Hace tiempo que no escribía. No por pereza, ni porque me faltaran palabras o temas. Las palabras siempre han estado ahí, acumulándose en algún rincón del pecho, esperando el momento justo. Y hoy, finalmente, ese momento llegó.
Pocas veces nombramos lo que sentimos con honestidad: como, por ejemplo, esa sensación de abandono y rechazo que algunas veces cargamos durante años, a veces toda la vida. Esa voz interior que en algún punto empezó a decirnos que éramos demasiado, o que no éramos suficiente. Que fallamos. Que decepcionamos. Mala hija. Mala hermana. Mala madre. Mala trabajadora… Un rosario de etiquetas que alguien —o la vida misma— nos fue colgando una por una, hasta que empezamos a creer que nos las merecíamos o que lo éramos.
Hace poco terminé de ver “Envidiosa”, la serie que está en Netflix y que, desde el primer capítulo, me encantó de una manera que no esperaba. No es solo entretenimiento. Quizás puede ser un reflejo de situaciones que suceden. Esas experiencias de ver en pantalla lo que, en algún momento hemos sentido y no hemos sabido cómo articular. Los celos, el resentimiento, la comparación constante, la sensación de que los demás tienen y nosotros no porque asumimos que no lo merecemos o porque nunca llegó. Y aunque la historia la protagoniza una mujer, lo que retrata va mucho más allá del género: son emociones humanas, profundamente humanas.
Claro que el sistema patriarcal tiene mucho que ver en todo esto. A las mujeres se nos educa para cargar en silencio, para no molestar, para ser fuertes sin quejarnos, para dar sin pedir. Y cuando algo duele, cuando el abandono duele, cuando el rechazo duele, nos enseñaron a tragárnoslo. A los hombres, en cambio, ese dolor les fue prohibido de otra forma: no llores, no te quejes, no lo muestres. Así que al final, todos perdemos. Todos cargamos algo que nunca pedimos.
He atravesado diversas situaciones, como esperar una llamada que nunca llegó. Esperé una respuesta, un gesto, una señal de que importaba, y no solo de manera sentimental a veces laboral. Y no sé si lo que esperaba era perdón, o reconocimiento, o simplemente que alguien dijera aquí estoy, te veo. Pero no llegó. Y en lugar de soltarlo, me aferré. Porque cuando uno quiere entender algo que no tiene explicación lógica, la mente busca forzar el cierre, forzar la conversación, forzar el reencuentro. Como si insistir lo suficiente pudiera cambiar lo que ya estaba decidido desde el otro lado, ya sea sentimental, laboral o de cualquier tipo.
Eso es lo que hace el abandono con nosotros: nos convierte en personas que mendigan lo que deberían recibir por amor o porque así fluye. Y lo peor no es que lo hagamos, lo peor es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. Hasta que lo reconocemos, lo hablamos, lo decimos y lo soltamos.
Enfrentarnos a lo que sentimos no es fácil. Nunca lo ha sido. Es mucho más cómodo mantenerse ocupado, distraerse, convencerse de que ya pasó, de que ya somos personas adultas y como tal superamos estas cosas. Pero el cuerpo no olvida. Las emociones que no se procesan no desaparecen: se acumulan, se transforman, se manifiestan en enfermedades, en vínculos rotos, en patrones que se repiten una y otra vez como una canción que da vuelta y vuelta.
Hacerse cargo de eso, mirarlo de frente, es un acto de valentía. Y también uno de los más solitarios, porque nadie puede hacerlo por uno.
Hoy escribo porque nombrar el dolor es el primer paso para que deje de tener tanto poder sobre lo que pensamos o sentimos, no es victimizarse. Es simplemente ser honesta.
También sé que las etiquetas que cargamos —mala hija, mala madre, mala en esto o en aquello— muchas veces fueron escritas por personas que tampoco sabían procesar su propio dolor. Gente herida que hirió. Y aunque eso no borra nada, sí cambia algo en la forma de mirarlo.
Sigo aprendiendo, despacio y con tropiezos, que soltar no es rendirse. Que esperar una respuesta que no va a llegar siempre va a suceder. Y que el amor propio, o dignidad (como le quieran llamar) que tanto se menciona y tan poco se practica, empieza exactamente ahí: en decidir dejar de esperar afuera lo que tengo que construir adentro.
Si algo de lo que escribí hoy resonó contigo, si reconociste algo tuyo en estas palabras, entonces valió la pena romper el silencio.
Siempre vale la pena.
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