Si en algo debemos ponernos de acuerdo los actores aglutinados bajo el interés que aprovechar los procesos en marcha para dar cara vuelta al rumbo institucional de Guatemala y abandonar, de una vez por todas, la continuidad de la cooptación, es evitar a toda costa, la reelección de cualquiera de los funcionarios de turno; ya sea para mantenerse en el mismo cargo o bien para cambiar de cancha, pero con la misma agenda de intereses perversos.
Está más que probado que la mayoría de quienes ejercen funciones en las instituciones en disputa buscan quedarse allí por un nuevo período, sea en el TSE, en la Corte de Constitucionalidad, el MP o la Rectoría de la USAC. Toda esa camada de impresentables busca continuar con las prácticas nefastas que nos tienen sumidos en el absoluto retraso institucional, especialmente en materia de justicia. El perjuicio que le siguen haciendo al país puede ser aún mayor, de lograr sus afanes de proseguir en la lógica erosiva. Al final de cuentas, persiguen seguir formando parte de una tómbola manipulada, donde solo ellos quieren tener cabida. Han diseñado, con antelación, las rutas para que ese propósito oscuro se repita en 2026; aprovechando, además, la concurrencia de una serie de procesos paralelos.
Pero el asunto no debe quedar solo allí. La lista de los inelegibles es mayor. Todos quienes hayan jugado en las canchas enlodadas (defensores de intereses criminales, integrantes de clanes, grupos o cualquier expresión organizada que haya expresado respaldos a prácticas en favor de la impunidad, o simplemente quienes consideren la justicia como dominio reservado para beneficiar intereses nocivos a los particulares, sean estos criminales o no) deben ser total y absolutamente excluidos de proceso alguno. No se trata, en la visión minimalista, de irrespetar el derecho a la libre participación, sino por el contrario, hacer realidad preceptos constitucionales. Si esto no ocurre, podemos estar ante una seudo-renovación: nuevos para mantener el mismo estado de cosas.
El escenario apunta, de no darse fuertes agitaciones, que obliguen a verdaderas reconfiguraciones, a que los procesos en juego den como resultado una mezcla entre algunos reelectos, otros aparentemente de nuevo ingreso, pero con similares intereses que los primeros, y probablemente una minoría de personas inicialmente decentes. En medio del menjurje, la correlación se inclinarse en favor de la pavorosa continuidad con toques sutiles de “elementos diferentes”. Se trataría, de darse este caso, en un ejemplo evidente de la mutación: cambio de colores para lograr la preservación de un régimen que se resiste en cambiar, ni siquiera por la mínima.
Pero ojo, como el desparpajo no tiene límites, es posible que, en caso las correlaciones apunten en sentido contrario a los intereses de los grupos interesados en más de lo mismo, se comiencen a generar eventos nunca vistos. Estos, de hecho, comenzaron a darse, como la exclusión de los profesionales afines en la votación del CANG, la continuidad de gran parte del Consejo Superior Universitario, aunque la vigencia de sus períodos ya venció, entre otras anomalías sucedidas recientemente, que podrían incrementarse si los carriles se les comienzan a estrechar.
Si la antesala 2026 pinta como lo plantea el escenario anterior, las muestras esperanzadoras pueden quedar solo como ello: intentos de giros de timón en medio de un camino convulso.
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