Es lamentable comprobar, a estas alturas, que sigue sin comprenderse el carácter histórico-estructural de la mayoría de problemas torales del país, incluyendo por supuesto, la grave crisis política, que no viene de los últimos cuatro gobiernos, sino desde 1954, con el terrible retroceso histórico que provocó la contrarrevolución. Las primeras elecciones postrevolución en 1957, no solo muestran un escandaloso fraude, sino que evidencian que, a partir de allí, todo debería realizarse conforme el diseño perverso establecido por quienes mueven los hilos detrás de bambalinas; tema que ya he abordado en múltiples columnas.
Como todo mecanismo de dominación, el sistema necesita ajustes no estructurales para sobrevivir, lo que llegó con la llamada apertura democrática de 1985, cuyas dinámicas ya no han tenido cambios sustanciales. Los factores de poder intocables son:
· El modelo económico: Se permite participar solo a las opciones que no le cuestionen. La única excepción es que la alternativa del caso, no tenga factibilidad alguna, ya no digamos de ganar, sino de ocupar una posición que envíe un mensaje equivocado, es decir, que se pueda amenazar al statu quo, sin consecuencias. El cuarto lugar de Thelma Cabrera en 2019 ejemplifica claramente lo que afirmo. En la siguiente elección, simplemente fue vedada a participar, ni a ella ni al MLP.
· La rectoría política de lo que es permitido o no: Las reformas a la normativa político-electorera, son bien recibidas siempre y cuando sean cosméticas, sin tocar la parte esencial del sistema de dominación. Todos pueden participar, siempre y cuando se ajusten a la dinámica establecida. Por eso resulta tan importante el multipartidismo, o sea, la oferta de variantes, que pertenecen y responden a un solo proyecto, con el objetivo de generar la ilusión que existe apertura y amplitud en todas las orientaciones.
· La institucionalidad permitida: No solo se induce a “respetar las formas y canales”, sino que cualquier iniciativa de cambio, debe estar dentro de ellas.
Recientemente, el sistema promueve el espejismo de cambio, permitiendo que algunos sectores planteen el serio cuestionamiento de cerrar instituciones, incluso las sacralizadas. Ya ha pasado con el inoperante PARLACEN o con el anatemizado Congreso; sin resultados por supuesto. Ahora toca el turno de la intocable Corte de Constitucionalidad, la principal garante de lo que pasa y dejar de pasar en este bello paraje llamado Guatemala. Con más fantasía que factibilidad, algunos sectores sin mayor análisis sobre la cooptación del Estado y la correlación de fuerzas políticas, han planteado que la Corte Celestial debe desaparecer, en lugar de depurarse.
Con la lógica anterior, ya se tendrían que haber cerrado muchas instituciones ineficientes y cuyo desempeño es contrario a la naturaleza para la que fueron creadas: USAC, IGSS, Defensa Pública Penal, Corte Suprema de Justicia, MP, PNC, TSE y una larguísima lista más. Sin que sea su propósito, estas iniciativas ventilan los mecanismos sistémicos que le dan la sostenibilidad a la dominación. Ahora bien, entiendo que, como recurso contestario de deslegitimación y desgaste, la lucha cultural e ideológica contra la institucionalidad perversa sea completamente válida.
El diseño político no deja fisuras, más que las estrictamente necesarias para aparentar que existen pesos y contrapesos, cuando en realidad, sabemos que la capacidad organizativa y de lucha de los sectores democráticos, pasa por sus peores momentos. Cualquier iniciativa considerada peligrosa, debe pasar por filtros y en todo momento, siempre habrá un muro infranqueable que se encargue de anular o desvirtuar. Una consulta popular debe pasar, sí o sí, por el Congreso y hay actores como la CC misma o la CSJ, que también intervienen, incluso al punto de poder declarar, no solo lesivas este tipo de iniciativas, sino hasta desestabilizadoras y sediciosas.
Ser aguafiestas no es algo que me agrade, pero nunca he temido tener que poner cable a tierra. Esto no quiere decir que la indiferencia o la aceptación pasiva de lo que pasa sea la mejor opción. Reitero que la única forma de enfrentar a fuerzas siniestras, significativamente más grandes, fuertes y violentas, es la lucha cultural e ideológica por todos los medios posibles. Es en este marco que se legitima el descrédito hacia toda la institucionalidad perversa, pero, sobre todo, hacia su actores y operadores.
En este sentido, solo el enfoque estructural y sistémico puede auxiliarnos a entender cómo funciona este país y la dinámica regional relacionada. Toda, absolutamente toda la institucionalidad, responde a un solo propósito: preservar el statu quo. Si bien existen países con modelos que permiten un sistema eficiente de pesos y contrapesos, no es el caso de Guatemala, cuya oligarquía es la más primitiva y conservadora del continente, con el agravante de contar con operadores cada vez más palurdos, corruptos y ridículos.
La claridad política nos permitirá lecturas estratégicas pertinentes, de las cuales, saldrán las coordenadas para una lucha inteligente y organizada. De nuevo, como dice Gramsci: Con el pesimismo de la razón, pero con el optimismo de la voluntad.
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