes lo rodean?; ¿Qué visión de país tiene?
Pretender encontrar buenos perfiles que puedan administrar este país, basándose únicamente en preguntarse: ¿Me cae bien?, ¿Me hace reír?; etc. Esto se convierte en un indicador muy pobre y preocupante.
Si bien, el actual gobierno no sostiene una popularidad tan alta, no está desajustada para el tiempo de gobierno que tiene, por lo que bien podría ser un útil indicador de lo que necesitamos mejorar y qué mensaje se necesita seguir enviando a la sociedad.
Es importante recalcar que, si los ciudadanos empiezan a premiar únicamente la popularidad, el mensaje implícito es devastador. Esto proyectaría conceptos como los siguientes: «Prepararse ya no importa”; y «Tener experiencia en la administración pública no es trascendental”.
Pareciera que lo importante es generar emociones y cuando ese es el mensaje que se instala, los mejores perfiles dejan de participar en política porque entienden que la competencia ya no se basa en méritos, sino en el espectáculo.
Esto conduce a terminar obteniendo exactamente aquello que incentivaron.
Entonces, ¿cuál es la responsabilidad del ciudadano y qué hay que hacer?
Muchas veces se exige mucho a los gobernantes y poco a los votantes.
En una democracia madura, debe exigirse responsabilidad en ambos sentidos.
Por ello, el ciudadano consciente debería preguntarse: ¿Se está votando por propuestas o por emociones?; ¿se están evaluando resultados o sólo nutriéndose de videos y palabrerías?; y, por último, ¿se están analizando equipos o sólo slogans?.
La calidad de los gobernantes rara vez supera significativamente la calidad de las exigencias ciudadanas.
Es por ello, que es importante transmitir un mensaje importante a toda la ciudadanía que aún goza de significativos derechos dentro del ámbito de la democracia, siendo estos: el voto, la posibilidad de cuestionar y de delegar su poder.
“Guatemala no necesita candidatos perfectos. Necesita ciudadanos exigentes”.
Si estamos decepcionados de nuestros gobernantes, la respuesta no puede ser bajar nuestros estándares.
¡La respuesta es elevarlos y cuestionarlos!
El fracaso del político serio no convierte en una buena opción a cualquier figura popular.
No confundamos cercanía con capacidad, popularidad con liderazgo y mucho menos entretenimiento con gobierno.
Antes de entregar el país a quien aspira dirigirlo, preguntémosle qué ha construido, qué resultados puede demostrar, quiénes le acompañan y cuál es su visión para Guatemala.
El riesgo es que una ciudadanía cansada deje de exigir excelencia, considerando como aceptable lo que antes habría considerado insuficiente y será precisamente ahí donde no sólo se degradará la democracia, sino que literalmente se habrá tocado fondo.
¡Comencemos a exigir y a cuestionar!
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