Nuestros tribunales tienen poder, pero no autoridad moral

Gonzálo Asturias Montenegro

septiembre 8, 2026 - Actualizado septiembre 6, 2026
Gonzálo Asturias Montenegro

En el Imperio Romano, las legiones tenían potestas (potestad), poder para hacer cumplir, inclusive por la fuerza, sus órdenes. El senado, en cambio, tenía sobre todo auctoritas (autoridad). Estaba formado por antiguos magistrados y por ciudadanos de estirpe histórica, influyentes, adinerados, experimentados, que tuvieran previamente un camino político o militar conocido como cursus honorum (carrera de honores). A diferencia de la milicia, que tenía potestas, el senado, sobre todo, exhibía auctoritas, en el sentido de autoridad moral, una aureola de prestigio, de integridad, de legitimidad.

     El español, que es un idioma derivado del latín, aún conserva ese matiz. Cuando era pequeño, recuerdo que de un médico famoso mis papás decían que era una “autoridad en la materia”. Era, sobre todo, reconocimiento, aceptación, adhesión voluntaria. Se le reconocía legitimidad. Era una autoridad moral. No había imposición o coerción alguna.

     En la antigüedad, libremente los alumnos buscaban y seguían a los maestros que consideraban sabios y cuyas enseñanzas les sería de beneficio para la vida. Sócrates, Platón o Aristóteles no tenían mando, sino autoridad. No se imponían por la fuerza, sino por la razón. El alumno que estuviera insatisfecho, en cualquier momento podía retirarse. Igual aconteció con los grandes maestros de la edad media, y generalizando, en todos los tiempos y culturas.

     Yo recuerdo que cuando me iba a inscribir en las asignaturas del semestre, en la facultad de Humanidades de la Universidad de San Carlos, yo llegaba y, a ciegas, pedía recibir las que impartiría el doctor Salvador Aguado. No había imposición, sino adhesión y reconocimiento a su acervo cultural. En una ocasión, me dijeron: Una de las asignaturas que impartirá será de poesía, ¿quiere que lo inscribamos en ese curso? Yo solo respondí: Pues, quiero aprender poesía con él. Y aprendí todo lo relacionado con la métrica, los tipos de verso, las rima consonante y asonante, esta última no por desconocida menos hermosa. Para mí, el doctor Aguado era una autoridad. Eso me bastaba. Aprendí mucho. Quedé satisfecho. No me defraudó.

     El poder, en cambio, está más ligado a imposición y coerción. Así, el rector Mazariegos, objeto de tanta mofa, tiene poder, manda, pero carece de autoridad, de autoridad moral. En nuestra historia, tuvimos rectores universitarios a quienes, con veneración y respeto, se les llamaba Rector Magnífico. Pero, en las últimas décadas, más parecieran tener el apelativo de Rector Terrorífico. Ya no están revestidos de conocimiento, moralidad o justicia. Pero mandan. Hasta hacen desaparecer expedientes.

     Los diputados pueden aumentarse su sueldo. Tienen la potestad de hacerlo. Lo efectuaron. Pero, por ser considerados corruptos, ineptos y tramposos carecían de autoridad, de autoridad moral, de legitimidad, para realizarlo. Y esta sutileza queda de manifiesto en las encuestas de opinión, que mostraron rechazo generalizado al aumento.

     Igual, ocurre con gran parte de nuestras cortes. Nuestros tribunales tienen poder, pero no autoridad, autoridad moral. Tampoco la tienen el Congreso; los Codedes; el Ejecutivo; el propio presidente Bernardo Arévalo, cada vez venido a menos por timorato, por falta de… no tomar las decisiones necesarias; el nefasto ministro de finanzas; la mayoría de los magistrados; el Tribunal Supremo Electoral; los partidos políticos y los candidatos presidenciales, en su mayoría irónicamente comparados con las figuras del cartón de lotería. En Guatemala, hablamos de cuotas de poder. De delimitación de feudos. Por el contrario, la autoridad es personal y no se delega. Es un atributo intrínseco a la persona.

     Don Arturo Herbruger Asturias tuvo poder y, sobre todo, autoridad, autoridad moral. En los comicios, su palabra era creíble. Nadie dudaba de él. Los resultados electorales jamás le fueron cuestionados. José Antonio de Larrzabal, tuvo gran prestigio, fue una verdadera autoridad, que sentaba cátedra en la Cortez de Cádiz, de las que fue presidente rotativo. Y así sucesivamente. Y, en sentido contrario, Manuel Estrada Cabrera (el Señor Presidente) tuvo poder omnímodo, pero no autoridad moral. Su gobierno destilaba ilegitimidad.

     El presidente Laugerud, que fue impuesto por fraude electoral, tenía el poder, pero carecía de la legitimidad, de autoridad moral. Algunos especularon que, por su comportamiento humanitario en el terremoto de 1976, se legitimó como presidente. Aunque sea discutible, es un ejemplo de los matices de los términos que, algunas veces, en el lenguaje cotidiano se pierden.

     Lo más trágico en una sociedad ocurre cuando quienes mandan pierden la legitimidad, el prestigio, la auctoritas, la autoridad moral. Tienen la potestas, el poder de mando, de coerción, pero no autoridad, que, sobre todo, es autoridad moral. Terminan siendo el hazmerreír de la población. Las encuestas lo ponen de manifiesto. En consecuencia, la población termina con un gran desencanto con la democracia. Pareciera que es un aditamento inútil. Que no nos funciona más. Que es prescindible.

     La crisis más profunda de Guatemala es la de falta de autoridad, de autoridad moral, de legitimidad. Y esta es la tarea que tenemos que afrontar. Que quienes tengan poder también ostenten autoridad. Tener presidentes honestos, justos y audaces. Jueces y magistrados probos. Diputados diligentes y honrados. Un aparato estatal que no se encuentre infiltrado por el crimen organizado y narcotráfico. Tener un Estado en el que los puestos en el organismo judicial no estén en venta, como ocurre ahora, de acuerdo a reciente sólida denuncia periodística. Solo ese reconocimiento general al comportamiento ético les hará revertirse de autoridad.

     El hartazgo nacional por la falta de legitimidad, de auctoritas, de autoridad moral es evidente. La tarea por restablecer la legitimidad con la que partió este periplo democrático en 1986 es muy grande. Es quizá el mayor reto político de hoy. Y no se resuelve solo yendo a votar en las urnas, cada cuatro años. Nos hemos estado suicidando con el voto.

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