La gran paradoja electoral

En el largo plazo, la desconfianza erosiona la legitimidad de la democracia formal, pero no rompe con la continuidad de lo que describimos. El sistema para nadaestá agotado; sigue siendo efectivo y funcional. Sin claridad política, no se podrá incrementar la masa crítica de ciudadanos que se requiere para presionar por reformas estructurales. No se trata de crear novedosos
mecanismos que sustituyen a otros, ni de reformas legales que no atacan las causas, pues si la lógica perversa se mantiene: ¡Nada cambia!

José Alfredo Calderón E.

mayo 29, 2026 - Actualizado mayo 29, 2026
José Alfredo Calderón E.

La mayoría de encuestas reafirman la desconfianza de los guatemaltecos en el sistema político-electorero. La más reciente de CID-Gallup expone que el 68 por ciento de encuestados manifestó no tener confianza en los próximos comicios. La paradoja es que, en cada elección, la correlación se mantiene: más o menos el mismo porcentaje que desconfía, va y vota.

La pregunta lógica es: ¿Cómo puedo seguir participando en un proceso que sé, está amañado? Las razones son muchas y algunas de ellas las he abordado en otras columnas. Más allá del analfabetismo funcional, el desconocimiento político y la efectividad de los aparatos ideológicos del Estado para seguir generando esperanza, hay otros factores importantes que mencionar.

Se ha instalado en el ciudadano en general y el votante en particular, la idea de que el voto es un mal menor; incluso, muchos creen en el llamado “voto de castigo”. A esto debe agregarse que la confianza o no en el sistema, pasa a segundo plano, pues muchos ejercen su sufragio para que no gane X candidato, que dentro de todo lo malo, resulte peor.  Al respecto, destaca el antivoto que genera Sandra Torres, con quien todos sueñan competir, para que les toque en el balotaje.

Otro elemento a tomar en cuenta es que, según las estadísticas electorales, el guatemalteco tiene la tradición de votar contra el gobierno de turno; como se puede comprobar al constatar que ningún partido ha repetido en la presidencia desde la apertura democrática (1986 en adelante). Este gobierno no será la excepción, pues las estadísticas de aceptación cada vez son más bajas, como lo refuerza la última encuesta.  En 2023, el avance de Bernardo Arévalo se debió a una serie de factores sorpresa, pero lo determinante fue que se vendieron como una opción que rechazaba el establishment y la corrupción percibida en los gobiernos anteriores.  

Los aparatos ideológicos del Estado han generado una serie de hábitos y “obligaciones morales”, entre los que está el ejercicio del “deber cívico”, so pena de la vindicta social. Como sabemos, el voto no es obligatorio (aunque en un tiempo lo fue) persistiendo una norma cultural asumida en la que no ejercer ese derecho deriva en ser mal ciudadano. El entorno se encarga de reforzarlo: familiares, amigos, jefes, comunidades y, por supuesto, los mass media. Tanto en lo urbano como en lo rural, se utiliza el clientelismo mediante transporte y prebendas de todo tipo, para fortalecer la participación. Hasta nuestros seres más cercanos nos dicen: “Tenés razón, ningún partido o candidato sirve, pero tenés que decidirte por el menos peor” (antes era el menos malo).

De hecho, muchas personas se decantan por lo local, elegir diputados, alcaldes y concejos municipales, y en el camino, terminan decidiendo también por candidato a presidente, aunque no los entusiasme. ¿Por qué importa más lo local? Por una sencilla razón, el voto más cercano se traduce en posibilidades de empleo u oportunidades (lícitas o ilícitas). Obras, apoyos y favores de toda índole. Si bien lo nacional no importa tanto, se termina votando en línea o cruzado, pero al final, el sistema logra su cometido.  

Otro factor que pesa es que el padrón electoral no incluye a todos, pues solo un porcentaje del total ejerce el sufragio. Organizaciones como “Diálogos” han brindado valiosos datos sobre la cantidad de jóvenes que han quedado fuera y que no votarán, pues la emisión del DPI es independiente del empadronamiento. El subregistro se mide en millones de personas y al final, quienes sostienen el sistema, son aquellos segmentos de población más ligados al patrimonialismo y al clientelismo, lo que, aunque a muchos nos parezca burdo, sigue siendo muy efectivo.

No basta el avance educativo medido en grados aprobados, pues ya se conoce el pobre nivel de la educación en Guatemala, tanto la pública como la privada. Lo que importa en realidad, es la formación cívica adquirida, siendo los adultos informados (sobre todo jóvenes) quienes alimentan las tasas de abstención o nulidad, que por diseño del sistema no cuentan, haciendo crecer los porcentajes de las “preferencias efectivas”. A esto agreguemos la falacia de la vinculación del voto nulo, pues se requiere mayoría absoluta (casi imposible de alcanzar) para repetir las elecciones, las cuales, mantendrían las mismas opciones electoreras.

Termina ganando la reacción inducida de: “Si no voto, otros lo harán por mí y seguirán ganando los peores”. Lo triste es que, de todos modos, en esta kakistocracia, todos los caminos conducen a Roma.  Ante la falta de alternativas reales y disruptivas, todos los mecanismos sistémicos se afinan para mostrar no tan malos a unos y peores a otros. A lo anterior, se suman los aspectos logísticos: avance exiguo del empadronamiento, carencia de formación ciudadana, o al menos, electoral; distancia de los centros de votación y que las facilidades de movilización se concentran en los grupos religiosos, fundamentalmente pentecostales, los partidos políticos que la enfocan en sus partidarios y los caciques locales.

En el largo plazo, la desconfianza erosiona la legitimidad de la democracia formal, pero no rompe con la continuidad de lo que describimos.  El sistema para nada está agotado; sigue siendo efectivo y funcional. Sin claridad política, no se podrá incrementar la masa crítica de ciudadanos que se requiere para presionar por reformas estructurales. No se trata de crear novedosos mecanismos que sustituyen a otros, ni de reformas legales que no atacan las causas, pues si la lógica perversa se mantiene: ¡Nada cambia!

No soy quién para decir que se abstengan de votar o de anular, simplemente intento aportar todos los elementos de juicio y pruebas, para que cualquier acción u omisión, se haga estando informado/a y consciente de que usted mismo, elegirá a quienes después le demostrarán, por enésima vez, que se equivocó.

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