Provocatio / La política y el síndrome de la mujer abusada

José Alfredo Calderón E.

julio 10, 2026 - Actualizado julio 9, 2026
José Alfredo Calderón E.

La mayoría de la población guatemalteca nunca ha vivido en democracia, casi todos nacieron después de la contrarrevolución en 1954 o eran muy pequeños durante la única Primavera Democrática.

De una dictadura militar de 31 años, pasamos a una democracia restringida con más formalismos que libertades y transparencia. Por eso, la narrativa de las élites y sus operadores se centró en crear la ilusión de contar con un sistema democrático, con falencias –reconocían– pero era lo “mejor” que había y se tenía que defender a toda costa, aunque el diseño y su implementación le fuera ajeno a las mayorías.

He tratado de explicar la inocencia y recurrencia de la población a hacer lo mismo de siempre, esperando resultados diferentes. El síndrome de Dunning-Krugger o el de Estocolmo, la disonancia cognitiva, el sesgo de información y exposición selectiva, aversión a la pérdida, sesgo de identidad y pertenencia grupal, apelación de las emociones mediante los mecanismos del miedo y la esperanza, efecto de familiaridad y mera exposición, así como otros factores de contenido académico. Sin embargo, intentaré dar una explicación más simple, a partir del síndrome de la mujer abusada.

Cuando uno se acerca a los temas de abuso y violencia psicológica, patrimonial, económica, sexual y física en contra de la mujer, encuentra hallazgos que explican el porqué es tan difícil enfrentarla y erradicarla. Lo primero que debe entenderse, es que la víctima incurre en una forma de adicción basada en la codependencia con el victimario. Así mismo, genera un sentimiento de culpa para tratar de explicar las agresiones y se pregunta constantemente si ella no es la culpable de que sucedan, ya sea por replicar, no servir la comida caliente o no estar siempre dispuesta ante el violentador, entre otros muchos aspectos.

La esperanza de que el agresor cambie es otra constante. “Si yo me comporto mejor, si le doy el varoncito que tanto anhela, si acepto en silencio la violencia sin contestar y menos denunciar, si me visto y arreglo mejor porque soy fea…” y un largo etcétera. El resultado siempre es el mismo, el victimario nunca cambia y las agresiones se mantienen y suelen incrementar su frecuencia y nivel de violencia, lo cual, va acompañado de supuestos arrepentimientos y regalos post abuso (flores, chocolates y artículos varios) así como las promesas vanas que cambiará y que se le perdone.

En política viene siendo lo mismo, el miedo a probar algo diferente y desconocido, la codependencia respecto de un sistema que utiliza el miedo y la manipulación como mecanismos de “convencimiento”, la esperanza perenne e ilusoria que las cosas cambien sin hacer algo diferente, creer que la oferta que se tiene es lo único que hay y debe escogerse, sí o sí, entre lo malo, lo menos peor; seguir creyendo que los victimarios (politiqueros) cambiarán o que, por arte de magia, saldrá el salvador mesiánico entre nuevas caras, pero con las mismas mañas.

El sistema también se las ingenia para echarle la culpa a la ciudadanía de todo lo que pasa y la población se lo cree. “Es que escogí mal o no me informé lo suficiente, lo mejor es enemigo de lo bueno y yo no tengo la capacidad de captarlo, si me abstengo o voto nulo, soy un mal ciudadano” y otro largo etcétera. Cada cuatro años la misma pantomima, las mismas caras en diferentes vehículos electoreros (que no partidos) las mismas promesas vanas y la falsa existencia de supuestos outsiders, cuando en realidad, el hecho que nunca hayan sido candidatos a un cargo de elección popular, no los caracteriza como tales. Se calificó así a Serrano y Jimmy, cuando no lo eran. Y ahora, brotan como hongos, caras desconocidas (para la mayoría) pero que tienen larga trayectoria en diferentes ámbitos. Un fenómeno de disrupción, por ejemplo, sería que un Ricardo Arjona se dejara embelesar por la politiquería y entrara al ruedo, seguramente, ganando en primera vuelta. Afortunadamente, el cantante todavía está en sus cabales y no destruiría su imagen por egos desmedidos y desfasados.

Con las elecciones de segundo grado de 2026, el mismo sistema activó las alarmas de “última llamada, ahora sí, las cosas por fin cambiarán”, resultando lo esperado: más de lo mismo y peor. Algunos lo advertimos desde el 2025. Mismo fenómeno con relación a la salida de la señora Porras del MP. Para 2027, nuevamente los cantos de sirena: “Ya los conocemos y no nos engañarán, de nosotros depende, ahora sí debemos elegir conscientemente, que El Señor nos ilumine para encontrar al bueno”, como si se tratara de personas y no del sistema. Las únicas dudas serán respecto a quién o quiénes se bajan antes de la competencia, o incluso dentro de la misma. El contenido sistémico será exactamente el mismo y la población acudirá en masa a votar (no elegir) al próximo victimario y su grupo de secuaces.

Tal y como lo dije ahora en 2026. El año entrante, después de las dos vueltas de los comicios, volveré a decirles: “Se los dije…”

Historiador y analista Político

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